[Un relato.]

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En la regadera, mientras alguien prepara el desayuno y un niño peregrina de un lado a otro con juguetes prestados, recuerdo que en un cajón duerme la historia de un policía, con más de diez años de servicio, que gasta su tiempo libre—o al menos una parte considerable de éste—, en levantar a individuos solitarios en calles poco transitadas, para alimentar a sus puercos. La idea de la historia nació de un recorte de periódico, de uno de esos que lucran con el dolor ajeno. El encabezado de la crónica se titulaba “¡Chacal!” y en las páginas de la nota principal se mostraban fotografías del inmueble en donde se localizaron los restos de más de treinta personas. Por supuesto en las imágenes aparecían los cerdos, rebosantes de vida, haciendo patente su ignorancia sobre lo que había sido su dieta por años. Al enjabonarme, me viene a la memoria, al parecer, en qué cajón tengo el recorte de periódico y el avance de la narración. Durante meses, aunque de manera espaciada, visité la hemeroteca para buscar más detalles de aquel policía pero, no obstante su brutalidad, los hechos no tuvieron eco. Tampoco figuraban en las crónicas de la nota roja. El recorte apenas me hubiera despertado interés de no ser porque la noticia parecía borrada de la tierra. Para cuando lo encontré, tirado en el patio de la escuela, ya era una historia vieja y su testimonio era el único elemento para reconstruir esta atrocidad en lo que pudiera ser una ficción. En el relato se detallaba la disposición del granero, formado por una estancia, dos cuartos con cama, una cocina minúscula, lo que parecía ser una letrina y en una parte separada por espacio de unos veinte metros, la porqueriza, amplia e iluminada, en la que encontraron uñas, huesos y cabello. En el primer borrador, por ejemplo, el agente era un viejo disoluto. Coleccionaba películas pornográficas de los años sesenta y cuadernillos con historias de mujeres extravagantes, dibujadas en tinta sepia. Tuvo, como es natural, una infancia violenta, padres alcohólicos y hermanos perturbados. En algún párrafo, no obstante, se consigna que durante su juventud recibió un llamado a la espiritualidad y entabló amistad con un párroco al que atribuía virtudes de sabio, que le instaba sin suerte a obrar de manera piadosa. Deshice en varias ocasiones las páginas que lo caracterizaban de este modo: no había manera de empatar este perfil con su degeneración posterior. Le atribuí virtudes filosóficas y ocupé varias páginas para esbozar la figura del policía como un teórico de la disolución, empeñado en convencer a los demás de que las fronteras de la ética tenían límites imprecisos y lo que pudiera parecer un acto atroz, en realidad, no era sino una incidencia casual de la historia y el tiempo, esos traidores. Una vez más, hubo dificultades para conectar su erudición enciclopédica con la ronda de levantamientos futuros. En el desarrollo de la trama evadí la tentación de crear otro asesino serial: era necesario huir de las figuras destinadas al culto, pues si su visión del mundo no conecta con el lector el derrumbe del relato está garantizado. Entonces, el verdugo sería un sujeto convencional, incluso torpe. Sabría cómo raptar a una persona pero ignoraría, por ejemplo, hacer té de gordolobo o prender el aire acondicionado en un hotel de paso. Los años de éxito en que pudo alimentar a sus puercos obedecieron a dos variables: la localización geográfica del granero—lejos de la ciudad y de la población rural más cercana—, y la voracidad diabólica de los animales. Se habría formado, eso sí, con profesionalismo y confianza en su labor preventiva del delito. Desempeñaría su tarea con entrega y al llegar a la casa familiar daría un beso a su esposa. La narración se detiene a referir que el asesino carecía de un modelo predeterminado de víctima, aunque muchos hubieran adivinado que optaría por personas con sobrepeso, en atención al mayor rendimiento de la acción violenta. Tomar esta elección representaba, si bien la felicidad de los puercos, su propia incomodidad, ya que arrastrar el cuerpo inconsciente de un obeso era más difícil que hacerlo respecto de cualquier otro individuo de talla promedio. Así que el perfil se ajustaba a condiciones de tiempo, modo y lugar. En un párrafo que parece intrascendente, la historia refiere que las víctimas eran hombres porque las mujeres no eran tan apetecibles para los animales—hecho comprobado en más de una ocasión—, que debían estar solos, en lugares de difícil acceso y de preferencia bajo los efectos del alcohol. Un golpe en los dedos del pie derecho contra la tubería, me hizo recordar la frustración que sentí al no poder transmitir el horror de una persona que se sabía a punto de ser devorada por puercos. Las causas de esta deficiencia eran literarias pero también vitales: por una parte, jamás había escuchado un grito semejante; por otra, de haberlo percibido alguna vez, el lenguaje sería insuficiente para lograr que el lector pudiera entrever siquiera ese pánico lamentable. El tema del grito era capital en la historia, pues detonaría que la policía encontrase el lugar de los hechos. Lo pensé de este modo: una noche cualquiera, un par de viajeros sufre una ponchadura de llanta que los obliga a parar cerca del granero. Los gritos, como en cualquier cinta de horror, los lleva a explorar el lugar, presenciar una escena dramática que se dejaría a la imaginación del lector para, finalmente, dar parte a las autoridades, que inician la pesquisa en el acto. Dudé, por un instante, sobre esta forma de realizar el hallazgo, pero los neumáticos se ponchan y la curiosidad humana es infinita. Me pareció una solución aceptable y así figuraba en la narración. Que le hubiera funcionado a Hitchcock me daba tranquilidad. Por otra parte, el relato estaba aderezado con referencias a la cultura popular de los años ochenta. En uno de los levantamientos, por ejemplo, el criminal escuchaba a Cyndi Lauper en el radio, lo que desquicia aún más a su víctima, tanto por el hecho de que no recibe palabra alguna de parte del policía, como por la situación incómoda de haber liberado casi medio litro de orina por el terror de ignorar lo que sucedería. Fueron meses de selección minuciosa, en los que decidía entre cientos de posibles referencias. Los motivos jamás eran casuales: una lógica exquisita alimentaba cada párrafo. Que si el homicida vestía con informalidad y además era aficionado a los buenos relojes, por poner un caso, fue motivo de consulta a vecinos y compañeros de trabajo. ¿Cómo imaginaban que un oficial de policía, con rostro inexpresivo y brazos fuertes, debía dirigirse a un individuo que supone que su aparición es para prestarle ayuda en una situación de peligro? ¿Lo suponían consciente del impacto de sus actos, o preferían la elección del bruto que ignora toda transcendencia y anula cualquier aspiración a una vida futura? Las respuestas variaban entre los encuestados. Para determinar la forma del relato, organizaba reuniones en donde no se concluía en un punto de vista unificado, pero servían para vaciar botellas de ron. Nadie, por suerte, se detuvo a meditar sobre la posibilidad de elegir a un personaje con un rol distinto, como el de un leñador que sale a cazar liebres en su tiempo de ocio, o el de un bolero desdichado, lleno de odio hacia sus semejantes. Intuían, supongo, que esa elección era firme y nada podía hacerse para alterarla. Cuando terminé de enjuagarme el pelo, supe que mi acción inmediata sería salir del baño a buscar aquel recorte, junto con el avance del relato. Pero también confirmé que otra visita a la hemeroteca sería estéril, que no me sacaría de la abulia y menos aún sería capaz de darme la salida al problema mayúsculo: explicar la razón por la que el policía alimentaba con tanto esmero a los puercos. Porque si bien asumí que el cerdo sería el animal indicado—es inmundo, devora sin medida e ignora el remordimiento—, también hubo borradores en que aparecieron lobos y perros salvajes. Al final, sin embargo, el puerco se impuso en consideración a la versión real de los hechos. En ese momento, me fue imposible recordar cuántas versiones había del relato. Se me antojaron más de doce. Todas con finales disímiles: algunas con policías arbitrarios y otras con esclavos de su propia circunstancia. Variaba, también, el número de víctimas. ¿Hacía diferencia? Llegué a pensar que sí, por lo que me di a la tarea de buscar un número impar que expresara, con sólo anunciárselo al lector, que el policía tenía un objetivo definido, que no actuaba al azar, que su agenda secreta tenía un esquema con metas previstas e inflexibles. Que podía luchar, incluso, por forjarse un destino en miniatura, apartado del flujo que empuja al resto de los hombres al uso. El número jamás adoptó una cifra determinada y en cada versión de la historia figuraba uno distinto. El sujeto original, del cual no aparecía su fotografía, era un hombre solitario, al parecer. Luego de su jornada laboral, en los días en que los puercos comían, realizaba el levantamiento del elegido y subía al granero. Una distancia de menos de veinte kilómetros por una carretera desierta. Según el reporte del periodista que firmó la nota original, la mecánica de los homicidios pudo haber sido la siguiente: ubicar a la víctima; presentarse y ofrecer asistencia; golpearla en la cabeza hasta la inconsciencia; esposarla de pies y manos y colocarle cinta canela en la boca; echarla a la cajuela y manejar hasta el granero; una vez ahí, recostarla sobre la tabla de disección y asegurarla con cuerdas; cortarle la cabeza con cuchillo y entregarla a los cerdos como antesala del banquete; ya decapitada, separar brazos y piernas para depositarlos en la porqueriza. Ignoro si este procedimiento estuvo confirmado por peritajes. Lo leí como posible, aunque ineficaz en términos literarios. En más de una versión enriquecí la escena con un ritual de culto al demonio. Luego, con un acto bestial de degustación en crudo, a partir de cortes delgados. Pero se desviaba el objetivo principal: el acto bestial de ser devorado por puercos. Indignado por esta lentitud para terminar la ficción, hice la promesa de dar el golpe maestro a fin de mes. El plazo no era descabellado ni exigente. Bastaría con tensar un par de eslabones sueltos y punto. De otro modo: ¿para qué seguir perdiendo el tiempo? En el periodo en que armé los borradores iniciales, adquirí novelas y películas sobre asesinos seriales. Ninguna referencia me era ajena: conocía los motivos generales, las actitudes evasivas, los rostros preocupados ante el fiscal, cuando llega el momento de la confesión. Aun así, el policía se me filtraba de las manos. No estaba claro ni aún para mí. Ni sus motivos, ni la repercusión de sus actos. Y ante todo, eran demasiadas las horas de trabajo invertidas para que no se hubiese logrado una pieza legible, funcional en sus partes. El agua caliente salía cada vez más tibia. En meditar sobre aquel relato se fueron los minutos del baño. Después de afeitarme, salí con una toalla en la cintura. Era urgente encontrar aquel cajón en el cual dormía el recorte, motivo de la historia, y proceder a darle el mejor final, de ser posible.

[John Bell (1763-1820), Anatomy of the Human Body. London, 1804. National Library of Medicine.]

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Twitter: @LBugarini