[Aquí una “Fisura”, crónica íntima y vida urbana.]

 

“Me interesan más las fisuras insidiosas de la vida cotidiana, obra de roedores, no de demiurgos”.

En plena fuga, en el Manual del distraído de Alejandro Rossi

*

 —Una entrada para las once y media, le dije a la mujer de la taquilla que conversaba a través de un dispositivo bluetooth fijado a su oreja. Deduje que era su novio, pues tenía esa mirada cómplice de quien ríe de travesuras pasadas. Ignoré la majadería ya que era joven y tenía el derecho de estrellar su cabeza contra la banqueta del amor. La historia del mundo. Para atenuar su falta de cortesía, me sonrió.

No deja de ser paradójico que los cines estén vacíos por la mañana, en días laborables, y no obstante haya funciones. Aquél día era lunes y yo no me presenté a la oficina porque el cuerpo directivo de la empresa estaría de comisión en otro estado de la República, y yo le pedí el día a mi superior jerárquico. Me lo concedió ya que nuestra relación estaba por encima de lo laboral—en el terreno de la amistad, quiero decir—, y no había ocasión en que él quisiera beber, y yo me negara.

La casa, por su parte, estaba desierta. Mi mujer estaba en sus labores y lo mismo el niño. Me rehusé a leer alguna novedad editorial y los lunes, se sabe, es el día más triste de los periódicos, por lo que no valía la pena siquiera levantarlo del patio. Entonces salí sin destino. El hombre actual amaga su soledad en los cafés, pero después de vaciar la segunda taza me encontré con la mirada perdida, absorto en la lentitud del tiempo. Igualmente, se terminó la pila del teléfono.

El vacío total, pues.

Me encaminé a una plaza comercial. Apenas levantaban la cortina algunos establecimientos. El personal de seguridad me miraba con sospecha y por tanto me seguía. Por supuesto no iba de saco y corbata, lo cual aumentó las sospechas de que yo era un lumpen en busca de enriquecerme a la mala. Antes de salir de casa me puse un abrigo largo que no había utilizado en años. Fue la solución para aquella mañana helada. Para exasperarlos procuré actuar más sospechoso que de costumbre. Hacía movimientos irregulares y giros extraños. Fingía que hablaba solo, por ejemplo. Cuando la mayor parte del personal estaba enfocado en mí, entré al cine. El lugar estaba desierto.

La misma mujer que me vendió el boleto, me esperaba en el acceso de entrada. Le extendí el papel y enunció por inercia la cantaleta forzada respecto a la ubicación de la sala y sus deseos de que me divirtiera.

Me adentré en los corredores del cine. La sala estaba obscura y dentro que sólo había una pareja de adolescentes que reían con estrépito. El obligatorio pase de anuncios me hizo recordar cuánto hacía que no disfrutaba una película en la sala obscura. En particular en esas condiciones: soledad y plenitud. Era una hora especial y me dispuse a vivir la mejor experiencia.

Conforme inició la película, aquella pareja comenzó a acariciarse. Primero con delicadeza; después, con abierto cinismo. En menos de lo esperado la chica tenía los pechos al aire, generosos por lo que pude apreciar. Su acompañante apenas me dejó verlos, pues de inmediato los cubrió con caricias. Pero la edad me ha vuelto irritable. No lo puedo controlar. Juré, por un segundo, que me levantaría a separar a la pareja. O a llamar al personal de seguridad.

Pero no sucedió.

La película, sin desearlo, me atrapó. Jalé mi abrigo para cubrirme y así paliar el aire acondicionado de las salas de cine. Al palparlo, se deslizó de un bolsillo una vieja y minúscula cigarrera. Me cubrí las piernas con el abrigo. Abrí la tapa con curiosidad. Había cuatro cigarros y saqué uno. La pareja seguía en su fusión de carne en la obscuridad. Lo encendí. Estaba preparado para enfrentar la natural expulsión del recinto. Le di una calada, larga y pausada. No sabía mal. El tabaco se había conservado por la humedad del acero.

Me arrellané y seguí fumando. Aquél muchacho se despegó de los pechos de su pareja para verificar de dónde salía el humo. Quizá pensó que había un incendio. Cruzamos una mirada sesgada en la obscuridad. Lo saludé con un gesto leve y podría jurar que me devolvió una sonrisa. Luego, volvió a lo suyo, jadeante. Puedo decir, es cierto, que sentí alguna envidia. Encendí otro cigarro y nadie se acercó a pedirme que lo apagara.

La pareja abandonó la sala antes de que terminara la película. Apenas recuerdo el título.

*

Twitter: @LBugarini