[De la serie “Atelier de letras”, esta plática con David Miklos, quien recién publicó Brama (2012) en la colección “La Sonrisa Vertical”, de editorial Tusquets.]

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 —¿Por qué escribimos, David?

Escribimos porque buscamos algo. En mi caso, una voz. El encuentro con una voz. Escribimos para domeñar dicha voz. Y ya luego, domesticada la voz, viene el placer puro y duro de la escritura. Hoy, lo sé, escribir es un goce.

—¿Cómo rastrear esa voz? ¿De dónde nace?

Supongo que esa voz nace de lo primero que uno escucha; luego, de lo primero que uno lee. Lo primero que escuché y de lo que tengo un registro luminoso es: “Tú vienes de la panza de otra mujer. Tú eres adoptado”. Es la voz de mi madre y la fecha es abril de 1973, poco antes del nacimiento de mi hermana. Yo estaba en el hospital, luego de una crisis respiratoria. Me enteré, porque me puse a preguntar, de mi origen. Y se plantó así la semilla de mi voz. Mi tema sigue siendo el mismo que hace cerca de 40 años. Ya luego, cuando comencé a leer, me fui haciendo de una voz literaria en potencia, que se manifestó muchos, muchísimos años después de aquel abril de 1973: ocurrió en Trieste, en octubre de 2001, en donde me hice, tal cual, escritor (basta con leer La vida triestina, libro en el que dejo registro de este proceso: conjunto de relatos que explican mis tres novelas anteriores).

—Pareciera que la vuelta al origen detona en el escritor una mirada interior renovada, ¿qué aporta a la escritura este ejercicio?

La vuelta al origen, en mi caso, me ha significado, sin ser superlativo, todo. Descubrir que todo origen es una ficción es lo más sano que puede ocurrirle a un escritor. La historia propia es tan inasible que, si así lo entendemos, es un flujo y un reflujo de tramas, eventos, episodios, narraciones. Es, sí, como el agua que corre por el cauce de un río, con sus meandros y sus rápidos, con sus estancamientos y sus bifurcaciones. Si nos remontamos al origen, a la fuente del río, encontraremos algo en realidad desconocido. Pienso en Magris y su Danubio, en esa fuente del río que es múltiple. Y pienso en nuestro río árido, Aztlán: ¿en dónde se encuentra, en realidad? En todas partes; y en ninguna. Así las cosas, la vuelta al origen, nunca redudante, nos aporta, sin más, todo.

—Y en el caso particular de David Miklos, además de esa vuelta al origen, ¿cuáles fueron las lecturas primigenias? ¿En dónde inicia el contacto con el hecho literario?

Las primeras lecturas que dejaron una huella profunda en mi potencial ser escritor fueron, sin lugar a dudas, los Relatos de los Mitos de Cthulhu, de H.P. Lovecraft y sus seguidores. Los leí en una colección de tres volúmenes publicada por Bruguera. Me dormía abrazado a los libros para que los primigenios no se salieran de sus páginas. Luego vino la lectura de un narrador antitético a Lovecraft: Jorge Ibargüengoitia. Comencé con Estas ruinas que ves y me seguí con el resto: me leí su obra entera durante un verano que siempre recordaré como candente. Además de su humor negro, me fascina el dejo de erotismo que hay en su obra, su manera de describir a las mujeres y los encuentros de sus narradores con ellas. Ideal para la calentura adolescente. A Ibargüengoitia le siguió Umberto Eco y la encerrona de un fin de semana con El nombre de la rosa, que es como un maravilloso prólogo a Borges, al que llegué de manera tardía. Sin embargo, Bioy fue el que me dejó una huella indeleble con La invención de Morel. Muchos años después, descubrí a Antonio Di Benedetto: Zama me parece la mejor novela del boom, sin la marca del boom. Finalmente, menciono a Fleur Jaeggy, que es una de las escritoras a las que más admiro. Pero ya avancé demasiado en el tiempo, si bien el contacto con el hecho literario es algo que renovamos día con día.

—Y por lo que hace a la adquisición de la herramienta técnica para la escritura, ¿acudiste a talleres literarios, estudiaste alguna rama de humanidades o, sencillamente, iniciaste a la manera de una construcción intuitiva?

Comencé a escribir a los ocho años. A máquina. Le escribí un poema a mi madre. Me gané un premio nacional de poesía infantil en 1979, año internacional del niño. Fue mi primer ingreso: 5000 pesos de entonces. Creo que fue así como firmé mi contrato con la escritura: no he parado desde entonces. Cuando terminé la preparatoria entre a estudiar economía. Me cambié a letras. Luego a relaciones internacionales, carrera en la que me titulé. A lo largo de ese proceso, seguí escribiendo y me inicié en el trabajo editorial. Escribí mi primera novela entre los 17 y los 34 años, más o menos: desde algunas notas hasta cientos de cuartillas desechadas. La depuré en 2004. Y en 2005 vio la luz. Fue todo intuición. Fui un par de veces al taller de Daniel Sada. Aprendí lo único que uno debe saber en relación con la escritura: no te detengas y no mires atrás. La estructura y demás gracias narrativas vienen después de la escritura. Las correcciones. El duelo con uno mismo.

—Siendo así, ¿cómo se conecta tu historia literaria, tan temprana, con el vislumbre necesario para construir Brama, en donde hay demasiadas—quiero pensar, pero corrígeme—, escenas de la vida familiar?

Todas mis novelas son familiares. Es decir: su eje es la familia. Me obsesionan las genealogías, sobre todo cuando llegamos a la fuente. A la raíz. Que, como ya te he dicho, me parece siempre una ficción. En Brama hay mucho de mi familia, aunque todo lo llevé al exceso. Mi abuelo, que se llamaba Tibor pero cuando llegó a México en 1936 se cambió el nombre a Tiburcio, era muy distinto al padre de Béla y András. Era un hombre simple, sencillo, que antes de montar una exitosa empresa textil, fue minero y árbitro de futbol (como buen húngaro, amaba el futbol: la suya fue una época en la que Hungría brillaba en los mundiales). Mi abuela era una mujer dominante, muy distinta de Moira. Todos los demás, son pura invención. Béla y András son lo masculino escindido. Marina y Milena, dos versiones de una misma fantasía sexual. La casa, esa sí, es una mezcla de mi hogar de infancia y la casa de mis abuelos (aunque ninguna de las dos tiene cava ni fuente en el jardín). En resumen, podríamos subtitular Brama como “Escenas de una vida (casi) familiar”.

—Curioso que menciones Hungría, David, ya que el mercado editorial español ha puesto a disposición de los lectores varias traducciones de autores imprescindibles de esa lengua. ¿Los sigues? ¿Hay afinidades electivas? ¿Has pisado Hungría para rastrear a la sangre?

Mi padre nunca nos inculcó la hungaridad (mi madre, que es francesa, ella sí nos dio su amor por Francia… ¡pero no su idioma! Por eso me ensañé con el español). De niño, sin embargo, me fascinaban los timbres postales húngaros: Magyar Posta. Y me encantaba cómo hablaban mis abuelos entre sí, aunque mi relación con ellos no fuera buena. Cosas de sangre. Antes de conocer Hungría (viajé allí en el 2000), conocí su vino: Sangre de Toro. Luego, sí, viajé al terruño de los Miklos. Aunque primero me inicié en sus letras. Al primer húngaro que leí fue a Péter Nádas, que es un clásico automático y al que conocí gracias al entonces embajador de Hungría en México, quien me buscó para preguntarme qué tanto quería vincularme con mi ser húngaro: le dije que mucho; y me dio una pila de libros. Leí a Antal Szerb. Leí a Laszlo Krasznahorkai. Leí a Péter Esterházy. Tengo pendiente la lectura de Miklós Banffy. Pero más allá de las letras, en Budapest me encontré con el primer cabo de mi voz narrativa, que luego anudé, como ya te conté, en Trieste (que alguna vez fue el puerto de Hungría, que era parte de la imperial Viena). Vertí mi experiencia magiar en una fallida tesis de licenciatura y en uno de los relatos que componen La vida triestina, que es mi libro viajero. Nada se compara con aterrizar en Budapest luego de seguir el Danubio por el aire.

—Y con toda seguridad a Imre Kertész, por la concesión del Nobel. Te lo pregunto porque parece inevitable—en el escritor formado en el siglo XX—, un retorno al terruño, a ese lugar al que nos liga la memoria. Se andan las calles del lugar de origen para oírnos al fondo, aunque haya distorsión. ¿Fue tu caso? O más bien: ¿lo fue de una manera consciente?

¡Imre Kertész! Cómo olvidarlo. Aunque no es mi favorito. Nádas lo es. Cuando viajé a Budapest tuve un gran encuentro con la nada. Es decir: me vi, cara a cara, con la inasibilidad de mi origen. Fue una experiencia abrumadora. Todo lo que fui a buscar lo encontré en Budapest. Y más. La nada es la mejor plastilina para la creación literaria: se deja moldear a conveniencia. ¿Qué busca uno cuando viaja al terruño, cuando dirige sus pasos a la patria chica, cuando remonta el río hacia su fuente? El viaje puede ser consciente, sí, pero no sus motivos. Recuerdo que Budapest olía a algodón de azúcar. Y que los ancianos que esperaban en las paradas de camión eran todos idénticos a mis abuelos. Y que las mujeres se asoleaban desnudas en los parques. Y que no entendía una palabra de lo que la gente decía, si bien el idioma y su pronunciación me eran igual de familiares que las líneas de mis manos. Piensa en una novela de Kafka que ocurre en un verano caliente, lúbrico, en la que el castillo son las calles que no dejas de andar hasta acabar con tus pies. Algo así.

—Pienso en tu origen como uno de los más atípicos de nuestras letras. Tu fusion es inusual, excéntrica. Lo regular es algo de sangre italiana, francesa, española y norteamericana—por la cercanía geográfica. Recuerdo el énfasis de George Steiner respecto al multilinguismo, al cruce de identidades. Ser europeo es ser plural, sería su idea. Tales cruces entendidos como potencias creativas que corren por las venas del escritor. ¿Crees que hay algo de razón en su idea, o al momento de enfrentar la creación el autor depende sólo de sus lecturas y vivencias más próximas?

La sangre habla, reclama ser dicha. En mi caso, la sangre vino de un lado y la historia (junto con su peso y su ánimo benjaminiano) del otro. Mi abuela Anna era alemana. Huyo, junto con mi abuelo, a Francia: los nazis les pisaban los talones. Ella acabó en el sur de Francia; él, en Suiza. Allí, en Montauban y en plena resistencia, nació mi madre (mientras en el Pacífico los japoneses atacaban Pearl Harbor). Mi abuela nunca regresó a Alemania; murió en París, cuando mi madre era muy joven. Mi abuelo sí volvió; murió en Frankfurt. No los conocí. Y, de algún modo, me adueñé, vía mi madre, de su historia. Luego vino el conocimiento de que yo tenía una no-historia: aquella que, por mera biología (y algo de geografía: nací en San Antonio, Texas), me correspondía. Aguas encontradas. Literatura.

—Sé que eres un cinéfilo consumado. ¿Qué tanto, además de los libros, la visión del cine ha permeado en la construcción de tu proyecto narrativo? ¿O qué tan lejos están?

Soy un narrador contemplativo: hablo de lo que veo. El cine, supongo, ayuda a narrar una escena, a poner las fotografías-apuntes en movimiento. Me gusta, sobre todo, el cine que no es de acción, el cine que se regodea en los detalles. Cuando trasladas eso a la página, estás obligado a cincelar y depurar la imagen. Queda muy poco. En ese sentido, creo que la música—y el silencio que la anima—, pesa mucho más sobre lo que escribo. Es casi imposible narrar la música, los sonidos que crean los ejecutantes a través de los instrumentos, así que me he concentrado en narrar, por así decirlo, la estridencia del sonido.

De tanto que se produce en materia cinematográfica, ¿en qué filmes o directores hallas afinidades?

Pocos directores me dicen tanto y me conmueven como Terrence Malick, por un lado, y Federico Fellini, por el otro. Diría que ellos dos son mis favoritos. No conozco mejor película que 8 1/2 de Fellini. Y la obra en conjunto de Malick me parece un portento. Otra película que me mueve es Rumble Fish de Francis Ford Coppola. Y Alice Doesn’t Live Here Anymore de Martin Scorsese. También Another Woman, de Woody Allen. Y ahora que pienso en Gena Rowlands, mi actriz favorita, debo mencionar a John Cassavetes: A Woman Under the Influence es magistral. También me entiendo con Lars Von Trier y con Ingmar Bergman. Y hace muchos años que no veía una película tan buena (su mejor, a mi gusto): Pina, de Wim Wenders, que tiene muchos ecos de 8 1/2 de Fellini (es una película sobre la creación y sobre el paso del tiempo).

—Hubiera pensado que Theo Angelopoulos—por ese amor al detalle que refieres—, que es uno de los directores que en mi caso personal me hipnotizan y me dejan con demasiadas interrogantes. La vida de Brama inicia pero, eventualmente ¿veremos algún volumen de David Miklos de ensayo? Además de la narrativa y la crítica de cine, ¿incursionas en algún otro registro?

De Angelopoulos vi Paisaje en la niebla, que me devastó: es una película terrible y perfecta y que me hubiera gustado crear. Dejó su huella. Ahora bien, el ensayo. No es mi género. Apenas lo intento, comienzo a narrar. Ahora escribo algo distinto, una especie de auto-reportaje, muy en el tono de la más reciente Joan Didion: The Year of Magical Thinking y Blue Nights son lecturas recientes que despertaron o reanimaron un proyecto largamente postergado, una especie de criatura primigenia como Cthuhlu, latente e inmensa (y que espero domeñar). O eso creo que escribo. Me gustaría, por otro lado, conseguir lo que hizo Rebecca Solnit en A Field Guide to Getting Lost, que es uno de mis libros favoritos (es curioso: no han sido traducidos al español), junto con Trieste and the Meaning of Nowhere, de Jan Morris. Tal vez algún día.

—Ser narrador no significa estar fuera del mundo. Por el contrario, quiero pensar. Este año hubo elecciones presidenciales y regresó el partido anteriormente hegemónico: el PRI. Aún con el recuerdo y la historia, muchos mexicanos votaron su regreso. ¿Cuál es tu visión de lo que será México en este viraje impensado?

El problema no es el regreso del PRI sino la manera en la que regresó, luego de una larga pausa de 12 años terribles, seis de comedia y seis de tragedia. Me cuesta trabajo pensar en lo que viene, en si será más de lo mismo o en sí el PRI recurrirá a sus viejas usanzas de simulación y control espectacular. Hay un naciente activismo que llama a la esperanza, si bien tiene sus bemoles y podría autoinmolarse. ¿Habrá represión? ¿Proseguirá la violencia fruto de la guerra contra el narco (ese viejo invento de EUA que Calderón hizo propio)? Son las preguntas que me inquietan. Por lo demás, aventuro una respuesta: México será más de lo mismo, con los espejismos y las ilusiones de siempre. ¿Soy pesimista? No. Respondo contaminado de realismo y testigo de una historia ultrajada, una y otra vez. Así que mejor no digo más.

[Foto de María Paz Amaro, proporcionada por DM]

Más sobre cómo escribe David Miklos en http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2102779

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