[Un experimento llamado Felony Fights.]

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Más de un sociólogo habrá notado que la carga de agresividad que dejó tras de sí el siglo XX nos hizo más violentos o, al menos, más proclives a buscarla como espectáculo público. Nadie ignora que fue uno de los más explosivos en términos de estricta numérica, ya que nunca murieron tantos por tan poco en un periodo tan breve de tiempo. La sociedad moderna pareciera estar cruzada por el signo de la radicalización inmediata. Sus lugares preferidos: el altar o la pira.

Por supuesto pasaron décadas antes de que las formas sutiles de violencia—no necesariamente física—, aparecieran en televisión como espectáculo público tolerado. En México aún se vive la era del decoro, hipocritona las más de las veces, y aunque todos saben, por ejemplo, que los reality shows tienen el mayor rating, la mayoría aplaudió que se retirase del aire aquel programa infame que fue Hasta en las mejores familias, cúspide modélica del freak show para todas las edades.

Pero la sed de pudrición no termina ahí.

Felony Fights, por ejemplo, es un experimento tan descabellado como sugestivo y trae a la vida lo que imaginaron Chuck Palahniuk, con Fight Club (1999), y David Fincher, director de su adaptación cinematográfica. ¿Quién hubiera imaginado que podría existir, en realidad, un individuo como Tyler Durden, con sus ansias de destruir el orden social con humor negro y anarquía de boutique? Y más: desfila todo un ejército de perturbados que deciden darle una oportunidad para que administre su destino.

“La única regla de Felony Fights” dice el individuo sin nombre que inaugura los combates, “es que no hay ninguna”. Suena familiar. Alguien se salió de la pantalla sin que nadie lo notara. Pero lo cierto es que todo empezó como una muchedumbre reunida en la calle, extasiada de ver cómo un individuo recibía un upper-cut en la barbilla, para retumbar en el suelo a la manera de una res. Y todo grabado, sin restricciones: el amanecer de una nueva era.

Felony fights es un proyecto abierto al público, de vocación democrática. Cualquiera con el suficiente coraje puede inscribirse vía electrónica en www.felonyfights.com y esperar la invitación a participar, aunque ayudan al currículum para la recepción en forma del aspirante: (i) experiencia en peleas callejeras—de preferencia con cicatrices visibles—; (ii) tatuajes escandalosos en brazos y espalda; (iii) tiempo pasado en la cárcel por delito grave—San Quentin, Folsom, wherever—, (iv) y esa dejadez estoica que le permita salir del encuentro sin algunos dientes, mechones de pelo arrancado, arañazos y mordidas.

Siendo filmado en Los Ángeles, el componente mexicano destaca. Y pelean como los grandes. La prisión como la mejor escuela de sobrevivencia.

Pero Felony fights se acartonaría si no fuera por la imaginación de sus organizadores, quienes iniciaron con el típico uno a uno, para experimentar después con un dos a uno—flacos contra robusto—, encuentros entre mujeres, peleas con chacos y cinturones de cuero mojado sin playera, o jabones dentro de calcetines. Todo para deleite de los espectadores.

De no ser por lo que refleja de la sociedad contemporánea, Felony Fights sería apenas un proyecto desenfrenado. Parece que bastan un par de cámaras para organizar un nuevo circo romano y venderlo en video para saciar la avidez de espectáculo real sin censura. Al igual que la pornografía y otras industrias dedicadas a producir lo que sólo se consume en la sombra, Felony Fights integra poco a poco una corte de seguidores, tal y como en Fight Club. Son cientos de individuos los que se inscriben en el proyecto y esperan durante meses antes de enfrentarse en un duelo a mano limpia con otro freak como ellos. Aterroriza ver cómo incluso aquellos que terminaron en el suelo, implorando piedad y llenos de sangre, se retiran sonriendo como si de una victoria se tratase.

Extrañas son las formas de la sociedad actual.

Aquí la pelea de un mexicano

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Twitter: @LBugarini