Chuck Palahniuk (Pasco, Washington, 1962), el célebre autor de Fight Club (1996), miembro de la entonces denominada Generación X, a pesar de lo que parece (el cine es capaz de generar burbujas gigantescas), continúa su carrera como narrador. Lo refiero porque ha sucedido que luego de una adaptación como la que logró David Fincher con Fight Club (1999), el narrador se muestre temeroso o desinteresado en avanzar en la construcción de una obra estrictamente narrativa. El cine es poderoso para lograr imágenes memorables e inmediatas, contra las que la literatura puede hacer poco o incluso nada. Son medios distintos de expresión, que se entrecruzan de manera constante aunque la penetración del cine aún no es posible igualarla con otro medio de comunicación disponible. FightClub2_coverset1.0   Luego de Eres hermosa (2014), Palahniuk rompe de nuevo el molde y entrega la secuela de su novela más célebre a la fábrica del arte secuencial, como los entendidos llaman a las novelas gráficas. Es posible que me equivoque, pero esto no había sucedido. Irvine Welsh, por ejemplo, decidió hacer una secuela cinematográfica con su Trainspotting en 2017 de una manera canónica: recoger la vida que ya se conoce de los personajes, volver a las experiencias compartidas, situarlos en una circunstancia diferente para que se enfrenten a otras encrucijadas que, en realidad, son las mismas porque apenas hubo crecimiento por parte de ellos. La entrega de Welsh tuvo una mala recepción de la crítica porque ninguno de los personajes pudo desanclarse del pasado que ya se había visto en la primera entrega, con lo que el espectador perdió todo interés antes de que transcurriera la primera media hora del filme. El arrojo de Palahniuk debe celebrarse no sólo porque Fight Club 2 (Reservoir Books, 2016) es una novela gráfica, lo que ya implica que es una obra en colaboración y el individualismo a ultranza es una norma de la vida actual, sino también porque la trama continúa felizmente el sistema paranoico del protagonista, siempre bajo una lápida de drogas sintéticas que generan una sensación permanente de cruza entre realidad y ficción. El dibujante elegido para el proyecto fue Cameron Stewart, quien ha ganado el premio Eisner (por Will Eisner) conocido como el Nobel de la novela gráfica en el medio. El trazo de Stewart no se permite demasiadas libertades y concluye realista, pero esto ayuda a vislumbrar lo que pudo haber sido el proceso creativo del libro. En estas páginas, la narrativa fragmentaria sigue su andanza muy al estilo de Palahniuk y los cortes en la temporalidad afectan sólo parcialmente la lectura. Luego de algunas páginas, el lector termina por orientarse en medio de este pasillo iluminado por luces rutilantes y sombras al paso. El propio Palahniuk hace un cameo al final del relato, en el cual los lectores le recriminan el cierre de la novela, por lo que accede a esta petición democrática y la cambia para restablecer el orden cósmico para felicidad de los habitantes de sus pesadillas narrativas. También aparece de nuevo Robert Paulsen, con la cabeza hecha pedazos por el escopetazo que recibió en la primera entrega y a quien se debe el mantra con el que suelen identificarse los fans de la película: “His name is Robert Paulsen”. Fight Club 2 apareció a manera de entregas mensuales a inicios de 2015 y un año después se reunió en formato de libro, con lo que gana unidad y cohesión narrativa, si tal concepto es posible que suceda en las novelas de Palahniuk, escritas a base de fantasmagorías y exabruptos que en su sorpresa y decadencia, terminan por conquistar al lector porque relaciona estos aspectos con la vida que transcurre fuera de la ventana. Imagino que el lector del futuro (si no es que sucede ya) leerá sin cortapisas literatura y novela gráfica, ya que no hay límites para adaptar cualquier texto literario a un formato enriquecido que pueda dialogar con las imágenes. Podrá saltar del Ulises y la obra de Conrad a las entregas que se vuelven referencias para las nuevas generaciones, como las novelas de Daniel Clowes o Neil Gaiman. Perderá la tentación de segregar como consecuencia de una aplicación estricta de criterios para clasificar, todos ya fuera de vigencia. FightClub2_coverset2.0   Instalada plenamente y por derecho propio en la producción actual de historias, la novela gráfica amplía sus alcances para conquistar a los lectores más exigentes. La avanzada de Frank Miller, Grant Morrison y Alan Moore se une con el trabajo de creadores como Ashley Wood y Scott McCloud, para generar novelas gráficas capaces de competir con la literatura, al menos por lo que hace a la transmisión eficaz de historias lejos de cualquier fuego de artificio. En la novela gráfica apenas hay lugar para el desbarrancamiento propio de la literatura desechable, que llena páginas enteras con hule espuma de palabras para atender las exigencias de algunas editoriales. Las páginas de la novela gráfica, por el contrario, se abren para contar de manera directa, cuadro tras cuadro, y cumplir con ello las expectativas de un lector que nunca tiene mucho tiempo.