[De la serie “Atelier de letras”, esta plática con Mauricio Montiel Figueiras, quien escribe El hombre de tweed a través de la cuenta del mismo nombre en Twitter, entre otros proyectos.]

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¿Cuál fue el origen de El hombre de tweed?

Fue un origen extraño, aunque tiene que ver con la realidad. En marzo de 2011, en un día particularmente caluroso previo a la entrada de la primavera —lo recuerdo a la perfección—, estaba a punto de cruzar un eje vial cercano a mi casa cuando me topé con un individuo con saco de tweed y corbata, tipo oficinista o ejecutivo: estaba inmóvil en la esquina, esperando atravesar la avenida. Yo sudaba a mares y este hombre, vestido con un atuendo más propio del otoño o el invierno, permanecía completamente seco. Su inmovilidad en medio del tráfago de la ciudad de México me hizo detenerme. Pensé que no podíamos cruzar, que el semáforo estaba en rojo para los peatones. Pero no. Teníamos el verde, aunque el individuo no se movía. Estaba clavado en la esquina y tenía la vista fija en el horizonte.

Lo relevante era que el individuo no pertenecía a ese contexto. Era “alguien que estaba donde no debería estar”, frase que después sería el leit motif de mi personaje. Esta es la primera imagen de El hombre de tweed. Al irme pensé en la maravilla de las grandes ciudades, que nos permiten tener estos encuentros fortuitos, baudelaireanos, con personajes así de extraños. En cuanto llegué a la casa, empecé a escribir en mi cuenta de Twitter algunas impresiones sobre este personaje. Usé la primera persona. Al cabo de algunos tuits entendí que el personaje quería hacer algo, quería hablar y caminar: pedía moverse. Lo hice cruzar la avenida. Así empezó todo. Así inicia la narración: a partir de un personaje real. Con casi cuatrocientas páginas escritas sobre este proyecto, su origen me parece ahora muy lejano.

—¿Cuál ha sido la recepción de El hombre de tweed? ¿Qué tanto ha cambiado? ¿Cómo reaccionan los lectores?

Fue gracias a la recepción sorpresiva, inesperada, del personaje, que continué escribiendo sobre sus andanzas. A la fecha hay tres partes de la serie. Ahora estoy terminando la tercera. Debo aclarar que cada una de las partes atiende a una estación del año. La primera es sobre la primavera, a partir de experiencias meteorológicas. Aparecen las jacarandas. Nacimiento y renacimiento de la naturaleza dentro de la ciudad, en jardines, enredaderas, árboles. Un renacimiento malévolo, amenazante. La segunda parte corresponde al verano. Ahora desarrollo el otoño, y la cuarta que tengo esbozada en la cabeza corresponderá al invierno. Es una suerte de pasarela de modas narrativa. Porque, si bien el personaje nunca cambia de atuendo, sí cambia su entorno. A man for all seasons, título que viene a mi mente. Es lo que quiero hacer de él. Una criatura narrativa para todas las estaciones del año.

Vuelvo sobre la recepción del lector. Estaba trabajando en otro proyecto, una novela breve de corte pornográfico, cuando El hombre de tweed entró en mi vida. Y tuve que detener aquel proyecto. Esto atiende a que la primera parte de El hombre de tweed tuvo una escritura muy complicada. Escribía cada tuit y de inmediato lo enviaba. Conforme se escribían, se enviaban. Fue un ejercicio exigente. Desde el principio me propuse lograr una continuidad narrativa: ir más allá de un simple conjunto de estampas o viñetas ligadas por un mismo personaje. Busqué siempre la secuencia. Es una vuelta a la novela de folletín del siglo XIX. Yo le llamé “novela de folletuit” en algunos textos que escribí al respecto. Una novela por entregas, a la manera de una teleserie. Es el primer proyecto que he desarrollado de un modo episódico, y la experiencia ha sido muy significativa.

Sobre todo en la primera parte, al enviar el tuit tenía una respuesta inmediata de los lectores. Preguntaban, opinaban, se interesaban. Nutrían la propia escritura. Había suspenso. Inclusive hice consultas sobre el destino del personaje; sobre si, por ejemplo, querían que apareciese una mujer. Ciertas lectoras me decían: “¿Por qué no aparecen mujeres?”. Con el tiempo, las figuras femeninas se volvieron ejes de la serie.

—Una suerte de obra en colaboración, por parte de los lectores…

Así podría ser considerada la primera parte. Una experiencia muy enriquecedora. Debo señalar que toda la geografía de la primera parte está ubicada en mi barrio. Todo existe. Incluso tuve que regresar a ciertas calles, ciertos lugares, para escribir algunas secuencias. Un ejercicio de reconfiguración. Ya en la segunda parte la geografía es imaginaria, hecha a partir de pedazos de islas. La tercera parte es Venecia, pero desfasada en el tiempo. Una especie de Venecia simultánea.

Ahora bien, sobre la experiencia con los lectores, recuerdo una anécdota. En la primera parte de la serie, el hombre de tweed entra en una tienda de abarrotes; hay que decir que el personaje tiene algunas dotes sobrehumanas, ya que hace que al dueño del establecimiento se le borre la boca del rostro. Al salir de la tienda hay una mujer que empieza a gritar, y el hombre de tweed sale corriendo. Dobla en la esquina y aparece su doble. Varias lectoras señalaron si habría, en lo sucesivo, dos hombres de tweed. Tuve un presentimiento: estaba disparando algo que ni yo mismo sabía a dónde se dirigiría. Algunas personas me han dado teorías. Dicen que, como no hay nombres propios en esta serie narrativa, podría ser que los protagonistas sean arquetipos más que personas de carne y hueso. Y la gente puede llenar esos recipientes a placer. No hay ninguna ubicación sociocultural, ninguna nacionalidad, etcétera. El nombre de los personajes siempre tiene que ver con su función o con un rasgo descriptivo: el policía, la chica del tatuaje. Esta puede ser una clave para explicarme a mí mismo el punch de la serie.

[Foto: MMF]

—A partir de leer la serie de El hombre de tweed tengo la impresión de que su figura está conectada, de algún modo, con La penumbra inconveniente, incluso sólo sugerida. Por La errancia sé que eres cinéfilo, ¿qué tanto la narración televisiva y de series ha reconfigurado tu manera de narrar? ¿Qué tanto, de ser el caso, esta forma de narrar intervino en la creación de El hombre de tweed?

Mucho, al grado de que no podría haber narrado distintas secuencias sin haber visto ciertas series de televisión. Pienso por ejemplo en Six Feet Under, que fue la primera de las nuevas teleseries que vi gracias a la recomendación de un amigo cineasta con quien hace unos años trabajaba un guión para un largometraje. Yo no veo televisión; utilizo el televisor como pantalla de cine o teleseries. La televisión está supliendo la función del cine, que ya es raro que apueste por grandes proyectos narrativos como antaño. Todo esto se agotó. Esto es perceptible a finales de los años noventa, cuando entran las nuevas teleseries. Los Soprano, otra de mis series favoritas, se estrenó en 1999; Six Feet Under, en 2001. Hay cierto cansancio en el cine contemporáneo de Hollywood, que se dedica a elaborar franquicias: responde a mecanismos de mercadotecnia antes que a dispositivos de narración. Entonces, la televisión cumple la función serial, ofreciendo la posibilidad de compenetrarse con personajes reales. Y más: la televisión está mostrando situaciones que el cine, sea por temas de clasificación o por motivos de mercado, ya no está mostrando. Paradójico: puede que al día de hoy haya más libertad para los realizadores en la televisión que en el cine. Pienso en primera instancia en HBO, naturalmente. Así, tanto el proyecto de El hombre de tweed como otros en los que trabajo se ven influidos por la narrativa televisiva.

—No es difícil percibir que hay un auge del fragmento, de la línea inconclusa. Y me parece que tiene que ver con el experimento que Twitter está siendo para todos. ¿Es correcta esta apreciación?

Totalmente. Aunque pienso en la narrativa estadounidense, que debiera estar más atenta a una plataforma como Twitter —al fin, es un invento estadounidense—: detecto cierta resistencia en algunos narradores de mi generación como Jonathan Franzen, que sigue empeñado en el rescate de la gran novela “americana”, de aire balzaciano. Y hay otros narradores que van por ese camino. Quisiera entenderlo como una suerte de resistencia a este embate del chisporroteo. Una de las novelas recientes de Thomas Pynchon, por ejemplo, tiene más de mil páginas. Realmente: ¿quién leerá eso? O Murakami con 1Q84, publicada en dos tomos. Las plataformas están afectando, quizá no la escritura, pero sin duda la recepción del lector.

—Las nuevas generaciones están leyendo diferente…

Recuerdo un artículo de José Manuel Prieto en donde afirma, palabras más palabras menos, que internet nos ha hecho escribir de nuevo. Y señala cómo ciertas personas que no tenían un contacto establecido con la escritura, de pronto deben practicarla porque es un medio de comunicación con otras personas. Y tiene razón, aunque es una postura que también posee un doble filo. La postura contraria es del escritor inglés Christopher Priest, renuente a utilizar casi cualquier plataforma electrónica. Cuando lo entrevisté me lo dijo: “Acepté el correo electrónico porque así lo exige este mundo, pero las nuevas plataformas no me dan confianza.” Ponía un ejemplo: “Publico un texto que me llevó escribir, pongamos, tres días. ¿Para qué? Para que en cuestión de segundos haya cientos de personas que puedan insultarme y llamarme neonazi.” Y finalmente señaló que si bien internet ha democratizado la cultura, también acarrea muchas taras. “El derecho a réplica se gana”, dijo. Y remató: “Facebook y Twitter sólo contribuyen a la tempestad actual de disparates.”

[Foto: MMF]

—Ahora que comentas el sentir de Christopher Priest, mi última visita a la librería me hizo saber que al menos tres tuistars ya colocaron un título impreso, armado con frasecitas, cursilerías y giros simpáticos a lugares comunes.

Recuerdo el caso de una mujer, no recuerdo su nombre, que tiene miles de seguidores y habla de sexo. Pasado el tiempo una editorial importante le pidió una reunión de sus tuits y por ahí anda rodando el libro. Imagino las aristas de la escritura en Twitter. Decirle al lector: “Paga en una librería lo que ya leíste en la pantalla.” Lo veo difícil.

—Imagino que el destino natural de El hombre de tweed es que llegue a formato de libro. Parece un proyecto probado. Tiene lectores, genera interés…

Así es. La idea del proyecto es esa. Sigo siendo muy romántico y prefiero el papel a los libros electrónicos. No leo e-books. No tengo kindle. No pienso comprar una tableta, al menos en el corto plazo. Pero quién sabe lo que vendrá. Cuando terminé la primera parte de El hombre de tweed, anuncié que el proyecto concluía. Pero una serie de personas pedían más; recibí retroalimentación de lectores que preguntaban si la serie seguiría. Entonces ocurrió algo extraño, impredecible. Una noche tuve un sueño muy intenso con el personaje. Como soy supersticioso con los sueños, al despertar tuve la intuición de que la serie me exigía continuidad. Así fue. Para la segunda parte, no obstante, cambié la dinámica. Ahora escribo previamente los tuits, los reviso y entonces hago el envío. Así pues, lo que escribo es lo más cercano a un texto final, ya que he revisado los tuits varias veces. Justo cuando escribía la segunda parte de la serie pensé: “Esto es una novela, un proyecto expansivo.” Cuando terminé la segunda parte ya estaba carburando la tercera. Un editor me preguntó: “¿Para qué publicar aquello que la gente ya leyó en la red?” Respondí: “¿qué te parece si la cuarta y última parte la escribo sólo para el libro? Que sea un gancho para el lector.” En esas estoy.

—¿Cuáles son las lecturas que alimentan la creación de El hombre de tweed?

Lo que más he leído en fechas recientes han sido los mitos, una vuelta a los mitos. Para la segunda parte de El hombre de tweed leí de nuevo La Odisea. Sirenas, mar, islas. Un autor significativo es Pascal Quignard: sin él no hubiese logrado la concreción en la frase que me interesa para este proyecto. Después de leerlo te queda cierta respiración. Me preguntan: “¿Cortas los párrafos y después los editas?” Respondo: “No. Es la respiración para este proyecto. En otros puede ser diferente.”

Pierre Michon es otro escritor esencial en esta etapa de mi vida. En ambos, Quignard y Michon, hay un aire de recuperación de los mitos. Y esos dos autores han sido fundamentales para El hombre de tweed. Pero han sido lecturas muy específicas. Para la tercera parte, por ejemplo, fue el ensayo de Jean-Paul Sartre sobre el Tintoretto, El secuestrado de Venecia, y la crónica que hace el propio Sartre sobre Venecia. El Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, fue muy relevante; varias secuencias de la tercera parte de mi proyecto nacen directamente de ese libro. Los lectores atentos advertirán incluso que el propio Defoe hace un cameo. Stendhal también fue importante, específicamente con Roma, Nápoles y Florencia. En la tercera parte aparece el síndrome de Stendhal, materializado en una epidemia.

—Mauricio, sé que en Twitter sigues a muy pocas personas. ¿Cómo orientarse en esa selva de sobreescritura? ¿Seguirás utilizando Twitter cuando termine este proyecto?

Tengo un blog [http://prosas_y_cosas.espacioblog.com/] que al principio alimentaba con tres entradas diarias. No lo sé. Seguiré con otra frecuencia. Tiende a cansar. En su origen, El hombre de tweed se generó en mi cuenta personal, esto es, la que firmaba o encabezaba como Mauricio Montiel. Mi avatar era mi rostro. A partir de la segunda parte abrí la cuenta de @Elhombredetweed para llevar la bitácora del personaje. Ahora bien, el destino de la cuenta también la tendré que platicar con el posible editor de El hombre de tweed en papel. Si se consolida el contrato por un libro, sería lógico pensar que me pedirá retirarlo de la red. Dependerá lo que resolvamos.

—Hablas de una bitácora del hombre de tweed, ¿entendí bien o es proyecto aparte?

Es otro proyecto. Es una bitácora que lleva mi personaje, un proyecto que al día de hoy ya rebasa las cien páginas. He intentado escribir cinco tuits diarios sobre un solo tema; estos tuits constituyen entradas del personaje en su diario. Igualmente, hay otro personaje que entroncará en la cuarta parte de la serie: la mujer de M., que nació en la bitácora del hombre de tweed. Esta mujer vive en un pueblo desolado y es epítome de la soledad, el abandono. Aquí sucedió que un incidente cobró tal relevancia que hubo necesidad de escribir sobre ella. Esto se materializó en un relato de cincuenta páginas que es el primer desprendimiento de El hombre de tweed, y que aparecerá publicado en forma de libro a fines de 2012. Curioso: lo primero que podrá adquirir el lector de El hombre de tweed será un relato del personaje del personaje.

—Sé que fuiste recientemente a Escocia a realizar un proyecto de escritura. ¿Sufrió alguna metamorfosis El hombre de tweed?

Fui a escribir El hombre de tweed. Estaba en la patria del tweed, de hecho. Pasé, incluso, por el río Tweed. El nombre de la tela es una derivación de twill, un vocablo escocés que designa el textil donde se trenzan dos hilos paralelos. La palabra “tweed” para identificar el tejido que conocemos viene de un malentendido: en el siglo XIX, un mercader londinense leyó en una carta la palabra twill y creyó que se refería al río escocés. Recuerdo que los compañeros con los que coincidí en Escocia, a los que les platiqué del proyecto, se mostraron sorprendidos. No entendían. “¿Cómo que una novela por tuits?”, me preguntaban. Coincidí con dos escritoras londinenses, una sudafricana y un matrimonio ucraniano. Me decían: “¿Cómo haces para concretar?” Imaginaban que escribía párrafos y los cortaba para acomodarlos en tuits. Nada más lejos. El juego surge de proyectar la secuencia narrativa a partir de ciento cuarenta caracteres.

[Foto: MMF]

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Twitter: @LBugarini