[De la serie “Atelier de letras”, esta plática con Alberto Chimal, quien publicó recientemente El Viajero del Tiempo (2012) y le fue otorgado el II Premio de Literatura del Estado de México.]

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Eres de los autores mexicanos más presentes en redes sociales. Donde aparece una nueva plataforma sabemos que Alberto Chimal abrirá una cuenta. ¿Cómo nace este interés por escribir a partir de la red? Y más: ¿cuál es el germen de El Viajero del Tiempo, cuyas aventuras leemos a través de Twitter y en tu sitio personal http://www.lashistorias.com.mx/?

Las herramientas digitales me han interesado desde antes del auge de internet. Hubo dos causas. La primera es una pequeñísima limitación que tengo: nunca logré sostener bien el lápiz, por lo que no puedo redactar a mano durante largos periodos, y cuando quise comenzar a escribir “en serio”, en los tempranos años ochenta, resultó además que mis dedos, que son largos pero muy delgados, se atoraban en los teclados de las máquinas de escribir mecánicas que estaban a mi alcance. El simple hecho de que las primeras computadoras a las que tuve acceso (una humilde Commodore 16, una Printaform con monitor monocromo al llegar a la preparatoria) tuvieran un teclado en el que mis dedos no se atoraban fue crucial: me permitió dar el proverbial salto gigantesco y no ser nunca un escritor “mecánico”. Otros autores de mi edad pueden hablar de su transición a la computadora, pero yo no tuve que pasar por ese proceso de adaptación.

La segunda causa, claro, fue mi fascinación con los aspectos más alocados de cómo se imaginaba la “tecnología avanzada” en aquel tiempo. El cine, la televisión, los comics, los libros que leía, todos ofrecían visiones brillantísimas—o deliciosamente siniestras—, de lo iba a suceder cuando semejantes artefactos avanzados llegaran por fin al mundo. Esas ilusiones parecen ridículas ahora, pero de todas formas para mí siempre fueron, sobre todo, un estímulo creativo: yo tenía aunque fuera una pequeña muestra de ese futuro en las herramientas a las que lograba acercarme, y jamás tuve el menor interés en utilizarlas para “cosas serias”. En una Mac de las más primitivas hice un par de números de una revista hipertextual en la que yo redactaba todos los artículos… y con la que luego no pude hacer nada, porque no había manera de distribuirla. Y desde luego también escribí un montón de historias—casi todas felizmente perdidas—, de ciencia ficción.

El germen de El Viajero del Tiempo es justamente ese interés en la ciencia ficción: el personaje es el de H. G. Wells, que tampoco tiene nombre en la novela de éste. El tratamiento que le he dado en mis historias se le debe a la limitación de espacio de la red Twitter—140 caracteres—, pero también a que siempre me ha gustado una estrategia clásica de la minificción que yo aprendí de Arreola, de Calvino y de Levrero: crear múltiples variaciones de un tema, un argumento o una imagen y presentarlas juntas para que el efecto (el que puedan tener) descanse en la multiplicidad. La primera historia del Viajero dio impulso a todas las que han seguido.

Es sabido que llevas años trabajando minificción. Incluso me atrevería a señalar que has creado escuela en México. ¿Cuál es el panorama actual en nuestra literatura de la ficción súbita?

La situación actual es extraña: da la impresión de que nunca se han escrito y publicado más minificciones que ahora, pero casi todas están en internet. Las editoriales comerciales siguen tan reticentes a publicar minificción como en el siglo XX y las estatales, universitarias y gubernamentales, no están mucho mejor. Supongo que se debe a los prejuicios de siempre: a la ignorancia y el desconocimiento. Pero esto es especialmente desalentador en el caso de la minificción porque ésta—al contrario de lo que se podría decir, tal vez, de otros géneros—, sí tiene un público, que lee sobre todo en la red pero que también busca sus ejemplares impresos y, por lo demás, se forma su propio gusto, lo que casi nunca se ve en la cultura literaria nacional. (Hace poco, por ejemplo, se promovió un concurso de minificción por Twitter patrocinado por una televisora; lo mejor del mismo resultó ser la gran cantidad de reacciones indignadas en la red cuando se vio que los miembros del jurado habían premiado textos mediocres. Muchos “simples lectores”—no participantes rencorosos—, lo señalaron.)

Se ha lanzado la primera colección mexicana exclusivamente de libros de minificción: la serie Hormiga Iracunda, de la editorial regiomontana Posdata. El Viajero del Tiempo apareció allí, pero incluso aparte de mi libro es de alegrarse el que exista la colección. Ojalá consiga mantenerse y consolidarse. Veremos.

—No deja de ser paradójico este desdén de las grandes editoriales, considerando el interés de las nuevas generaciones por la minificción. ¿Está alterando internet nuestra manera de leer? Pudiera parecer tardía esta pregunta—cuando circula tanta información—, pero me refiero a la lectura de corte literario, a aquella que busca activar la imaginación del lector.

La pregunta es pertinente porque en realidad no se ha pensado mucho en el asunto. Me parece que, fuera de un círculo de especialistas, la discusión apenas ha avanzado, y de hecho hay personas que todavía se niegan a plantearla: que no dan ninguna importancia a los cambios que ya se dan en nuestras formas de escribir y leer a causa del uso de internet. Entre los colegas escritores, parece que en general estamos en la parte de aceptar que la escritura digital puede ser una herramienta válida, pero todavía se insiste mucho en que el destino final de lo escrito en internet debe ser un libro impreso…, y en esto hay, pienso, la proverbial resistencia al cambio pero también, a veces, un prejuicio: la mayor dificultad de acceso a los medios impresos entendida como un obstáculo que sólo pueden librar las “mejores” obras. (Si esto fuera verdad, por supuesto, al menos tres cuartas partes de los libros que se venden en el mundo no existirían.)

Para volver a tu pregunta, diré que nos falta dedicar más tiempo a notar y describir esos cambios que se dan en la lectura literaria. Sabemos que la capacidad general de los nuevos lectores parece disminuir, que la lectura concentrada y larga pierde popularidad, etcétera. Pero, por ejemplo, habría que notar también que la lectura-zapping de ahora (¡qué termino tan ochentero para un fenómeno actual!) implica en muchas ocasiones algo más que una reacción superficial ante el tedio de un texto “excesivamente complejo”: hay a veces un esfuerzo activo de la imaginación en la mera búsqueda de relaciones y puentes entre diferentes textos y también en las prácticas de la lectura comunal en internet: en la interacción de un grupo de individuos cada uno ante su aparato, pero todos juntos en el espacio virtual. Muchas de esas lecturas colectivas, de hecho, se anclan o desembocan en esfuerzos de escritura: efímeros, de calidad irregular y resultados inciertos, sí, pero que no tienen correlato alguno con ninguna práctica de lectura de libros impresos.

[Foto: Fabien Castro]

—Por estos días ya estará en librerías El último explorador, tu libro más reciente. Algunas aventuras de Horacio Kustos, según entiendo. ¿Cuál fue su génesis? ¿Nació en Twitter, al igual que El Viajero del Tiempo?

De hecho, no: Horacio Kustos es muy anterior. La primera historia que escribí sobre él data de 2000. Comencé de un modo raro: el apellido lo encontré abriendo al azar un diccionario de alemán, y la palabra resultó de origen griego (es la raíz de “custodio”, por ejemplo). Como esto no me hizo pensar en policías sino más bien en la figura del investigador, el custodio del conocimiento, pensé luego en “Horacio”, que quiere decir “de vista penetrante”, y así el personaje obtuvo lo que para mí, al menos, es un nombre de explorador, como aquellos naturalistas viajeros de siglos pasados. Como ésta es una época desventajosa para el aspirante a descubridor, porque al menos la impresión general es que ya todo ha sido descubierto, Kustos amplifica el mundo conocido con sus hallazgos extraños. En su escritura debe haber numerosas influencias inconscientes; sé que sus padres van del legendario Urashima, que se fue a vivir al fondo del mar, hasta el capitán Scott, que se fue a morir al Polo Sur, y que sus primos son variadísimos: Arthur Gordon Pym, Randolph Carter, Arne Saknussemm, Stephen Maturin, Amelia Earhart, el capitán Cook…

Kustos empezó como mi reacción contra el tedio y las poses desencantadas del fin de siglo; ya es un personaje, pero sus aventuras no dejan de sugerir mi opinión sobre el poco aprecio que tenemos por la imaginación—literaria y de cualquier otro tipo—, en nuestra cultura.

El último explorador, por cierto, no es el fin de Horacio Kustos. Yo quería—quiero aún: no he terminado con él—, ponerlo en una serie rica y extensa de historias. Apenas hay personajes que protagonicen series interesantes en la literatura mexicana. No he publicado más de él en libros porque mi primera novela sobre él se convirtió en un proyecto muy complejo y largo. Tras ocho años lo he terminado, por otra parte, y aparecerá antes de 2013: su título es La torre y el jardín.

Da gusto saber que Horacio Kustos seguirá entre nosotros. ¿Qué lecturas lo motivaron? ¿Quiénes serían, digamos, sus abuelos literarios?

Muchos de los antecesores de Kustos son las historias donde aparecen los personajes que mencionaba antes: Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne, La narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe, los cuentos de H. P. Lovecraft, las aventuras de Aubrey y Maturin de Patrick O’Brian… Tuve la suerte de encontrar narraciones de viajes y aventuras desde la infancia, incluyendo también aquellas historias trágicas de la vida real: Earhart, Scott, Cook y muchos otros.

Supongo que también hay mucho más tras los textos. Además de la influencia de autores que admiro permanentemente, como Borges, Levrero, Pavić o Nabokov, Kustos le debe a Robert Walser (a los personajes-yo de Walser) por su interés en lo que a nadie interesa; a Alan Moore, por su interés en la forma de las historias y por su trama/mito del advenedizo que modifica el mundo, y a Stanley Kubrick, por su idea de “mostrar” lo fundamental en vez de “decirlo” (las historias sentenciosas me parecen detestables).

Sé que eres cinéfilo. ¿En la creación de Horacio Kustos intervino alguna influencia cinematográfica? ¿O en el resto de tu proyecto literario?

Creo que el carácter de Kustos, con el tiempo, ha terminado por parecerse un poco al de Stalker, el de la película de Tarkovsky. No es algo que me haya propuesto, pero Kustos da la impresión de ser torpe, igual que Stalker, y a veces es muy atrabancado, pero sabe perfectamente qué está haciendo incluso aunque los personajes que lo rodean no lo sepan. Me gustaría pensar que los dos personajes comparten también una conexión peculiar con lo que lo rodea: la capacidad de reconocer patrones y sentidos que no son los habituales.

(No escribo lo anterior porque piense en la obra de Tarkovsky todo el tiempo: la verdad, me son más cercanos otros cineastas. Pero hace poco terminé Zona: A Book About a Film About a Journey to a Room, un libro de Geoff Dyer que “cuenta” la totalidad de Stalker, ligando la descripción de los planos con consideraciones acerca de muchos temas y acaba por ser la poética del cine del propio Dyer. Muy pretencioso; muy bueno también, debo decir.)

Por lo demás, creo que mucho de lo que escribo tiene que ver con el cine, aunque casi nunca recurro a la estrategia habitual de construir una historia alrededor de personajes, argumentos o títulos: me interesan ciertos efectos que logra el cine, más bien, o lo que puede entender de ellos un narrador. La brusquedad aparente de muchos finales de escena en El resplandor de Kubrick, por ejemplo, tiene que ver muchísimo con muchos pasajes que he escrito y que juegan a hacer transiciones parecidas.

Ya que estamos aquí, además de Kubrick, mis cineastas favoritos deben ser Gilliam, Švankmajer, los hermanos Quay, Lang, Welles, Hitchcock…, y, bueno, justo ahora recuerdo una excepción a lo que te decía antes: tengo un cuento en el que Leonardo DiCaprio viaja de El origen a El año pasado en Marienbad, con escalas en El resplandor y otras películas.

—¿En qué otros proyectos trabajas en este momento? Sé que eres un autor incansable.

Estoy en los últimos meses (espero) de un periodo muy atareado. No todo ha sido escribir libros, pero lo que está más cerca de quedar terminado sí es un libro: un pequeño manual de escritura narrativa para principiantes. Luego, mientras ocurre el lanzamiento de La torre y el jardín, quiero descansar un poco, o al menos aligerar la carga de trabajo que he tenido en los últimos… años…, y en 2013 comenzaré mi siguiente novela, o tal vez dos de ellas; tengo notas para un par de proyectos muy diferentes pero no he decidido cuál de ellos comenzar primero. Y entretanto, en los ratos perdidos, se acumulan más minificciones de las que alcanzo a escribir en Twitter, pero no tengo fechas ni planes concretos todavía para hacer algo con ellas. La escritura digital se puede hacer con gran rapidez pero, al menos en mi caso, necesita una maduración prolongada y una poda muy rigurosa una vez que los textos han sido puestos en línea por primera vez: es imposible pasarlos “como están” de la pantalla al papel.

Alberto, ¿cómo juzgas el estado actual de la narrativa mexicana?

Si fuera a recurrir a la respuesta de moda, es decir, la más popular entre los colegas, y sobre todo entre los más jóvenes, tendría que decir que está muy mal: no hay nada que valga la pena, todo está por debajo de los grandes modelos (es decir los estadounidenses y los europeos), etcétera. Pero no lo creo: una narrativa que tiene con vida y produciendo a autores como Yuri Herrera, Antonio Ortuño, Verónica Murguía, Cristina Rivera Garza o Mario Bellatin (son los cinco primeros que se me ocurren: deliberadamente no menciono más, aunque ahora pienso al menos en otros diez, hombres y mujeres) no puede estar tan mal. Al menos, artísticamente hablando.

Lo que falta es que la narrativa consiga volverse más pertinente, más valiosa, y sobre todo para sus lectores más inmediatos, y éste es un problema muy complicado. La solución que se propone habitualmente es copiar al periodismo o a la crónica, dado que la actualidad nos preocupa tanto, pero la idea me parece absurda porque ya tenemos, como se sabe, excelentes periodistas y cronistas. En el fondo, lo que debería hacerse sobrepasa a los escritores: lo fundamental sería una reforma del sistema educativo que invirtiera la que parece su dirección actual, es decir, que favoreciera la creación de lectores más numerosos, capaces y críticos.

Pero algo que podrían agregar los narradores a ese proceso, y que no implicaría el riesgo de que se volvieran redundantes, sería renunciar definitivamente a las malas mañas del caciquismo priísta, que les ayudaron a sobrevivir durante el siglo XX y que tal vez ahora volverán a ser tan populares como entonces, pero que contribuyeron a la creación de una cultura literaria que no se interesa en los lectores de a pie ni en lo que ellos puedan encontrar en la literatura a su alcance. Esto me preocupa porque lo más probable es que aun quienes comenzaron a escribir en este sexenio o, en el previo, se estén formando con maestros que creen en la literatura como un medio para ascender en un escalafón o para llamar la atención del poder, pero no para dar nada a sus posibles lectores.

Para redondear, aclaro: lo que podrían dar los narradores a sus lectores no es necesariamente lo que éstos creen que quieren, es decir, lo que se les indica que desean.

—Por estos días te otorgan el II Premio de Literatura del Estado de México. ¿Qué representa esta premiación en tu trayectoria y cuál es la función de los premios en la carrera de un escritor?

Este premio fue una sorpresa para mí porque no me propuse para ganarlo: llevo años sin participar en concursos literarios por una serie de razones y accidentes diversos, y en cambio su comité organizador buscó y recibió postulaciones por su cuenta. También es un gran gusto: es un premio que se da justamente a la trayectoria de quien lo recibe y lo obtuvo por primera vez, el año pasado, Félix Suárez, un poeta extraordinario. Finalmente, que el premio provenga de mi estado natal es inesperado, muy honroso y signo de una atención que, sinceramente, me he acostumbrado a no esperar. No sé qué tanto afectará lo que pueda venir aún pero cuando menos resulta muy reconfortante.

Idealmente, la función de los premios debería ser doble: servir de estímulo para el escritor al incrementar su prestigio y de incitación para los lectores al señalar una obra que vale la pena, pero desde luego esto no siempre ocurre. En especial los premios dados de forma corrupta, por amiguismo o por dinero, empañan la validez de los otros. En cualquier caso, como la supervivencia de la obra de un escritor es de lo más azaroso, el número de premios obtenidos no garantiza nada: lo esencial es persistir, que—al menos por un tiempo—, es lo único que está plenamente en nuestras manos.

[Foto: Raquel Castro]

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Twitter: @LBugarini