[Sobre “Los perros del hombre” de Gerardo Piña.]

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Damos por hecho al perro. Tristemente, quiero decir. Nos acompaña, es afable, jamás tiene un mal gesto. Incluso cuida la casa. Testigo paciente de nuestro andar por el mundo, el perro se incorpora de tal modo a nuestra forma de vida que logra un lugar de privilegio en la familia que lo adopta.

La forma civilizatoria de los hombres exige que haya respeto y hasta cariño para las mascotas. Y no obstante esta celebridad apenas es motivo de narraciones o ensayos. Lo juzgamos obvio, acaso cursi, y por tanto la literatura en lengua española que aborda la relación del hombre con el perro es escasa, si no es que hasta nula. No así en la literatura inglesa, cuya presencia es más sensible. Pienso en Timbuktu (1999) de Paul Auster, o en esa colección de estampas periodísticas tan celebrada que fue Marley & me (2005) de John Grohan. Y no me refiero a su calidad literaria, sino sólo a su existencia. Los autores de lengua inglesa aún exploran esa veta con intención literaria.

Gerardo Piña (ciudad de México, 1975) encara el reto y propone un diálogo de arquitectura polifónica para traer al perro a la mesa de debate en Los perros del hombre (2012). Haciendo uso de las técnicas narrativas de la literatura inglesa fantástica, en estas historias se fundan no pocas modificaciones a la constitución esencial del perro y, por ejemplo, tiene libertad de hablar—y vaya que lo hace—, o se le otorga la facultad de estructurar pensamiento complejo, al grado de hilarse una Weltanschauung en un discurso sin oyentes. Porque aquí hay perros que filosofan.

Piña dedica su pericia narrativa al servicio de hacernos oír al perro, cuyas virtudes para darse a entender no son pocas pero que en estas páginas son llevadas a su máximo esplendor. En este relato el perro tiene el micrófono y el engarce que une las historias es sutil. Apenas un trazo de lápiz. Una visión alternativa del perro circula por estas páginas. Aquello que nos apasiona admite una reformulación en aras de sobrellevar los días grises. Aquí no figura la perspectiva llorosa y consabida que lo refrenda como “el mejor amigo del hombre”, sino que acontece un organismo narrativo que juega con la idea del perro y a la par lo dota de habilidades que concluyen en un artificio para armar y desarmar.

El también autor de La última partida (2008) se reinventa en cada relato y el registro da cabida lo mismo para la narración de sesgo coloquial, que para el soliloquio que vislumbra el posible camino a seguir de la propia existencia. Para quien no sienta deleite, fascinación o apenas curiosidad por la compañía del perro—que los hay: el mundo es vasto—, este libro también ofrece ese aliento narrativo, álgido, galopante, clásico, que no es fácil hallar en el torrencial catálogo de novedades editoriales. Feliz y osada anomalía narrativa en un entorno de uniformidad y persecución del aplauso fácil.

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Twitter: @Luis_Bugarini