septiembre 6, 2012

Disertación con lagañas

[Apunte sobre vocablos que se fugan.]

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Todos los días sucede algún fenómeno que requiere ser nombrado. No es arrogancia. Tampoco paranoia. Esta percepción concentrada deriva de mirar la realidad con más atención, es todo. Y es, al parecer, una deformación de infancia. Estos hallazgos, por lo regular, no trascienden. Sea porque apenas hay tiempo para cargar una libreta de apuntes indispensables, o sea porque de inmediato se olvida el acto de inventar ese vocablo necesario, aterrizando en la comodidad de nombrarlo a medias, con un término equivalente. Lejos está el “inventor de palabras”, aparecido en La Colmena, interpretado por el propio Camilo José Cela, del cual cito su ejemplo: “bizcotur: dícese del que sobre ser bisojo y mal encarado, mira con aviesa intención. Puede usarse como sustantivo”. Un intento, al menos. Este apunte no deberá entenderse como una invasión a los diccionarios. Refiero la pereza de nombrar por asimilación. Ejemplo: ¿cómo designar a la lagaña que al abrir los ojos se pega a las pestañas, impidiendo la apertura del párpado? Lo común es “lagaña”, pero hay grados. Pensemos en el tipo de lagaña acuosa, que se pega apenas. O en aquella que se retira con una pasada de servilleta, con el fluir de las lágrimas—de haberlas. Muy común en llanto derivado de cuestiones amorosas. Pero también hay otras que secaron durante la noche y al retirarse se llevan pestañas consigo. O las hay, incluso, en colores graduados, yendo del blanco al amarillo verdoso. Hay, a la par, consistencias y grados de densidad. Ignoro si alguien las habrá probado—no es mi caso—, aunque intuyo que el grado de salinidad admitirá variaciones. Y hablo, por supuesto, de lagaña natural, que no se genera por infección, misma que deberá tratarse aparte. O más: ¿la lagaña del perro, es “lagaña” a secas? ¿O tendrá un vocablo específico? Pienso, a manera de ilustración, en que su brazo es pata, su mano garra y su nariz trufa. Lo regular es ahorrarse los matices y designar todas esas variantes como “lagaña”. Así de simple y así de triste. No citaré a Foucault ni a Barthes, aunque es claro que la velocidad de la vida nos aparta de la precisión. ¿Hablamos o no hablamos de lo mismo? Radicalización del abismo entre las palabras y las cosas. El ejemplo de la lagaña, tomado al azar, se repite de modo infinito. Enfrentamos un mundo designado con pudor, de un modo pacato. Como si se tratase de la zona abisal, al fondo del océano, resta demasiado por designar. Y aunque es alarmante, dado que los diccionarios están saturados de vocablos, amanecemos con una carencia de palabras para designar matices. Otro ejemplo: la palabra “llanto” no se altera si éste es motivado por causas diferentes. ¿De dónde nace la comodidad de nombrar “llanto” por igual a aquel ocasionado por la muerte, que aquel producto de nacer? Intuyo una paradoja y a muy pocos lexicógrafos interesados en esclarecerla. Podemos ignorar estas ausencias de nuestra realidad cognitiva—lo hacemos todos los días—, pero al igual que sucede con las lenguas que mueren, cada día se pierde la posibilidad de designar una realidad que permanece ignorada. Me refiero a la lengua española, quede claro. Quizá el serbio, el croata o alguna derivación eslava, no tendrán este problema, de serlo. Medito, durante las horas de sol, en el tostado de una piel, el regusto de un café cualquiera o en el cigarrillo que compartimos con individuos distintos. El lenguaje agrupa estos hábitos en vocablos colectivos. Extrema lealtad al principio de economía. Usamos una lengua y lateralmente la dejamos morir al rehusar la invención de palabras nuevas. Dudo que este desinterés motive un cataclismo al interior del lenguaje, cuya misión primaria es comunicar aunque, a la manera de las lenguas que se extinguen, esta pereza por parte de los hablantes y sus filólogos concluye en una limitante a su expansión. “Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo”, dictaminó Wittgestein. Frase que me acompaña, de manera oracular, en este desvelo. Acaso tuvo razón, aunque es la hora que no se halla la palabra para designar al individuo con demasiado tiempo libre, dedicado a imaginar palabras que, a su juicio, no existen y que, por extraño que parezca, también carece de la temeridad para inventarlas.

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Twitter: @LBugarini

Un comentario a “Disertación con lagañas”


  1. Esteban Treviño Pizaña

    Sobersensible es solo un bosquejo o borrador humilde para halagar este articulo…..Me conmueve mas que la lagaña el llanto..y, en efecto es que he llorado hasta en color orjuz, llanto de muerte, y tambien con el vicio de belobolo un llanto impreciso, difuso y obsesivo de masoquismo artistico profundo. Pero al margen de mis penas y volviendo a este articulo, como todo buen escrito, se requieren mas vocablos que describan lo que inspira.

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