[Sobre “Alguien se lo tiene que decir” de Juan Manuel Villalobos.]

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Luego de recorrer el estante a vuelo de pájaro, me descubro lector de cuentos. Y por tal entiendo obsesivo, apremiante. Busco la última línea, el gesto final. O más bien atento y reiterado: virtudes menos frecuentes, según entiendo, por la distracción mediática interminable que nos aleja de la lectura. No podría afirmar, a la manera borgiana, que apenas leo novelas por intuirlas farragosas, aunque haría mal en minimizar la placidez que me da iniciar la lectura de un libro de relatos. Las novelas, por su parte, ahí están, agazapadas y expectantes.

Juan Manuel Villalobos (ciudad de México, 1972) me obsequia una felicidad adicional con Alguien se lo tiene que decir (2012), un volumen de relatos que no pelea por encuadrarse en ninguna estética pero las contiene todas. Como en cualquier reunión de narrativa corta hay momentos altísimos y también glorias municipales. Ciertas historias terminan por hipnotizar o incluso brillan. Pienso en “Invierno en Viena” o en “Versalles”, cuyo armado es envidiable y son de los mejores relatos mexicanos publicados a fecha reciente. Testimonios de nuestro andar por este mundo, de la perplejidad que es vivir y asimismo confesión de que nuestro camino es amanecer para seguir dando la batalla. El hecho narrado sucede en donde se relate con pericia y en estas páginas el lector se adivina conmovido. Es claro que Villalobos es un raconteur nato y el anecdotario no se detiene.

También hay estampas con acento periodístico—y no me refiero a la trama, sino al aliento—, y narraciones en plena forma. Más sueltas aquéllas y cuyo equilibrio pende de su fuerza prosística, que no es poca. La arquitectura de estos cuentos es sometida a la anécdota y no hay lugar para sorpresas formales. Aquí el lenguaje es un instrumento. Herramientas de la crónica y el reportaje se cuelan al tejido narrativo y la secuencia de eventos es lineal, lo que genera la impresión de cortos cinematográficos. Termina uno e inicia otro. Pero el lenguaje, al final, es higiénico aunque ciertos giros hispánicos se leen forzados. Sobresale la perorata de majaderías en “Distrito Federal”, cuyo mérito juzgarán los vehementes de cierta literatura realista.

En pleno auge de la miniatura es dable ofertar un libro enjuto de páginas pero dotado con pericia y riesgo. Es el caso. No diré que son historias “carverianas”, ya que lo son sólo parcialmente. Por suerte se confiesan igualmente emparentadas con Anton Chéjov y Richard Ford en su densidad de imagen. Ligeras, cierto, pero no vuelan con un soplido de viento: dientes de tigre, antes que de león. Con ecos de estilo pop y una apuesta por distanciarse de la escritura diarreica, Alguien se lo tiene que decir es una reunión de historias para disfrutar y también para compartir.

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Twitter: @Luis_Bugarini