[Semanas atrás acudí a una conversación con Héctor Villarreal, organizada por J. M. Servín, en una cafetería del sur de la Ciudad de México para discutir sobre la posibilidad de una “nueva crónica”. Lo anterior desde el punto de vista de la crítica literaria, pues yo no la escribo sino incidentalmente y siempre con las afectaciones propias de la imaginación, lo que entiendo perturba la verosimilitud del producto terminado porque ya no sería enteramente “real”. Hice algunos apuntes antes del encuentro y los guardo aquí para memoria del hecho.]

 

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La gran tradición de la crónica en los países latinoamericanos podría hallarse relacionada de manera directa con la forma desbordada de la propia realidad, en donde la vida política y social ya por sí misma genera un fermento de personajes y hechos memorables. “No todo lo que es posible existe”, escribió Leibnitz, aunque en estas tierras parece ser lo contrario. Alejo Carpentier, por su parte, alegó que esta modalidad brotante de hechos insólitos si bien verídicos se ajusta de manera natural al barroco, que él practicó como nadie. Entre estas dunas de realidad y ficción, en sus cruces inesperados, es desde donde se escribe la crónica en los países latinoamericanos.

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Todo parece indicar que el género primero del arte literario fue la crónica y no la poesía, como suele enseñarse en las escuelas de letras. Alrededor del fuego se contaron anécdotas de magia, sobrevivencia o heroísmo. El ropaje métrico fue una derivación estilizada de esa transmisión. La reconstrucción de una experiencia primero sería contada de manera oral y luego se trasvasaría a una forma silábica para lograr memorizarla más fácil. Sin embargo, primero se habría realizado la anécdota en directo, manifestada por un espectador de primera mano ante un público anhelante de historias para explicarse la realidad.

 

De todo lo que es posible elaborar una hipótesis, la realidad se muestra como el concepto más reacio a ser explicado de manera contundente, lo que haría más resbaloso aún el oficio del cronista, ya que si el parámetro es la realidad, entonces se corre el riesgo de una percepción parcial de su morfología, alcances y desarrollo ulterior. Lo que puede percibirse en un momento específico es limitado frente a lo que ofrece el espectáculo de la realidad, que es diversa, multiforme y estroboscópica. Siendo así, de la maraña inasible de esa realidad, el cronista debe extraer los hilos más delicados de la estructura para lograr un todo orgánico que funcione incluso lejos del hecho que le dio origen. Un hecho del que se haga una crónica debería revivirse remotamente de la experiencia que lo motivó, como es el caso de las crónicas escritas por viajeros, misioneros o conquistadores que llegaron a la Nueva España.

 

La violencia que brota del narcotráfico y la violencia a secas en los países latinoamericanos ha sido una de las vetas más nutridas de la escritura de crónicas. No obstante, ya se percibe cierto agotamiento respecto a sus alcances o sus posibilidades de lograr un retrato fidedigno. Hay otras vetas que podrían explorarse sin dejar de lado la erosión de valores que genera en una sociedad que lo padece. La escritura de crónicas atiende a las condiciones sociales específicas, pero no puede quedar constreñida a dar testimonio del mismo tema en el mismo tono de manera permanente. Se corre el riesgo de la cosificación y del acartonamiento del producto escrito.

 

En México, de manera específica, las condiciones del país han variado de modo sustancial entre el asesinato de Luis Donaldo Colosio (23 de marzo de 1994) y la imposibilidad posterior de lograr una versión única de los hechos, y que Jesús Murillo Karam, entonces titular de la Procuraduría General de la República, hace el anuncio formal de la versión del gobierno federal sobre la desaparición de los cuarenta y tres normalistas (7 de noviembre de 2014). Más de dos décadas para detonar un posible reforzamiento del pacto social con las instituciones. No sucedió. Nunca como antes la posibilidad de alcanzar una verdad que logre cohesión social es más remota que nunca. Las sospechas de la ciudadanía, reforzadas por observadores y expertos internacionales, lograron levantar un dique desde el cual la sospecha ya es parte de la relación entre gobernante y gobernado. Entonces se escribe la crónica desde la incertidumbre y la falta absoluta de confianza en las instituciones del Estado. Esta modificación del concepto de verdad afecta al de realidad y, por consiguiente, al producto de la crónica. Si antes el cronista escribía para aclarar una realidad, ya no queda claro ahora porqué lo hace debido a las múltiples fuentes para asir el mejor concepto de verdad, según el gusto de la hora.

 

El Circuito Cerrado de Televisión (CCTV) ha logrado posicionarse como un testigo privilegiado de la vida social. La hipervigilancia, producto de la violencia y las malas condiciones sociales de la población, se ha instalado como una forma convencional de sobrevivencia. Muchos de los videos que se comparten en las redes sociales, por ejemplo, se logran con estas cámaras que cualquier individuo puede instalar en su domicilio o comercio. Esta es una forma de la crónica, puesta en videos de escasos segundos o minutos de duración, ahora da el pulso de la vida en la calle y que sin tener el amplio espectro de lo que ofrece un cronista se vuelve un elemento fundamental para realizar la tarea. Estos videos son, entre los nuevos actores de la vida digital, uno de los más relevantes pues son anónimos y transmiten con eficacia un hecho con la mayor fidelidad posible.

 

Las nuevas tecnologías afectan la escritura de la crónica porque la inmediatez vuelve obsoleto cualquier contenido a una velocidad inverosímil. Los periódicos se imprimen con noticias de las cuales en las redes sociales ya se persiguen las secuelas, los testigos, los victimarios, el testimonio del curioso que sacó su teléfono celular para registrar el hecho. Quizá no sea posible subrayar con claridad el surgimiento de una “nueva crónica”, pero igualmente no es posible asumir que se leen con el mismo formato y alcance que aquellas se leían hace tres décadas. Y más: no hay un solo nombre cuya sola mención pueda lograr un cambio de rumbo a pesar de que algunas editoriales intentan entronizar a sus autores. Lo que sí hay es el reconocimiento de que la realidad nunca es fácil de dominar y dará la batalla para permanecer bajo un solo dominio.

 

Parte de los retos para quien escribe la crónica es elaborar una modalidad renovada de acercamiento al lector, que dispone de herramientas tecnológicas para entrar en la nueva realidad colectiva y hasta transformarla. Nunca como antes el teléfono celular mostró tantas posibilidades para reestructurar la realidad y plastificarla al gusto. A diario se comparten miles de contenidos, unos buenos, otros fallidos, de los cuales la propia comunidad expresa su complacencia o molestia. Esta es una forma de hacer la crónica de un tiempo, así que los profesionales en la escritura de ese género tienen un reto al frente para lograr que el lector, distraído ya de por sí, pueda seguir con la lectura de su nota hasta el final.