[A la manera de las listas de “cosas” de Sei Shōnagon, que figuran en El libro de la almohada, aquí otras, propias de este tiempo.]

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Detalles tenues, apenas perceptibles.

El asfalto lustroso de una carretera boscosa, después de la lluvia, minutos antes de amanecer. * Un reflejo súbito de una forma elusiva, en un laberinto de cristales, en cualquier ciudad moderna. * La ventisca que entra a un baño y se desvanece en un segundo. * Una fotografía en blanco y negro, original, que dejar ver el cambio radical en la forma de peinarse. * Esa nube en la mañana que es un hilo y tiene forma horizontal, distendida. * Un corte perfecto de bigote. * La última gota de aceite de oliva que cae al plato de ensalada. * El pelo dorado—apenas perceptible—, que cubre algunas mejillas. * Esa errata en el párrafo final de la novela que nos tiene en vilo. * Una sonrisa de mujer, cruzada al azar con una desconocida, que apenas dura un segundo. * Esa mujer que rehúsa quitarse las cejas. * Las inflexiones del lenguaje de un francófono que apenas habla español. * La palabra “barbitúrico”, dicha despacio, por una mujer levemente alcoholizada. * Un sostén que cae, justo antes de la blusa. * Regresar a la cama, a deshoras, cuando todos inician labores. * Una calle transitada, peatonal, a media luz.

 

Detalles que atestiguan el paso del tiempo.

Ver que alguien llora y apresura la marcha. * La velocidad con la que el alcohol abre fronteras entre desconocidos. * Abrir un diario ajeno y robar una confesión para nunca revelarla. * Compartir un mingitorio con tres individuos, en un baño reducido de espacio. * Pedir una bebida extravagante en el bar de moda. * El olor a tinta, en la redacción de una editorial.

 

Cosas que derivan de una noche festiva.

Un texto sobre Piranesi, que jamás te interesó. * Una mancha que no se quita en la camisa que aún no terminas de pagar. * Más deudas y pago de intereses sobre intereses. * Un zapato perdido en la casa de una desconocida. * Lamentos proustianos por el tiempo que ya se fue. * Ardor en la garganta, derivado de fumar de más. * Ojeras pronunciadas, imposibles de ocultar. * Libros perdidos y besos gratuitos. * Una soga anudada que alguien te ofrece para evitar la resaca.

 

Detalles que insinúan cierta falta de pertenencia.

Esa grita en la banqueta cuya función es destruir tacones de zapatos femeninos. * Hallar incompleta la novela que se persiguió durante años. * La primera vez que se bebe ajenjo, ignorando quién fue Van Gogh. * El verso de Rubén Darío que juzgamos cursi y nadie se atreve a decirlo. * Eco en el pasillo de una escuela, cuando ya no hay alumnos. * Películas españolas setenteras ultracatólicas. * Echar a la mesa el último neologismo sólo para ver cómo los demás fruncen la ceja. * Despreciar la realpolitik viviendo en un país del tercer mundo. * Las pecas esparcidas en los hombros apenas asomados de una mujer muy formal. * Un cenicero en donde no cabe otra colilla. * Cierta sonrisa irónica, de alguien que recién conoces. * El cepillo de dientes que alguien olvida en el baño. * Esa hoja de papel en la que alguien escribe, tan sólo: “olvido es verbo”.

[Al parecer Sei Shōnagon, en una ilustración de la época.]

Cosas que intuyes en un viaje en tren.

Desde una banca de espera en la estación de tren, todo parece distinto y a la par nada se altera. Son bancas incómodas y actúan como si tratasen de ahuyentar a los paseantes, o pretendiesen explicarles que la vida no es mejor ni peor estando sentados sino que, por el contrario, mirar con insistencia lugares sin interés es un primer síntoma de locura. Esto es algo que parece saber la mayoría de quienes optan por sentarse, de ahí que elijan comprar el periódico del día—el que sea, pues todos distraen la vista—, saquen con precaución alguno del día anterior de la basura en las sombras, o ya en medio de la escasez más absoluta de dinero o moneda fraccionaria, se contenten una y otra vez con la expectación morbosa de quien atraviesa frente a sus ojos. Pueden mirar la ropa, la forma de caminar, de charlar, de solucionar cómo se tira un vaso de café cuando no hay un bote de basura alrededor. ¡Incluso la forma y gestos al besar a su pareja! Lo que no puede ignorar ese individuo hipotético sentado, es la dureza de un asiento hecho de acero—tal vez tubular, tal vez de corte cuadrado—, creado en función de ahuyentarlo lo antes posible. Las bancas de espera en la estación del tren son bancas de ausencia y a la vez bancas de recelo. Todo mundo ignora la causa.

 

Detalles que simulas en el parque.

Demasiado se ha dicho sobre las bancas de parque. Más de un autor coincide con la idea de que convocan a las musas, amantes caprichosas y compañeras sublimes. Todavía es posible ver, de pronto, que alguien murmura versos que llega a dar forma definitiva en casa. Lo cierto es que son los menos quienes se apaciguan horas en un parque para lograr un ensayo sobre las cualidades atípicas de la semilla de pepino en la composición de sonetos. O para lograr cualquier otra cosa. Una banca de parque, aún cuando la municipalidad se encarga por lograr estelas de incomodidad, llama al adormecimiento de las pasiones. Y no opera en contrario ver una pareja de adolescentes recorriendo sus partes con manos sudorosas. Tales besos no son expresión de ardor: si por ellos fuera la ropa caería justo antes de empezar el primer beso. Parece claro, no obstante, que una charla casual que nace en la banca de un parque tiene más probabilidades de parir un amor memorable o una amistad de oro que las que pueden lograrse en lugares como la cantina, el hotel o incluso el patíbulo. Incontables son los pactos y transacciones que se han dado bajo la sombra de abetos, pinos y abedules. Algún eco de tantas acciones gloriosas dormirá encallado bajo sus follajes. Demasiado se ha dicho sobre las bancas de parque y es poco lo que queda por soñar.

 

Cosas que bosquejas en el avión.

Contrario a lo que pudiera imaginarse como consecuencia de las expectativas que se despertaron en el ser humano con la posibilidad sistemática de volar, acortando distancias y tiempo dedicado a traslados que en determinados periodos de la historia, incluso llegaron a tomar la forma de travesías con duración de meses enteros, ninguno de los elementos que conforman un vuelo moderno en avión a menos que se viaje en la dispendiosa y totalmente alejada del bolsillo popular primera clase, nos sugiere que alguien se ha tomado la molestia de lograr comodidad, distinción o ventajas equiparables a lo que significa emprender este vuelo a miles de kilómetros por encima de la faz de la tierra, mirando desde el cielo, como si fuésemos dioses en pleno acto creativo, la conformación plástica de las colinas y valles, los yermos en donde habita la serpiente y el conejo y los espesos bosques en donde todo sueño fantástico ha florecido en el hombre, además de las formas caprichosas que dibujan ríos, mares, lagos y lagunas y sin contar, por último, el privilegio de atravesar gruesas nubes que el individuo sin la opción de viajar debe contentarse con mirar tan sólo por la superficie que mira paciente la tierra desde el cielo. Contrario a lo que pudiera imaginarse volar es un acto equiparable a dormir y hay demasiados sonámbulos en la calle mojada.

Folio original de El libro de la almohada.

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Twitter: @LBugarini