[De la serie “Atelier de letras”, esta plática con Daniel Espartaco Sánchez, quien publicó recientemente Autos usados (2012).]

*

—¿De dónde nacen tus libros?

Gasolina fue un relato escrito de un tirón, mi meta era llegar a un punto determinado, la escena de la persecución con lanchas rápidas, porque era una especie de broma local entre mis amigos y yo. Siempre decíamos, como burlándonos de la solemnidad de los autores mexicanos, que hacía falta escribir novelas con persecuciones en lancha. Es un libro satírico y por eso me permití total libertad a la hora de pensar en los giros en el estilo de la novela de aventuras. Fue muy divertido escribirlo.

En cambio, mis otros libros, El error del milenioAutos usados y Cosmonauta nacieron de una manera lenta, sin un plan definido. Escribo movido por dos o tres ideas, dos o tres intuiciones poéticas, un estado de ánimo. Muchas veces, incluso, cuando me propongo llevar un plan, lo que ocurre en realidad es totalmente diferente. Al final, cuando ya he reunido suficiente material, comienzo a ver un concepto general de la obra. Ahora mismo estoy con algo nuevo. Tengo dos o tres elementos flotando por ahí. Y como ya me he dado cuenta de que las novelas lineales y clásicas no son lo mío, ahora trabajo sobre episodios, tomando notas, escribiendo en una libreta, haciendo un índice, etcétera. Calculo que en un año tendré suficiente material para comenzar la corrección de la obra.

—Entonces, Daniel, ¿eres un autor que aún disfruta la escritura artesanal—pluma y papel—, o este ejercicio es sólo una herramienta de urgencia para después vaciar el capítulo proyectado en pantalla?

Acabo de leer en nexos que David Miklos escribió su primera novela en una libreta y que sólo hasta el final la pasó en limpio. Yo no podría hacer esto porque, debo confesarlo, mi letra a veces  es bastante ilegible, incluso para mí. Así que lo escribo debo pasarlo en limpio inmediatamente. La transcripción es casi un ejercicio de mnemotecnia, algo positivo porque cuando transcribo en realidad reescribo y agrego y quito cosas. A pesar de que mi letra es fea, me gusta ver cómo se va llenando una nueva libreta, y más si es de buen papel. Además siempre está el riesgo de perder la libreta. A principios del año perdí veinte páginas que no pasé en limpio porque me robaron la mochila del auto de una amiga, en Puebla.

Pero sí siento que tengo una relación artesanal con la pluma y el papel. Algunos me han dicho que corrigen directamente en la computadora. A mí me gusta imprimir y corregir, me gusta ver lo que estoy haciendo, llenarme las manos de tinta, y reescribir sobre lo impreso y pasar en limpio.

—¿Cuáles fueron tus primeras lecturas? ¿Quién te acercó a la literatura?

La norma dicta que cada escritor diga que desde muy pequeño fue un lector voraz. En mi caso debo decir que era perezoso, pero lector al fin, porque crecí rodeado de material de lectura. Desde niño me gustaba jugar con las enciclopedias y libros con ilustraciones. A veces leía los pies de página y a veces sólo me gustaba ver las ilustraciones, ocasionalmente leía algún artículo. Tuve muchos libros infantiles que leía una y otra vez, adaptaciones de obras clásicas. Leí por supuesto a Mark Twain, Verne y esa clase de libros, pero no te creas que los devoraba, dejé muchos inconclusos. Porque prefería ver la televisión, la cual estaba, en teoría, regulada por dos padres laxos. Gracias a los libros y programas infantiles conozco las historias clásicas de Andersen, Grimm, Perrault, algunas de Las mil y una noches. Recuerdo con especial cariño un programa de marionetas de la NHK con historias clásicas japonesas. No puedo olvidar ninguna de esas historias y sólo recientemente las he leído en texto. A esto debo sumar que mi madre me contaba la historias que ella había leído: la Ilíada, la Odisea y el Cantar de los Nibelungos; nos leía a los Grimm, a Perrault, a Poe y a Lovercraft.

Es como si yo hubiera crecido en un mundo donde la historia, la fábula, independientemente de que estuviera escrita o no, fuera lo más importante: una mezcla de tradición oral, literaria y televisiva, y no hay que olvidar el cine: La historia sin fin, Laberinto. Ya desde entonces tenía idea de lo importante que eran para mí las historias tradicionales y estas reelaboraciones. A los once años, mientras leía un libro de cuentos rusos en una jardinera, un reportero me tomó una foto y al día siguiente salí en un periódico local con el siguiente pie: “La juventud chihuahuense se prepara para el futuro”.

Los que vieron la foto me felicitaron porque era “estudioso” y yo me sentí como un farsante y todavía me siento así. Pocas cosas me impresionaron más en la vida que esas historias rusas: la bruja Babá Yagá que vive en una casa sobre una pata de gallina, la orfandad, el viaje del héroe, los elementos que se repiten y que significan algo confuso pero muy allegado a nosotros. Y luego en casa estaban los libros de mis padres. Había un canon: el Boom Latinoamericano, la colección Lecturas Mexicanas de la SEP estaba completa en los libreros de la casa. En la secundaria leí a Rulfo, algo de Borges y Cortázar. Pero mi idea del escritor eran Carlos Fuentes, Octavio Paz, García Márquez. Cuando salía un nuevo libro de ellos se discutía en la casa, con los amigos de mis padres, que también leían libros, gente joven, de izquierda. Algo que ya nunca sucederá. Ya no hay un canon, hay demasiados escritores.

No fue sino hasta los 15 o 16 años que comencé a leer en serio, y como mi padre se llevó muchos de los libros de la biblioteca cuando se separó de mi madre, los compraba en saldos, y así hasta los 20 años leí de una manera caótica lo que podía comprar con poco dinero, lo que me recomendaban y prestaban. No fue sino hasta los veinte que comencé a desarrollar un gusto, primero fue Hemingway, luego otros autores de la literatura norteamericana: Salinger, Bellow, Roth, Cheever. El gran descubrimiento, como a los veinticuatro años, fueron los maestros rusos, a los cuales había leído poco o mal.

—Sabemos que durante la segunda mitad de este 2012 veremos Autos usados en las mesas de novedades, ¿cuál fue el gérmen del libro? ¿Fue un proceso tormentoso o se construyó sin apenas sentirlo?

Autos usados fue un libro que se fue gestando a lo largo de dos años: del 2010 al 2012. En este período escribí varias historias sueltas, una novela corta, e intenté escribir al menos tres veces tres distintas novelas que en algún momento tuve que dejar, el último intento luego de casi 200 páginas. El gérmen del libro fue la necesidad de conciliar la escritura personal de Cosmonauta con mi necesidad, también personal, de dejar una constancia de cómo mi ciudad natal, Chihuahua, se había transformado durante los últimos seis años. Ahí viven mis padres, mis amigos, y siempre es doloroso seguir las noticias. Tanto la novela corta (inédita), escrita en 2010, como Autos usados, tratan del germen de la violencia que padece Chihuahua. Autos usados es también una postura como autor respecto a lo que pienso sobre la literatura del narcotráfico, la cual parodio en mi librito anterior, Gasolina. Cuando alguna vez me planteé seriamente el problema de escribir sobre el crimen organizado (porque ya no sólo podemos llamarlo “el narco”) llegué a la conclusión de que sería deshonesto escribir sobre lo que no sé, y realmente no me interesa saber.  Desapruebo esa literatura protagonizada por narcotraficantes o policías, escrita por jóvenes que no son ni lo uno ni lo otro.  Quien pretenda ir por ese camino debe de estar consciente de que se trata solamente de una moda. Por otro lado nunca he comulgado con la literatura social, no me interesa. Así que Autos usados terminó siendo una novela personal, una especie de Bildungsroman, que, además, toca y debe tocar, el tema de la violencia, en un segundo plano. Sobre si la gestación fue un proceso tormentoso o se construyó con delicadeza, te diré que ambas cosas. Lo tormentoso fue imponerme toda clase de estructuras a la hora de escribir mis tres intentos de novela, pero como no paraba de escribir entre un fracaso y otro, Autos usados se gestó poco a poco.

La parte central de la novela, llamada “Is this the way to Amarillo?”, fue la que más trabajo me costó escribir, y en algún momento llegó a ser tormentosa.

—¿Porqué narrar, Daniel? ¿De dónde nace el impulso?

Una necesidad de comunicar. Y también hay una razón egoísta. Por supuesto que uno lo hace porque quiere tener lectores y reconocimiento: los escritores son narcisistas, aunque hay que lidiar con eso si quieres escribir algo que valga la pena. Nunca aprendí a tocar un instrumento, ni a dibujar, quise estudiar cine. Finalmente, por mi formación, todo ha girado alrededor de las historias. Mi padre es muy buen narrador oral, y además escribía artículos. Están las historias que me contaba mi madre, ella también escribía. Crecí viendo películas y leyendo historias de todo tipo. Por otra parte estoy negado para cierto tipo de escritura, la especulativa, por ejemplo. Estoy convencido de que narrar es la mejor forma de tener una repercusión en el mundo, para mí. De que es el mejor medio, no para perorar (muchos narradores lo hacen) sino para mostrar las contradicciones de una época, una sociedad, del individuo. Está la famosa frase de Chéjov de que un escritor debe plantear las preguntas, no responderlas. Ya nadie lee a Lenin, pero seguimos leyendo a Búlgakov, Bábel, Pilniak.

—¿Cuál es, a tu juicio, el panorama actual de la narrativa mexicana?

Supongo que estamos pasando por un buen momento, un boom editorial, gracias en gran parte a las editoriales independientes que ya están profesionalizándose, a las editoriales grandes que siguen publicando autores nuevos, y a las editoriales del estado, como Tierra Adentro, que ha tenido un segundo aire. Gracias a los premios, las becas y esas cosas hay muchos autores jóvenes que pueden dedicarse un poco más a escribir. Sin embargo todavía hay muchas taras, las mismas de siempre: no hay espacios para crítica (las reseñas no son críticas, sino un género periodístico), no hay espacios para la ficción en las revistas. Si hubiera más espacios para ficción bien pagados y se exigiera calidad, estoy seguro de que daríamos un gran salto. Nunca antes ha habido tanto dinero disponible para los que quieran dedicarse a la literatura y sin embargo no hemos podido igualar a la generación que publicaba en los años 50 y 60 del siglo pasado. Creo que en gran parte se debe a que somos una generación con muy poca educación. Creo que escribiríamos mejor si el estado no pagara becas sino adelantos por libros ya escritos, y si la selección fuera más exigente y más transparente, y si estos libros efectivamente se distribuyeran en bibliotecas y escuelas y se vendieran al público a precios módico. Un modelo menos asistencialista, más new deal. No te estamos dando dinero, te estamos pagando porque eres bueno, y lo que no son buenos que se dediquen otra cosa. Así evitaríamos tanta paja. Con todo esto, creo que hay más y mejores escritores que hace diez años, y se debe precisamente a la democratización de la literatura.

—¿Además de narrar practicas otro registro?

Antes intentaba practicar la fotografía, hasta los 20 años escribí poesía. Durante la época de oro de los blogs tuve uno en donde escribía mis opiniones y sobre mis lecturas. Luego llegó el microblogging y las redes sociales. Ahí es donde desahogo pensamientos inmediatos, pero me parece que es un mal hábito.

—¿Existe la denominada “tweeteratura”?

Supongo que existe, no es algo que me apasione. Para mí la “tweeteratura” es como la poesía en klingon, una curiosidad. Las formas breves siempre han existido como una forma de poner a prueba el talento y el ingenio, como un arma política, como expresión popular. No creo que se trate de una moda, el microblogging llegó para quedarse, y hay mucha gente muy talentosa e inteligente allá afuera que tiene este medio para expresarse sin tener que pasar por el viacrucis del que pretende ser escritor: las muchas horas de trabajo, los borradores, las correcciones, los manuscritos rechazados, los editores, la editoriales, el lector filisteo, la burocracia cultural, las presentaciones de libros, los congresos de literatura, etcétera.

[Foto: María Toledo]

*

Twitter: @LBugarini