[Una nota brevísima sobre “Liquidaciones” (2012), de Eduardo Sabugal Torres.]

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He defendido a la prosa que reta. Aquella que nace trenzada y corresponde al lector ponerla en orden. O desordenarla a su gusto. Esto es: narrativa configurable y no dada como papilla, para degustación inmediata. Desde siempre asumí la lectura como una colaboración entre el autor y quien lee el libro. Publicar un volumen no erige en altar a nadie. Borges, con excedida razón, refirió que las obras literarias son objetos muertos en tanto alguien las vuelve a la vida, a través de su lectura.

Encuentro que Liquidaciones (2012), de Eduardo Sabugal Torres (Puebla, 1977), encara este reto y entrega una reunión de historias que funde diversas técnicas narrativas, todas de manera afortunada. El uso de la polifonía es constante y el lector distraído puede despeñarse al abismo en un parpadeo. Caerán los perezosos, lo anticipo. Aquí la voz que narra es tenue, aunque pronuncia clarito. Es ese tipo de libros cuya lectura demanda silencio y un alejamiento esforzado de las distracciones que nos abruman, pues el ejercicio que plantea no es sencillo. Aunque tampoco es un laberinto intransitable, con lo que logra un equilibrio ajustado.

El resultado del esfuerzo, sin duda, se encarna en seguir la espiral de un narrador para quien el aliento lo es todo. Para quien el ritmo de la frase—su aliento para contar—, desgaja la atención para disgregarla, reuniéndola en un instante climático. De ese tamaño. Nuestra narrativa corta, por suerte, encuentra su lugar entre los autores más jóvenes y además se reafirma.

Seis historias, que tienen como referencia una bebida alcohólica, sirven de pretexto a Sabugal para desdoblar su pericia como narrador y dar paso a una imagen tras otra. Lejos de la complacencia y la victimización—no pocas veces derivada de la juventud—, en Liquidaciones figura una tentativa concentrada en hacer que las palabras “chillen” como putas. Octavio Paz dixit. Estos relatos anticipan una lectura pausada del mundo, que anda con paso firme hacia lo literario, con una promesa sostenida de errancia adicional. Al publicar este libro, Sabugal queda obligado a continuar su proyecto narrativo. Que así sea.

Coda territorial. Lo he dicho en diversos foros: desconfío de las geografías literarias, a menos que sean imaginarias, producto de un hecho literario. Ya saben: Macondo, Santa María, Yoknapatawpha y demás. Desconfío de las burbujas editoriales. Ya no tengo edad. Lejos quedó la inocencia. Puebla, no obstante, sonará fuerte a través de libros de significación que nutrirán las letras mexicanas.

No diré nombres. Los leerán.

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Twitter: @LBugarini