[Aterra lo poco que cambiamos. Aquí unas páginas de Diario—cándidas, remotas, acaso intuitivas—, extraídas de los días de escuela.]

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Comienzo a tener problemas de aprovechamiento en la escuela. La escritura se ha vuelto primordial. Un sendero en el que avanzo y no quiero abandonar. La cuesta del fin de semestre me atormenta. Espero terminar sin problemas, aunque no descartaría reprobar varias materias. Me siento satisfecho y a la vez profundamente mediocre. Mi sentido de la sobrevivencia académica vive en lucha permanente con mi afición por la lectura hedónica y con la posibilidad de crear. Entro a clases y escucho pero no entiendo nada. No quiero hacerlo ni me importa. Repetiré el mismo escenario lamentable del semestre anterior. Al igual que a Kafka, sólo me interesa la escritura.

Disfruto el cine. Quizá de más. Me hace pensar en la potencial superioridad de la imagen. La palabra, dado el tiempo que requiere su concepción y lectura, tiene una asimilación más lenta—aunque imagino más portentosa. Escribir se asimila a tejer una manta que no tendrá fin pero que tampoco podremos dejar de hilar día con día.

Compruebo que los escritores laboran veinticuatro horas al día. Espero no tenga consecuencias. La redacción es un hecho circunstancial en la trayectoria de un escritor. Sergio Pitol acierta de nuevo: “no confundir redacción con escritura”.

El afluente de lecturas no se detiene. Descubro nuevos autores y también he releído algunos. Utilizo una libreta para anotar ideas y bocetos para proyectar ensayos. Antes redactaba directo en la máquina. Pero trabajar así dejaba de lado muchas ideas que, justo al momento de la redacción, escapaban sin remedio. Siento más tranquilidad laborando de este modo.

De lleno en la lectura de Isaac Bashevis Singer. No lo había leído por la falta de traducciones modernas. Y es, a mi juicio, un escritor infinito. La naturalidad de sus historias es pasmosa. Es un gran maestro del oficio.

Los días se han ido como agua. Conforme escribo, los pesares de la corrección y revisión se desvanecen. La escritura comienza a fluir de manera decidida. Es claro que es imposible escribir con la velocidad del pensamiento. El producto final son oraciones apenas hiladas que derivan en un fatigoso periodo de corrección. Ese, quizá, es el trance más fastidioso de la escritura.

Puedo leer mejor en la calle, en transportes públicos y en el café. En casa me distraigo con facilidad. Recién entré al nuevo semestre de la Facultad de Filosofía y Letras. Filología, Morfosintaxis y otros horrores. Leo a Heinrich Böll. Al final, parece, todos tendremos las opiniones de un payaso.

Torbellino de lecturas. Salvador Novo, Jean-Paul Sartre, Sergio Pitol. Tantos más. El viaje, de éste último, me entusiasmó sobremanera. Muy distinto a El desfile del amor, que intenté leer con apenas suerte. Recuerdo haberlo dejado en la página 25. El viaje, en cambio, es una mezcla cerebral de géneros, aunque ignoro si los datos sobre literatura rusa son verídicos. La prosa del volúmen ha sido una de las sorpresas más abrumadoras. Pitol es un gran escritor. Por otra parte, la lectura de El manual del distraído de Alejandro Rossi me hizo pensar en una anticipación de W. G. Sebald. Una forma literaria que bordea realidad y ficción y que traspone diversos géneros con necesaria ironía.

Leer demasiado puede tener un efecto perturbador en aquello que se lee. Con frecuencia me intranquiliza esa extravagante idea que consigna que todos los libros de la historia forman uno solo. Con el tiempo resulta más compleja la lectura auténtica, que implica no sólo la comunicación verbal a través de la palabra escrita sino que, por fuerza, implica un sacudimiento intelectual, sea inmediato o sea después de un tiempo indeterminado.

Estos cuadernos de escritura se llenan y no puedo transcribir todo en la computadora. Días de agitación verbal y turbulencia literaria. Escribo con profusión, como si mis posibilidades estuvieran por agotarse y debiera dejar un testimonio improvisado. Luego, regreso al diálogo pausado de los libros, ese paraíso.

Lo más seguro es que siga leyendo a Salvador Elizondo. Su prosa, diáfana y zigzagueante, no ha hecho sino hipnotizarme y seguiré con algún otro libro suyo. Cascada de oraciones subordinadas.

Nada otorga el talento pero la disciplina es capaz de crear ilusiones portentosas.

Tiempo atrás juzgué lamentable no recordar circunstancias o historias de libros que había leído con esmero: lo juzgaba una falta de compromiso o de interés. El sentimiento de culpa se incrementaba si el libro era excepcional, o si lo veía citado en lugares diversos por autores que me interesaban. Leí Adolphe, por ejemplo, pero apenas recuerdo la historia. Lo mismo sucede con El maestro de Go. De la culpa salté al deleite: la posibilidad de la relectura es un regalo inapreciable.

Me entristece saber cuántas meditaciones genuinas se han perdido por la desidia de ignorarlas o, en su defecto, por haberlas vaciado en una servilleta, una libreta de notas, o papeles cuyo destino es perderse sin remedio.

Padezco un largo periodo de esterilidad que se manifiesta en detestar todo lo que escribo, incluso estas líneas que lo enuncian.

La crítica es un ejercicio ingrato pero es un ejercicio necesario, un desglose imprescindible. Ignoro si fue en algún libro de George Steiner o de Edmund Wilson en donde leí, acaso queriendo justificar su propia vocación, que es factible entender a la crítica como un ejercicio de complementariedad de un texto existente: al desenrollar ideas, al realizar comparaciones y anotaciones, al urdir posibles filiaciones o al arrojar al fuego sin remordimientos, el crítico (sobre)escribe y perfecciona la obra que aborda. No sólo se trata de comentar o aplaudir sino que, al juzgar una obra, el crítico comparte su destino histórico. Esta imagen plantea una colaboración entre el creador y el crítico, pero resuelve de manera tajante una cuestión capital para la crítica moderna: referir que la crítica queda colgando, en total dependencia, de las obras estrictamente “creativas”. Acaso en los albores del siglo XIX era deseable anular a la crítica como trabajo de imaginación; en los inicios del XXI es una miopía insuperable: una novela, un poema o una obra teatral son una crítica al mundo, a la existencia o las experiencias angustiantes del yo.

Crítica y creación conviven en una frontera borrosa y trepidante.

Resulta inquietante comprobar que los libros que leo tienen más que ver con el ensayo y el pensamiento, que con narraciones.

En los días en que por circunstancias diversas no puedo leer, me basta con estar cerca de los libros, arropado por su presencia.

“La primera cualidad de todo director es ver”, Michelangelo Antonioni.

Toda vivencia tiene algo de banalidad, de entrega inútil. Es pretencioso considerar que aquello que vivimos, que todo aquello que nos ha formado y nos relaciona, se arma y desarma en los espacios que la memoria consagra para eventos perdurables. Todo nos conforma y todo nos constituye. No hay algo que no sirva para nada.

Contar la historia de un hombre enfermo. Aquejado por múltiples padecimientos. Incapaz de celebrar una mañana y sonreír frente al espejo. No un profesional de la angustia, sino más bien del tipo que logró labrarse un porvenir a través de la caída y el esfuerzo. Al final de su vida está exhausto. Le repugnan los ritos y nuestra resignación lamentable frente a ellos. Este hombre será incapaz de volver a la vida, esto es, la vida de los hombres convencionales, y preferirá divagar en las cavidades de su propia mente. No buscará la distracción de un libro ni se resignará a los excesos del interior, que aspiran a la santidad. Todo su día se derretirá dando vueltas alrededor del anhelo constante de morir lo antes posible. Sin ser un suicida, marchitará su alma de manera voluntaria. Morir será su estandarte de vida.

En otro cuaderno, saturado de escritura, encuentro la siguiente frase: “Puedo fechar el día en que esta vida inició su descenso”. La frase aterra por su gesto helado, pero también porque al día de hoy intuyo que ese descenso no ha concluido y que, por el contrario, la inercia de la caída arrastra hacia un fondo más descarnado, del todo impensado, agarrando más y más fuerza. Supongo que la escribí inmerso de lleno en ese ánimo lamentable que se limita a atestiguar cómo los días se suceden sin apenas relevancia.

Nunca ha de pasarse por alto frente a la nueva contextura de los objetos, la cual se enriquece conforme pasa el tiempo o según el cúmulo de experiencias que se logran en el espacio de una vida. Perder este punto es negarse a aceptar que su verdadera riqueza consiste en atestiguar cómo se fuga.

Es cierto: la idea misma de la vida exige ser vivida y no escrita. Sólo que las condiciones nos obligan a vidas insípidas y grises, cuya única épica consiste en la borrachera o el estrépito de una cama ilícita. Fuera de esto, todo es banalidad y ausencia de consuelo.

Desearía comulgar con una perspectiva más optimista de la vida. No puedo hacerlo y es algo de constitución y temperamento. Me confieso sombrío por naturaleza.

El movimiento del peón en el ajedrez funciona como la metáfora perfecta de cómo se articula la vida humana: se avanza sin opción de regresar a la casilla anterior.

[Foto: LB]

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Twitter: @LBugarini