[La tradición literaria mexicana tiene en el cuento a uno de sus géneros insignia. Por más que la novela sea el género príncipe en ventas, según las cifras de mercado, la ficción breve se impone como el gusto más sostenido de los lectores, sean ocasionales o continuados. “Actualidad del cuento” abrirá una vía de acceso a diez voces para asomarse a la escritura de ese género, desde la perspectiva de quienes ya lograron cierto dominio en el oficio y, por lo mismo, son las voces que libro a libro abren la brecha del futuro cuentístico inmediato. Ulises Paniagua (Ciudad de México, 1976) ha publicado los siguientes libros de cuento: Patibulario, cuentos al final del túnel, (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), y Bitácora del eterno navegante (2015). También ha compilado las antologías Cuentos de barbarie (2016) y Los insomnios (2016), ambas publicadas por Ediciones Navarra.

 

 

—¿Por qué escribir cuento?

Por qué no hacerlo. Quiero decir, la última década del siglo XX y los primeros años del siglo XXI han cedido a la necesidad mercantil de los editores. Con ello la novela ha cobrado fuerza, relegando al cuento en apariencia. Pero este género, el cuento, no es anacrónico ni inútil. Si ha sobrevivido durante milenios, algo debe mantenerlo vivo. El cuento es siempre necesario. Lo ha sido y lo seguirá siendo.

A mí me encantan las novelas bien escritas, pero desde el origen de las civilizaciones el cuento ha sido el mejor “método mágico” de contar una historia, porque en su brevedad no hay desperdicio dramático ni distracciones. Me refiero a la postura de Vladimir Nabokov de señalar al escritor como un “encantador”, y para ello una narración breve resulta ideal. Leonardo Padura, novelista cubano, menciona que prefiere un libro con diez o doce buenos cuentos, a leer una mala novela. El cuento posee un carácter inmortal. Es inútil luchar contra su fascinación.

Lo que sí puede y debe hacerse, es renovar al género, buscar nuevas formas de contar una historia. Ahora, con la inmediatez, con la brevedad a la que nos orilla el uso de las redes sociales, el cuento y las historias cortas me parecen más vivos que nunca.

 

—¿Escribes otro género literario?

Escribo poesía, novela, teatro, artículos, ensayos breves, guiones de cine aún no filmados. He sido inquieto a través del viaje de la literatura. La exploración de cada género, por su parte, me ha seducido de manera natural, como una orden amorosa que se dicta al oído.

 

—¿Ha variado la escritura del cuento con la aparición de las redes sociales?

Desde luego. Aunque me atrevo a asegurar que tales variaciones son anteriores a la aparición de este fenómeno mediático. Las minificciones, microcuentos o short stories, por ejemplo, venían trabajándose desde mediados del siglo XX, incluso desde inicios de dicho siglo. Lo que ocurre es que el formato breve y coloquial ha encajado muy bien con las redes sociales. Hay que reconocer, sin embargo, que Facebook y Twitter han resultado excelentes termómetros para medir los intereses de las posmodernidad e incluso de la post posmodernidad, si se me permite la expresión. Las redes son el resultado y el origen, a la par, de una sociedad que seguirá consumiendo literatura, espero que de buena factura, a pesar del actual estallido de lo inmediato.

 

—¿Cómo ha cambiado el género desde los escritores del Boom?

Mucho. Creo que la influencia de Raymond Carver ha sido decisiva en las estructuras cuentísticas de los últimos años en Latinoamérica. Yo descubrí a Carver por uno de mis queridos maestros, Guillermo Samperio, y con él retomé esta idea chejoviana de los finales abiertos, de las historias menos matemáticas, diferentes a aquellas racionales que propone Edgar Allan Poe desde la mirada de la modernidad que le tocó vivir.

El realismo mágico, por otra parte, funcionó muy bien en años anteriores, sobre todo para las editoriales españolas que buscaban ventas, pero se ha convertido en una pesada losa para las generaciones que buscan a toda costa no caer en el cliché de ese tipo de literatura. Pienso que se disfrutan muchísimo los libros de García Márquez, de Vargas Llosa, de Jorge Amado, pero no se debe forzar a la historia repitiendo el “realismo mágico”. La literatura no es una máquina abstracta, es producto del momento socio-histórico. Es humana. Los tiempos cambian.

 

—¿Es cierto que no hay editores que se interesen en los libros de cuento?

Es falso. Los cuentos siguen siendo atractivos para algunas editoriales. En Barcelona, por ejemplo, existen editoriales especializadas en minificciones. En México las hay también, pocas, pero las hay. La revista especializada en el género, El cuento de Edmundo Valadés, muy socorrida a finales del siglo XX, demuestra que en los últimos cuarenta años se ha mantenido un alto consumo cuentístico.

Muchas veces la soberbia o la ignorancia impide a los editores reconocer un buen proyecto de cuento, que incluso podría redituar en sus amadas ganancias. Dicho sea con respeto, aquí quien manda es el gusto del público, no el de los comités editoriales. El cuento puede reivindicarse en cualquier momento, sólo que anda por allí, entre letras, agazapado.

 

—¿Escribes minificción o alguna modalidad de escritura breve?

He escrito minificción, sí, pero no como una consigna, sino como un proceso orgánico. En mis talleres acostumbro hablar de un género no reconocido por muchos: las ficciones. No hablo de la ficción en sí, ni de minificciones, sino de textos que no son cuentos de manera propia, ni son viñetas, que con frecuencia tienen que ver con referencias literarias y el poder de la imaginación. Estos textos no abarcan menos de una página necesariamente; sino que pueden tener tres cuartos de página, una página, cuartilla y media de extensión. Las ficciones no son extensas pero tampoco mínimas. Autores que considero se internan en este género, las ficciones, son Marcel Schwob, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Franz Kafka, Giovanni Papini, Italo Calvino, Augusto Monterroso y Juan José Arreola, entre otros. He escrito un par de libros pensando en este tipo de textos, las ficciones: la Bitácora del eterno navegante, ya publicado; y Las tuercas en mi cabeza, libro al que le estoy buscando editorial.

Los escritores que se dicen exclusivos de minificciones me parecen falsos, artificiosos. Uno no decide lo que escribe. La literatura no es un organigrama. Puede tener orden, pero requiere de libertad. No se escribe microrrelatos por fórmula.

 

—¿Qué has encontrado en el cuento que no tienen otros géneros literarios?

El poder de la imaginación. Es un género idóneo para adentrarse al universo de lo fantástico. La novela lo consigue a través de la ciencia ficción. La poesía por medio de la metáfora y el surrealismo. Pero el cuento te permite jugar con lo imposible al volverlo posible, es una convención entre autor y lector donde los límites pueden rebasarse sin buscar justificaciones estéticas o psicológicas. El poder de la imaginación aparece en todos los géneros, pero en el cuento es muy evidente.

 

—¿Cuáles son los cuentistas que más frecuentas? ¿Por qué?

Acudo a Borges de manera constante, porque su sabiduría me parece sincera. A través de él persigo figuras como Stevenson, Kipling, Melville, que abren el panorama a la bella tradición inglesa. Edgar Allan Poe es, desde luego, el maestro, el guía; he leído cada uno de sus cuentos y vuelvo a ellos, sobre todo en mis talleres, como grandes ejemplos para aplicar el famoso decálogo del cuentista (que Poe no escribió como tal). “Berenice”, “Ligeia”, “El pozo y el péndulo”, “El barril de amontillado”, “La máscara de la muerte roja”, “El escarabajo de oro”… Poe es deslumbrante.

Con Cortázar me divierto, además de que reflexiono a través de sus múltiples recursos lúdicos. Sus “cronopios y famas”, sus “perseguidores”, sus “vueltas al día en ochenta mundos” y su “último round” son magistrales. En México, desde luego, la colección de cuentos que Juan Rulfo tituló “El llano en llamas” parece insuperable. Busco este libro con insistencia.

Por otro lado, entre tumbos y aventuras literarias llegué al mexicano Francisco Tario y al uruguayo Felisberto Hernández. A ellos los releo con frecuencia. Son geniales.

 

—Has publicado cuatro libros de cuentos. ¿Cuál ha sido la respuesta de los lectores?

Muy buena, no puedo quejarme. Por rumores que quiero creer ciertos, me he enterado de que algunos de mis cuentos se leen en talleres literarios y en facultades de literatura, lo que me ha sorprendido de manera grata (sin que el asombro sea mayúsculo, pues he trabajado mucho para escribir cuentos de calidad). Los cuentos son botellas lanzadas al mar en busca del escritor adecuado (cito a Borges), y los míos han llegado por fortuna a buenos puertos. Las ediciones de mis cuentarios se han agotado, y me refiero a un total de unos dos mil libros, que desde luego no son nada ante los millones de habitantes de México y del planeta. Mis cuentos han sido bien recibidos pero hay que seguir trabajando, y sobre todo, leyendo.

Creo, sin embargo, que uno debe disfrutar el camino más que angustiarse por la meta. Así, mis libros andan por el mundo como duendes traviesos con los que me reencuentro con alegría en ferias literarias, bibliotecas públicas o personales. Uno de mis libros, Nadie duerme esta noche, dedicado al género del horror, llegó a la biblioteca de la Universidad de Cambridge, no sé cómo. Cuentos de barbarie y Los insomnios han llegado a la Universidad de Tennessee y a círculos académicos colombianos.

 

—Editaste dos antologías de cuento, recientemente. ¿Cuál fue tu motivación?

El deseo del registro socio-histórico y del goce colectivo al mismo tiempo. Pensé que, justo como las editoriales no se animan a publicar cuentos con frecuencia, había que demostrar lo equivocadas que estaban con tal decisión, contratacando con un par de antologías que incluyeran buenos autores, y sobre todo, excelentes historias que estimulen a nuevos escritores a continuar esta labor literaria.

Compilar a René Avilés Fabila, Guillermo Samperio, Heidi Julavits, Ricardo Bernal, Mauricio Montiel Figueiras, Alberto Chimal, Roberto López Moreno, Luis Jorge Boone, Giovana Chadid, Cecilia Eudave, Miguelángel Díaz Monges, Roger Vilar, Saúl Ibargoyen, Sandra Becerril, Sidharta Ochoa, Miguel Ángel Tenorio, Martha Leticia Martínez de León, Bernardo Navarro, Gabriel Rodríguez Liceaga, James Martell, Rosy Toledo, Alejandra Hoyos y a ti mismo, Luis, por mencionar sólo a algunos autores, ha sido un privilegio que me permite conocer y aprender del trabajo de mis contemporáneos.

 

—De leer tu obra, pareciera que colocas la escritura del cuento en un sitio de privilegio. ¿Es cierta esta apreciación?

Sí, desde luego. El cuento me fascina, como escritor y como lector. Cuando leo un buen cuento tengo la sensación de estar ante la presencia de un artefacto que abre universos paralelos, una maquinaria que destila sensaciones, colores, olores, presencias y sorpresas que conducen a rebasar los límites sospechados. Un buen cuento es un homenaje a la imaginación. Cómo no apreciar este género literario en la dimensión que merece.