La década de los noventa atestiguó la radicalización de la música “metal”, encarnada en el black metal. Los hallazgos del heavy metal se llevaron a su extremo y a finales de los años ochenta, convivían variantes de esta música en las cuales los jóvenes hallaron (hallamos) una vía al entendimiento del mundo, gobernado por la violencia, el descontrol político e igualmente hacia narrativas inusuales, de carácter casi prohibido.

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Aquello era parte lo “alternativo”, llevado hasta su vertiente más extrema, que si bien circulaba en el mercado, lo hacía a niveles microscópicos, en el cual el boca a boca y los conciertos de no más de quinientas personas servían como puntos de encuentro para abrir brechas hacia una manera posible de contrarrestar el poder hegemónico del canal MTV y otros actores del mercado estadounidense.

Dentro de lo que se denomina black metal fue mucho lo que ocurrió y poquísimo lo que aún importa. En poco más de dos décadas, los miembros de las bandas que animaron aquella escena musical abandonaron el camino o de plano entraron a producir la música de otros. Ahora es un legado ruinoso del cual ya sólo quedan cenizas a medio encender, así como la memoria de muchos conciertos no sólo de black metal sino también de death metal, de las muchas bandas originarias de Florida o otros lugares de Estados Unidos y Europa, que firmaron la aparición de sus discos con los sellos insignia de aquellos días: Roadrunner Records, Earache, Metal Blade Records,  Relapse Records, Century Media y otros.

Ahora la supuesta “adoración al demonio”, que sí logró Anton Szandor LaVey pero lejos de este circuito, las pequeñas sectas de cultos arcanos, las bandas de garaje que organizaban conciertos minúsculos sin publicidad, han ido perdiendo su atractivo debido a la popularización de otros géneros musicales, así como por las facilidades en la actualidad para simular una entrada exitosa en la escena musical. Ya cualquiera puede lograr un sonido casi profesional con métodos que nada tienen que ver con la entrada al clásico estudio de grabación, en el cual se discutían cada uno de los temas de un disco. Noruega y Suecia han sido los principales semilleros de black metal en el mundo, a pesar de que otras geografías han logrado instalar algunas bandas en el circuito mundial.

De todo aquello, a veinticinco años de su aparición, el disco A blaze in the northern sky (1992) de Darkthrone, se mantiene como uno de los hitos en el género del black metal. La historia del álbum ya es curiosa de por sí. Esa banda había iniciado sus pasos como una banda típica de death metal con Soulside Journey (1991) y, sin apenas aviso, Peaceville Records, el sello que editó su primer disco, recibió el demo de A blaze in the northern sky, con lo cual se mostraron alarmados por la crudeza del sonido. Esto contado por el propio Fenriz (baterista de Darkthrone), que refiere que la primera reacción en el sello fue sugerir que debían hacer un “remix” con las canciones, ya que no podría editarse tal como estaba. La respuesta fue negativa y amenazaron con llevarse la grabación a Deathlike Silence Productions, entonces el sello de Oystein Aarseth, (aka “Euronymous”), quien posteriormente sería asesinado a cuchilladas por Varg Vikernes (aka “Burzum”). Al final, Peaceville Records entró en razón y editó A blaze in the northern sky tal y como lo recibió y el cual está dedicado a “Euronymous”.

Nada de lo nuevo que importa tiene un aterrizaje fácil cuando propone un lenguaje atípico y hasta parece ser un ciclo de vida natural. El disco es una estilización de la “crudeza” propia del género, que resume de manera excepcional la estética del momento. La presentación en blanco y negro del álbum igualmente fue parte de una elección clave en un medio en el que se elegían las portadas con la mayor sangre posible. “Si hay sangre, debe ser bueno”, rezaba aquella lógica irreverente. Con los años, Darkthrone siguió su camino y han editado varios discos con enorme éxito, pero lo que se logró en A blaze in the northern sky no volvió a suceder.

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Las letras de este tipo de bandas son elementales y hasta primitivas. Suelen ser un retrato de una era regida por la violencia y la ansiedad, en el que la figura del demonio reemplaza casi cualquier certeza. No son bandas conceptuales a las que les haya interesado lograr una intersección entre diversos lenguajes o medios de expresión. Ejercieron un camino único y la prioridad no fue, como sugieren sus detractores, hacer el mayor ruido posible. La calificación de “ruido”, por otra parte, es tan subjetiva que no amerita siquiera detenerse en el comentario. Esta estética de la “crudeza”, sí, suele estar regida por parámetros muy tiesos y hasta acartonados, por lo que sólo un seguidor del género puede notar las astucias cuando suceden. Un género extremo de música “metal” logró atención de la prensa lo mismo por el asesinato de “Euronymous” que por la quema de iglesias y otros actos de violencia que resultan injustificados. Parte de su legado es A blaze in the northern sky y a mí me parece suficiente. Escúchalo aquí.