La lectura de Mis confusiones. Memorias desmemoriadas (2014) me reveló que Eduardo del Río (1934-2017) ya había perdido la certeza respecto de las “conquistas irrenunciables del socialismo” muchos años antes de que publicara Lástima de Cuba. El grandioso fracaso de los hermanos Castro en 1994. Sin embargo, la dificultad para conceder algo de verdad a quienes proclamaron el triunfo caníbal de capitalismo, retrasaron una salida en firme para consignar que lo que empezó en 1917 en Rusia, en 1949 en China y en 1959 en la isla, mostraba signos de agotamiento y falta de compaginación con las condiciones de la vida material. No se derrumbó un régimen 1989 sino la idea de que un modelo ideológico no puede imponerse a la realidad como si se tratase de una fórmula matemática.

El caso de Rius es paradigmático para leer cómo la utopía más grande del siglo XX (quizá la única con esa fuerza), se colapsó bajo el peso de sí misma y de una clase burocrática que se asentó como un segmento de administradores para la implementación de un modelo social. En el otro modelo, en contraste, se fomentaba la competencia a través de una estructura económica abierta y con libertades individuales. Esto al margen de los vicios naturales que genera, así como de las deficiencias para con quienes carecen de los medios mínimos de subsistencia.

Por entonces el entusiasmo fue generalizado y Rius fue uno de los promotores más vehementes de los logros del socialismo. Mucha de esta labor propagandística ahora ya sólo es posible hallarla en las librerías de viejo. Cito algunos títulos. En La joven Alemania (1971), por ejemplo, Rius viaja invitado por las autoridades de ese país, esto es, de la República Democrática Alemana (RDA), para dar cuenta de los avances en la construcción del socialismo. En el libro todo es una verbena y con regularidad se leen críticas al gobierno mexicano, ennegrecido por los hechos de 1968. Mismo caso de Mao en su tinta (1979) o Compa Nicaragua (1982), auténticos panfletos para enaltecer el proyecto de izquierda.

Arriba hago referencia a Lástima de Cuba porque ese título es una inflexión en su trayectoria. A partir de esa entrega, Rius pierde el eje sobre el cual juzga la realidad mexicana y también mundial, porque ya no queda nada contra qué cotejar como no fueran los principios universales de igualdad, solidaridad o empatía. O su gran aliado: el sentido común. La lucha por la construcción del socialismo perdió su aterrizaje en la realidad, para volver a las páginas de los tratadistas que visualizaban cómo mejorar las condiciones de vida material de los individuos. Rius en Mis confusiones respecto a la publicación de Lástima de Cuba: “Fidel no ha sabido resolver lo fundamental en cualquier sistema de gobierno: proveer de alimentos para desayuno, comida y cena a toda la población”.

Muchas de aquellas entregas de ocasión serán relegadas del resto de su obra. Pero sus críticas al clero, muchas de ellas justificadas, su modo didáctico de explicar asuntos semi abstrusos (filosofía, economía, etc.) o su pasión por la historia de la caricatura, mantendrán su preferencia entre los más jóvenes, que descubrirán en las páginas de su obra un modo humorístico y crítico de abordar la realidad. Más de uno de los dibujantes mexicanos más recientes ya ha reconocido su deuda con él y es el mejor legado que puede dejar a la cultura mexicana [Cfr. 80 Aniversarius. Queremos tanto a Eduardo del Río. México: Grijalbo, 2015.]

La lectura crítica de su obra se antoja urgente en medio de los vítores que le atribuyen haber educado a generaciones de mexicanos, lo cual puede ser cierto sólo como una concesión de la amistad o el mero agradecimiento. Sin duda los libros de Rius han sido parte del consumo habitual del mexicano que lee, pero la falta de un proyecto hacia el cual dirigirse (me refiero a la ruina de los países socialistas), lo desplazaron para darle un espacio como intérprete humorístico desde la izquierda para los nuevos tiempos, en lugar del timonel moral que ejerció por décadas. Por mi parte, reviso el estante para comprobar que nunca de dejado de leerlo, pese a que mi relación con su obra transitó del gozo por su irreverencia a una postura crítica producto de la desconfianza por la inmovilidad. Incluso guardo las entregas más recientes, que ya revelan su agotamiento y se hojean como deambuleos gráficos, más como producto de un acopio de material de emergencia —Oaxaca de Rius (2014) o Rius en pedacitos (2014)—, que como producto de la crítica puntual a una realidad que lo caracterizaba.

En Cuándo se empezó a xoder Méjico (2015), una de sus últimas entregas que analizan un asunto a fondo, culpa al régimen de Miguel Alemán como el origen de la debacle que se vive, como si pudiera compactarse la realidad mexicana para ser explicada a cargo únicamente de un individuo clave. Rius, maestro de la caricatura y de la simplificación. El cierre de Mis confusiones funciona como un epíteto a su obra y como un testamento anticipado:

“porque, y no es por presumir, pero yo ya hice toda la lucha que me tocaba para tratar de que las cosas mejores en esta especie de país llamado México. No voy a parar de hacerlo, marxista-masoquista que soy y he sido, y no tiro la toalla. Mejor la agarro y me limpio las manos como Herodes (¿o Pilatos?, ya estoy confundido), y me concreto a despedirme deseándoles lo mejor para sus apreciables y distinguidas familias, madurecidas incluidas. Ahí les encargo mi México Particular, esperando se mejore con la ayuda de todos ustedes”.