[Sobre Anthony Bourdain]

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Para Ricardo C. Gochicoa, poeta y foodie

Quienes lo conocieron por No reservations o The Layover, deben saber que antes fue A Cook’s tour (2001-2002)—que era, en esencia, el mismo show. Génesis de lo que vendría después. Hablamos de Anthony Bourdain (1956), que se ha ganado el corazón de foodies, bon vivants y sibaritas, alrededor del mundo, con su programa transmitido en Travel Channel.

Quien lo frecuenta debe aceptar su énfasis en el desenfado. Se disfruta cada emisión pues Bourdain adereza el viaje con anécdotas de aire literario. Todas muy ocurrentes y además sin ser comediante de tiempo completo. Su narrativa engrana con la experiencia que transcurre en pantalla: ideas al vuelo del observador en la sombra, del turista que no quiere parecerlo. Lo suyo es una picaresca a partir del desparpajo. Memoria fresca de la juventud, brindis por el fluir permanente. Es la época en que un chef puede ser superestrella. Y lo son (anoto un checklist al vuelo): Ferrán Adriá, Gordon Ramsay, Heston Blumenthal, Masaharu Morimoto, Gastón Acurio, entre otros. Y se vale.

Pero Bourdain, además de chef—lo señalan algunos, incluso, como uno de los mejores del mundo—, también escribe ficción. Dio a la imprenta tres novelas: Bone in the Throat (1995), Gone Bamboo (1997) y Bobby Gold (2001) que no circulan aún, hasta donde tengo noticia, en español. Las tres con acento de novela negra. En The Nasty Bits (2006), además, compiló algunas narraciones cortas, no todas afortunadas. En sus líneas más pobres, el juego de la ironía se revierte contra su creador. Y lo obvio: tanto como Kitchen Confidential (2000), como A Cook’s tour (2001), el libro, se dejan leer como una crónica detallada de la industria restaurantera. A decir de muchos: la radiografía más puntual de una escena que lo mismo convoca a la socialité más glam del momento, que a los deportistas más cotizados, y asimismo a ciudadanos de a pie, que lo visitan en “Les Halles”, en Nueva York.

Bourdain destaca en la crónica, que adereza con esta visión despeinada del mundo, tan suya. Todo Bourdain es festividad, ironía amarga—¡el tiempo que ya se fue!—que mueve a risa. “Si algo no ayuda para aliviar este tránsito de espinas se anula y punto”, pareciera resumir su filosofía. Y hay hedonismo para todos: este chef patina, renta una motocicleta o un jet ski, juega cartas hasta la madrugada, bebe single malt en una hamaca. Y mucho más.

Paradoja: Bourdain no cocina en el programa. En los episodios no es chef, sino uno de nosotros, que pregunta referencias locales para comer a un precio justo y así departir con los locales. Y tampoco se trata sólo de fomentar el esnobismo. Igual acude a comer una hamburguesa o una torre de hot cakes, que una espuma molecular de calamar negro del Báltico. El placer, sugiere, está en compartir ciertos momentos de la vida con la persona indicada. Como espectador, te queda anotar alguna referencia, con la esperanza de usarla como brújula en la próxima visita a tal o cual lugar. O, en su defecto, vislumbrar lugares inaccesibles para el turismo convencional. Que son demasiados.

En un momento en que la televisión nos agobia con programas y competencias de cocina—Hell’s Kitchen, Top Chef, Man vs. Food—, o con anfitriones insípidos en programas de viaje de apenas interés—Samantha Brown, Rudy Maxa—, Bourdain ofrece el maridaje ideal entre el viaje como puerta al infinito, y a un tiempo, noción insólita de un gentleman-mid-fifties a quien la vida no le agobia. Las lecciones están a la vista. (Mención especial para Andrew Zimmern, con Bizarre Foods, que amerita nota aparte).

Entretanto, keep traveling.

[Foto: LB]

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Twitter: @LBugarini