[Dos viñetas en memoria de Miguel Capistrán (1939-2012).]

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No fui alumno de Miguel Capistrán. Menos aún su amigo. Soy y seguiré siendo lector suyo. No lo conocí y no obstante tengo deudas con él. Deudas de lecturas, aquéllas que nacen de ordenar lo que busca mantenerse disperso. Gracias a su labor podemos leer episodios de la literatura mexicana con mayor claridad, a la manera de una caminata guiada. Le debo(emos) un ejemplo de amor por la literatura. Nuestra visión del grupo Los Contemporáneos, por enunciar sólo un ejemplo, no sería la misma sin su labor de limpieza y rescate. Y así con diversas aristas de nuestra literatura. La crítica literaria, al igual que la docencia o la investigación cumplen—lo busquen o no—, una labor social de preservar productos estéticos. En este caso, literarios. Cualquier historia literaria requiere de expertos que la ubiquen, centren y detallen para los nuevos lectores quienes, a su vez, podrían ser los siguientes expertos de otros ámbitos. Abrir otro eslabón en la larga cadena de las generaciones. A la desaparición de José Luis Martínez (1918-2007) y Luis Mario Schneider (1931-1999), se une la de Miguel Capistrán (1939-2012). Tres insignes lectores, críticos y muy necesarios ordenadores de la literatura mexicana.

Aquí se presentan dos viñetas de homenaje para recordarlo. Agradezco a Juan Pablo Ortiz del Toro y a Víctor Toledo sus gentiles contribuciones para este acto de memoria mínimo.

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Miguel Capistrán (ángel guardián del mito y la poesía de Cuesta, custodio Contemporáneo, Novoasistente, recopilador Gorostiza-Villaurrutiano y del Edén subvertido en versos como en flora, pues fue insigne ecologista (y defensor de edificios históricos) de Córdoba su tierra, nunca recibió el monto del premio Jorge Cuesta, esquilmado por cínicos funcionarios. Nunca perdió la esperanza (cada vez más apagada de recibir ese dinero que tanto le faltó). Antes de ingresar oficialmente a la Academia Mexicana de la Lengua (el 9 de octubre) tuvo que partir. Meses antes había sido injustamente el chivo expiatorio de la terrible viuda María Kodama (coda mamá de las finanzas) y otros por un error poniatowskiano que años conocía (y no señaló como ahora que venía molesta por haber perdido un juicio por derechos de autor borgianos) pero que en la reedición apresurada por su negocio en México, Miguel no pudo revisar ni corregir, sin embargo esto hizo que su Borges y México, se agotara desde los coleccionistas, lo cual lo tenía contento y divertido. Pocos han tenido tan dramáticos altibajos por su (ciego) amor a la poesía (lleno de oído pero jamás de odio) como Miguel. Uno de sus tantos últimos descubrimientos fue el que un cordobés había escrito el primer texto de ciencia ficción en español (pero ya no contesta su teléfono para preguntarle el nombre del autor). En sus finales días volvió más sabio (hace año y medio había sido desahuciado), auténtico sabio veracruzano: serio y burlón, agudo e irónico, sencillo y profundo, de increíble y brillante memoria y alucinante velocidad para superar agravios. Uno de sus más cercanos desde la juventud y que más lo quisieron, Pepe Cabada, publicó “coincidentemente” el mismo día en que Miguel moría, en Perfomance, una semblanza capistrana. Ironía y profundidad de la laguna Stigia y el río de la Memoria.

Víctor Toledo

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Evocar a Miguel Capistrán obliga unir a la figura del estudioso de la literatura mexicana el recuerdo de un excelente ser humano –y no es simple alabanza luctuosa: Miguel pertenecía a esa clase de hombres desprendidos que da sin pedir ni esperar nada a cambio. Siempre el gesto cortés y la mirada transparente. Sus conocimientos sobre literatura iban más allá del tema ineludible: sabía de autores Coloniales, del siglo XIX, del XX, españoles, argentinos, ingleses, norteamericanos… Una de sus quejas amigables, que sólo se le preguntara del grupo de Villaurrutia, Novo, Cuesta. “Es curioso que siempre me llamen para hablar de Contemporáneos. No me molesta, pero a veces me gustaría tocar otros temas. De Contemporáneos ya lo he dicho casi todo. Cuando hablo del asunto, sólo tengo que correr el cassette”. No era verdad. No lo había dicho, no lo dijo todo. Siempre tenía un relato nuevo: un recuerdo perdido de sus años como asistente de Novo; anécdotas de la vida, precisiones sobre la muerte de Cuesta; un dato sobre la “biografía” de Torres Bodet; experiencias con la familia de Villaurrutia. Muchas de esas historias sólo quedarán en el recuerdo de sus amigos; algunas, las menos, en revistas, periódicos, suplementos. De todas ellas, dos evidencian que la relación Capistrán-Villaurrutia es más estrecha de lo que se piensa (quienes conocen esas historias, saben por qué lo digo).

Alfonso Reyes se consideraba “el hermano menor de la palabra”; Alí Chumacero quería ser recordado como un “humilde obrero de las letras”; Miguel Capistrán vivirá siempre en el recuerdo como una especie de “ilustrador” de vidas, de historias sepultadas en la “fosa común de las hemerotecas”. Siempre, como el amigo franco y sincero. Siempre, como el niño aquel cuyos juguetes preferidos eran “unas tijeras y recortes de periódicos”.

Juan Pablo Ortiz del Toro

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Twitter: @LBugarini