El hombre, el mito, el joven escritor del que Salvador Dalí dijo que era más guapo que Marlon Brando; la llamarada, el cínico, el apasionado por la vida; el que leyó en el show de Steve Allen con música de piano al fondo y profesaba un amor incontrolable por las mujeres, todas, de modo desordenado; el católico francocanadiense de Lowell que aprendió inglés ya entrado en años, el bebedor desmedido, el amigo de sus amigos más que de sí mismo; el autodestructivo incapaz de perder la sonrisa, el viajero sin destino, el explorador de la América profunda, el que trabajaba lo necesario sólo para dar el salto siguiente hacia un abismo más hondo: Jack Kerouac (1922-1969).

Si atendemos al dictum de Schopenhauer, que sólo leía libros que tuvieran al menos cincuenta años de haber sido publicados, la primera edición de En el camino (1957) ya se alejó lo suficiente en el tiempo (nuestro tiempo) y es válido hacer las primeras lecturas despojadas del entusiasmo y las afinidades generacionales que la han buscado señalar con la expresión fácil, omnipresente, del “clásico contemporáneo”, denominado así con tanta ligereza como candor lo mismo por la fama del libro que por los hechos controvertidos de los protagonistas de la generación beat.

Sería impertinente no reconocerle al movimiento hippie dejar tras de sí una crítica puntual a las actitudes devastadoras de la órbita política de occidente —Vietnam, el intervencionismo en el tercer mundo, la censura a la libertad de expresión y otros más, nada despreciables—, ya que a partir de sus enseñanzas brotaron discursos artísticos/políticos que lograron permear a las generaciones siguientes, que llevaron hasta el límite sus formas de contrarrestar el sinsentido, la rigidez por la rigidez misma, la gazmoñería como agónica forma de control social y hasta la neutralización de la diferencia. La década de los sesenta fue la última del siglo XX en lesionar desde la inteligencia y el uso de la imaginación, la hegemonía de la clase política, que no ha logrado recuperarse desde entonces.

A este momento, el movimiento beatnik ya ha generado una galaxia casi infinita de publicaciones sobre sus protagonistas más eminentes. Constan los escritos de los poetas que se acercaron a Ginsberg, a William S. Burroughs, también de los artistas plásticos y hasta de gurús que surgieron para sanar el alma, quienes viajaron a la India para buscar la soñada y cada vez más remota iluminación, no sólo a partir de las enseñanzas de los beats sino también de las de Carlos Castaneda. En ese borbotón de publicaciones, la relación con México concluye epidérmica debido a la proximidad geográfica con Estados Unidos, los viajes de varios de ellos a este país (incluido el propio Kerouac) y por la buscada resurrección de los cultos solares, encarnados en las mitologías prehispánicas, cuyos vestigios fueron parte del fermento que dio vida a la nueva lectura del tiempo histórico.

En perspectiva, no es difícil conjeturar que Kerouac sufrió un desgaste significativo en la escritura de En el camino. Para decirlo pronto: se consumió en ese acto. Fue una escritura ejercida como un desgarramiento. Luego de su publicación y con un poco de ayuda de los excesos propios de la fama, el autor norteamericano empezó a menguar, como si tratase de una flama que de estar arriba con un tono azul sostenido, fuese a menos hasta finalmente extinguirse. En lo personal, Kerouac asumió una extraña fidelidad al espíritu beat e igualmente a su catolicismo y “bebió hasta morir” para no tener que suicidarse y con ello contravenir una de las disposiciones elementales del catolicismo, referente a la conservación de la vida.

tumblr_m6p3sn9eip1rnc3y3o1_1280

 

La obra de Kerouac aún sufre que sus lectores se aceran al resto de su producción para hallar vestigios o extensiones del mundo que brota de En el camino. Y es que a pesar de la cercanía (sesenta años es poco para el fluir del tiempo histórico), ha costado trabajo reconstruir no sólo cómo escribió la novela sino cómo fue que terminó por asfixiarlo hasta el embotamiento. El documental What happened to Kerouac? (1986) de Richard Lerner, se ha vuelto un testimonio invaluable para reconstruir cómo fue el proceso de su abatimiento. Al parecer, Kerouac se habría alejado del primer círculo beat en su periodo final, en el cual su decadencia era manifiesta. Aquel en que era difícil verlo sobrio y con una actitud de equilibrio mental.

La publicación del “rollo” original escrito por Jack Kerouac permite asomarse con la claridad de la lejanía a la denominada “prosa espontánea” del autor norteamericano, la cual habría sido escrita a ritmo de jazz, en donde el hilado de imágenes se superpone con mecanismos oníricos o contrastantes, y se consigna el desgaste del cuerpo por el abuso de las drogas y el alcohol, además de la vagancia ejercida como un arte, a partir de la cual podría intentarse una refundación del espíritu. La escritura, publicación y vida actual de En el camino ha ganado cualidad mítica, como si en sus páginas pudiese vislumbrarse una manera novedosa de entender al hombre. La novela es un relato sobre la amistad y el disgusto de permanecer quieto, lejos del juego libre de la vida. Kerouac encarna al gran inquieto, enemigo de la inmovilidad, distraído por las mujeres, el alcohol y las drogas, la música y la noche. Además de todo lo resultante de unir esos elementos en la vida de un solo hombre.

Esa Norteamérica que retrata Kerouac al lado de ese ícono que fue Neal Cassady, ha desaparecido casi por completo. Parte del aire provocativo del libro, que al momento de su publicación fue denostado y celebrado a un tiempo (la homosexualidad, el uso de las drogas, la crítica al estilo de vida americano), se ha normalizado hasta el punto de que la diversificación en las prácticas sexuales ha quedado como un estamento aceptado de la vida social. La inmoralidad ha quedado fuera de la persecución policial y cualquier persona puede escribir, pintar o componer una sinfonía sobre cualquier asunto imaginable. Entonces la trama de la novela, cimentada en parte sobre su carácter provocador, mantendrá su vigencia por la prosa chispeante y emocional de Kerouac, que se conecta con el lector cuando la experiencia del viaje abarca más allá de lo esperado o incluso no termina por su lugar en la memoria.

La publicación de la novela, en efecto, se volvió un hito por el favor que le prodigó la juventud cansada de los esquemas rígidos de educación. Jean Francois Duval en Kerouac y la generación beat (2013) refiere que luego de la publicación de En el camino (5 de septiembre de 1957) hubo “éxito inmediato” aunque no explica cómo llegó a esa conclusión. Howard Cunnell es más claro y en uno de los textos introductorios a la edición del “rollo” de Penguin (2007), ofrece algunas razones de aquel éxito súbito y explica lo siguiente: “Kerouac recibió un anticipo de mil dólares; 150 al aceptarse, 250 al momento de la firma [del contrato], y otro 600 en seis plazos mensuales de 100. El contrato estipulaba que Kerouac percibiría el 10% de los 10,000 primeros ejemplares que se vendieran, el 12.5% de los 2,500 siguientes y el 15% de los restantes”. Estas cifras, para 1957, estaban fuera de toda proporción, aquello era un hito presentido de la juventud, que se volcó al igual que los protagonistas, a la carretera. De ahí que algún crítico comparase en una de las reseñas del libro a Kerouac con Hemingway, lo que se volvió una histeria colectiva.

Al igual que sucedió con algunos relatos de Raymond Carver, en los que el trabajo editorial modificó en gran parte la obra literaria, la versión del “rollo” de En el camino restituye su modo directo de trenzarse con la realidad norteamericana hasta el punto del naturalismo, lo mismo que la posibilidad del lector para adentrarse en su forma frenética de trabajar, sostenida por la bencedrina. Las capas de mito que la propia generación “beat” sembró al paso para garantizarse alguna permanencia a través del escándalo, caen una a una hasta dejar la obra literaria a la vista, lo mismo en estado crudo que en su forma más decantada. No hay manera de escapar a esta desnudez, producto del tiempo y de la ausencia física de los protagonistas. Difícil hallar alguna vanguardia o movimiento estético que, con la distancia de los años, pueda aislársele del hecho literario que le dio vida para sostenerse fuera del escándalo y los juicios de orden moral. Una escena narrativa entre dos hombres como la siguiente, ya no genera ninguna contrariedad:

—¿Tienes dinero? —me preguntó.

—Dios, no… Puede que lo justo para comprar media botella de whisky para llegar a Denver. ¿Y tú?

—Sé dónde conseguirlo.

—¿Dónde?

—En cualquier parte. Siempre puedes hacérselo a un tipo en un callejón, ¿no?

—Sí, supongo que sí.

 

La lectura de esta versión de En el camino, a sesenta años de su publicación, revela cómo trabajó Kerouac y cómo el magnetismo de sus páginas continuará ganando la aprobación del lector, porque lo que inicia como un viaje de costa a costa termina como una aventura del espíritu, en un salto hacia una geografía semi-conocida (los Estados Unidos) en la que sólo puede presentirse la compañía del otro, ya que los hallazgos se generan en relación directa con el propio crecimiento mental y anímico. Joshua Kupetz, en la misma edición del “rollo” de Penguin, es enfático: “el rollo y la versión publicada ponen de manifiesto que Kerouac se adelantó a los nuevos caminos de la narratología estadounidense”. Ni más ni menos.

Al final de sus días, a menos de un año de morir (1968), un lastimado Jack Kerouac acudió al programa Firing Line conducido por William F. Buckley, Jr.​, en el cual estaba acompañado de otros invitados, entre ellos, un joven hippie que se esmera por expresar opiniones controvertidas. Aquella sería una de sus últimas apariciones en televisión. Casi al final del programa, con la ironía que se volvió un signo distintivo, Buckley preguntó a Kerouac: “¿qué tienen en común la generación beat con los hippies?” Éste, luego de segundos de pensarlo y antes de aclarar que él ya tenía 46 años y los hippies apenas 18, respondió: “es el mismo movimiento, que parece ser un movimiento dionisiaco”.

La referencia a Dionisio, en boca de Kerouac, se antoja la mejor manera de abordar una renovada lectura de su novela fundacional, relato de aventuras en las que la tentación fáustica es permanente y la intervención del otro es providencial para asentar una huella en el tiempo.