[Aquí se puede leer la primera parte: https://asidero.nexos.com.mx/?p=1901.]

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En 1974 la novela se publicó en la editorial Doubleday. Una tarde charlaba con un padre—soy de fe episcopal—, y le comenté la importante escena al final de la novela en donde el personaje principal, Félix Buckman, conoce a un negro en una estación de gas de veinticuatro horas, con el que empieza a charlar. Mientras le describía la escena con mayores detalles, el padre comenzó a exaltarse de modo inexplicable, hasta que al final comentó: “¡Esa es una escena del Libro de los Hechos de los Apóstoles! ¡De la Biblia! En ese libro, quien conoce al negro en el camino es un hombre llamado Philip, ¡tu nombre!”. El padre Rasch estaba tan confundido por la evocación de la escena que no pudo encontrar la referencia en la Biblia. “¡Lee los Hechos!”, me dijo. “Es la misma situación que describes.”

Al llegar a casa leí, en efecto, la escena en los Hechos. El padre Rasch tenía razón. La escena de mi novela era un obvio préstamo de la escena bíblica… y nunca había leído el Libro de los Hechos, debo confesarlo. Pero de nuevo el acertijo se volvió más enigmático. En los Hechos, el oficial romano que arresta e interroga a san Pablo se llama Félix, justo el nombre de mi personaje, cuya ocupación es la de ser un policía de alto rango. De hecho, en mi novela, al igual que en la Biblia, Félix tiene la misma jerarquía que en el Libro de los Hechos: la autoridad principal. Y, además, hay una conversación cerca del final en mi novela que se asemeja enormemente a la sostenida por Félix y Pablo.

Así que decidí seguir descubriendo parecidos y casualidades. Otro personaje importante de mi novela se llama Jason. En casa tengo un índice de personajes de la Biblia y por casualidad consulté si existía un Jason en alguno de sus libros, pues yo no podía recordar ninguno. Bueno, pues en efecto existe un hombre llamado Jason que aparece una sola vez en la Biblia. ¡Y es en el Libro de los Hechos! En adición, y tratando de buscar más paralelismos, Jason, en un fragmento de la historia, huye de las autoridades y se refugia en la casa de una persona que en los Hechos se llama Jason. Lo anterior, constituye una clara inversión de la forma en cómo se da la trama en mi novela; como si el Espíritu que motivó las coincidencias lo hubiera hecho buscando reír de modo interminable.

En los Hechos, Felipe el apóstol bautiza al negro, quien se va con el alma bienaventurada. En mi novela, Félix Buckman busca al negro para obtener algo de alivio pues su hermana recién había fallecido y se encuentra en un galopante proceso de ruina psicológica. El negro procura darle el alivio que busca y, aunque no lo logra del todo, al menos obtiene que detenga sus espasmos de intensas lágrimas. Buckman, durante algún tiempo no ha regresado a su casa y llora por la pérdida de su hermana, tratando de localizar un hombro para llorar, aún cuando éste sea el de un total desconocido. Y ese encuentro con un total desconocido es el que cambia la vida de uno de ellos, tanto en los Hechos como en mi novela. Y una última acción del Espíritu: “Félix” en latín, significa feliz. Cosa que yo jamás tuve en mente a la hora de elaborar la novela y sus personajes.

Un estudio cuidadoso a mi novela refleja, aún cuando se deba a causas que no me atrevo a explicar, el hecho de que he vuelto a contar de nuevo ciertos episodios bíblicos, incluso con los mismos nombres. ¿Qué significa esto? Fue hace cuatro años cuando lo descubrí y hace cuatro años que sigo buscando una teoría que me deje satisfecho, por supuesto con resultados nulos. Y dudo que llegue a descubrirla.

Pero el misterio no termina ahí, como yo hubiera deseado. Hace dos años caminaba hacia el buzón de correos para depositar una carta, mientras admiraba la catedral de San José, la cual está adyacente a mi edificio. Un hombre merodeaba de forma sospechosa cerca de un auto estacionado. Parecía como su estuviera esperando un momento para robarlo o, en su defecto, alguna de sus partes. Una vez que deposité la carta en el buzón, tomé el camino de regreso y alcancé a ver que el tipo se escondía tras un árbol. Sin meditarlo me acerqué para preguntarle: “¿Tiene algún problema?”

“Se me acabó la gasolina”, dijo el hombre. “Y no tengo dinero.”

De manera increíble, abrí mi cartera, saqué un par de billetes y se los entregué. Me estrechó la mano y me preguntó dónde vivía yo, para después regresarme el dinero. Una vez en mi apartamento, caí en la cuenta de que el dinero no le ayudaría, pues no había gasolineras cerca del lugar. Regresé con mi auto. El tipo tenía un contenedor metálico para gasolina en la parte trasera del vehículo, así que juntos fuimos a la estación por combustible. Una vez ahí, los dos, completos extraños, llenamos el contenedor con gasolina. Repentinamente, caí en la cuenta de que esa era la escena de mi novela, una novela que había escrito ocho años antes. La estación era justo como la había imaginado cuando escribí la escena, y no fue sino hasta ese momento cuando tomé conciencia de que el hombre al que había ayudado era negro.

Manejé de vuelta y llenamos el tanque de su vehículo, estrechamos las manos y regresé a mi apartamento. Nunca lo volví a ver y nunca me pagó el dinero que le presté, pues no le dije cuál era mi apartamento y menos aún mi nombre. La experiencia me dejó perplejo. Había vivido plenamente una escena que aparecía en mi novela. Lo que es lo mismo, había vivido una réplica de lo que sucede en el Libro de los Hechos, cuando Felipe encuentra a un negro en el camino.

¿Cómo podría explicar esta situación?

La respuesta que puedo formular, acaso no sea la correcta, pero es la única que puedo ofrecer y tiene que ver con el tiempo. Mi teoría es esta: desde una perspectiva importante, el tiempo no es real. O quizá lo sea, pero no como imaginamos o sentimos que es. Tengo la creencia, total y abrasiva, de que no obstante el cúmulo de cambios que percibimos continuamente, existe un paisaje inmóvil que subyace bajo el mundo de las apariencias, y ese paisaje invisible es el de la Biblia, específicamente el posterior a la muerte de Cristo y, aún siendo más específicos, el tiempo que coincide con el Libro de los Hechos.

Parménides se sentiría orgulloso de mí. Tengo conciencia del mundo de los cambios, pero estoy convencido de que debajo de este mundo existe otro perfecto e inmutable, el real, por decirlo de algún modo. ¿Pero cómo ha sucedido esto? Si la fecha real es 50 d.C., porqué nos sentimos en 1978? ¿Y si realmente vivimos en el Imperio Romano, en Siria, porqué percibimos a los Estados Unidos?

En la Edad Media surgió una teoría, que hoy quiero presentar ante ustedes. Es la teoría de que Satán es el “mono de Dios” y de que es él quien elabora las formas ilusorias de la creación y las interpola con las verdaderas para generar error en los hombres. ¿Ayuda esta teoría a explicar mis experiencias? ¿Debemos creer que estamos siendo engañados, que no estamos en 1978, sino en el año 50 d.C., y que Satán procura hacernos creer con sus trucos que conocemos la realidad real para así minar nuestra fe en Cristo?

Ante esto sólo puedo imaginarme una cita en el sillón del psiquiatra, en donde me pregunta: “¿en qué año estamos?”, y yo contesto, “50 d.C.” El psiquiatra brinca y vuelve a preguntar: “¿y en dónde estamos?”, y respondo seguro, “en Judea”. “¿Dónde diablos es eso?”, se exalta. “Es parte del Imperio Romano”, argumento. “¿Sabe usted quién es el Presidente?”, intenta por última vez y respondo de nuevo: “el procurador Félix.” “¿Está seguro?” esboza, “Si”, respondo, “a menos que el procurador Félix haya sido derrocado por Festo. Porque verá, san Pablo fue arrestado por Félix debido a…” “¿Quién te ha dicho todo esto?”, irrumpe el psiquiatra irritado, a lo que respondo, “el Espíritu Santo.” Y después de eso, con toda certeza, me encerrarán en el cuarto blanco mientras me pregunto qué fue lo que hice mal.

Todo en esa conversación podría ser cierta, en algún sentido, aunque en otro, bien puede sonar a disparate. Sé perfectamente que estamos en 1978, que el presidente es James Carter y que vivo en Santa Ana, California, en los Estados Unidos. Incluso sé llegar desde mi apartamento a Disneyland, un hecho, por supuesto, nada fácil de olvidar. Y con toda seguridad, no había un Disneyland en tiempos de san Pablo.

Si me esfuerzo por ser absolutamente racional, debo admitir la existencia de Disneyland (que yo que es real), lo cual prueba que no estamos en Judea en el año 50 d.C. La idea de que san Pablo escriba la primera carta a los Corintos en las tazas voladoras, mientras la televisión francesa lo filma a la distancia con lentes especiales, sencillamente no puede ser. San Pablo jamás se acercaría a Disneyland. Sólo los niños, los turistas y algún oficial soviético en visita oficial iría a Disneyland. Los santos no van.

Pero de algún modo ese material bíblico se filtró a mi subconsciente y entró al universo de la novela. Y por alguna causa, reviví en 1978 lo que había escrito en 1970. Lo que digo es esto: existe evidencia, en más de una de mis novelas, de que hay otra realidad, una que no cambia, justo como sospecharon Parménides y Platón, la cual subyace bajo el mundo fenoménico que vemos a diario y que, de algún modo, podemos rozarla aún cuando sea de una manera precipitada y distante. O, más bien, un Espíritu misterioso puede ponernos en contacto con esa realidad, si es que así lo desea por determinadas razones. El tiempo pasa, los siglos pasan, pero en el mismo instante en que vemos el mundo actual, el mundo contemporáneo, el mundo antiguo, el mundo de la Biblia se encuentra oculto tras aquél, tan real y tan verídico. Y así seguirá por la eternidad.

¿Deberé terminar con esta digresión para volver al final de la historia? Bueno, lo haré, ya que he llegado tan lejos. Fluyan mis lágrimas se publicó en Doubleday en febrero de 1974. La semana posterior a la publicación me sacaron la muela del juicio con fuertes sedantes y, naturalmente, al final del día tenía unos dolores terribles. Mi esposa llamó a la farmacia y media hora después tocaban a mi puerta: era la persona que hace las entregas a domicilio y traía un par de analgésicos. Aunque estaba sangrando, algo enfermo y con un dolor insoportable, sentí la necesidad de abrir la puerta yo mismo. Al abrir, me encontré con una mujer joven que usaba un brillante pendiente de oro con la imagen de un pez. Por alguna razón me sentí hipnotizado por el pez. Olvidé el dolor, el medicamento y aún a la chica: para mí sólo existía el pez.

“¿Qué significa?”, le pregunté.

La joven se tocó el pecho para buscar al pez y respondió: “Es la imagen que utilizaron los primeros cristianos como distintivo.” Y me entregó los medicamentos.

En ese instante, mientras veía el pez y la escuchaba vagamente, tuve una experiencia, que luego supe que se llamaba anamnesis, una palabra griega que significa, literalmente, “pérdida del olvido.” Recordé quién era yo y en dónde estaba. De súbito, en el espacio de un parpadeo, ella regresó a mí. Y no sólo pude recordarle sino verle. La chica era una cristiana secreta, al igual que yo. Vivíamos perseguidos por los romanos y teníamos que comunicarnos con signos ocultos. Recién me lo había dicho y era verdad.

Por un momento, y tan difícil es creerlo como decirlo, entreví los borrosos perfiles de los prisioneros en Roma pero, aún más importante, recordé a Jesús, quien había estado con nosotros hace poco y cuyo regreso era inminente. Mi emoción fue incontenible. Nos preparábamos en secreto para su segunda venida. Y los romanos no lo sabían. Ellos pensaban que estaba muerto, muerto para siempre. Ese era nuestro secreto, nuestro hermoso secreto. No obstante las apariencias, todos sabíamos que Cristo regresaría y nuestra felicidad no conocería límites.

¿No es extraño, acaso, que este redescubrimiento de la memoria haya ocurrido una semana después de haber publicado Fluyan mis lágrimas? ¿Y que ese libro haya tenido, sin que yo lo supiera, una escena bíblica que aparece en el Libro de los Hechos situado justo después de la desaparición de Jesús y que, a causa de la contemplación del pez, me haya vuelto un recuerdo perdido?

Si alguno de ustedes fuera Philip K. Dick, y les hubiera sucedido lo que a mí, con toda certeza no dejarían el hecho a un lado, como si no tuviera importancia. Buscarían una teoría. Yo he intentado una tras otra: el tiempo circular, el tiempo congelado, el tiempo sin “tiempo”, que es llamado “sagrado”, en contraposición con el “profano”… No puedo enumerar siquiera las teorías que he intentado. Una, sin embargo, ha prevalecido sobre las demás a lo largo del tiempo. Debe haber un Espíritu Santo anónimo, que tiene una relación íntima y secreta con Cristo, que puede vivir dentro de la mente humana, guiándola e informándola, e incluso expresar su voluntad a través de ciertos seres humanos, aún cuando éstos no tengan conciencia del hecho.

Cuando en 1970, escribí Fluyan mis lágrimas, había un hecho inusual al que no le presté atención y es que no era parte normal del proceso de escritura. Tuve un sueño impresionante. Y cuando desperté me sentí impulsado, más bien compelido, a meter el sueño en mi siguiente novela, justo como había aparecido. Para llegar a la transcripción fiel, elaboré once borradores de la parte final del manuscrito, hasta que me dejó medianamente satisfecho.

Voy a citar la novela, tal y como quedó finalmente publicada. Vean si este sueño les recuerda algo.

El campo, seco y marrón, en verano, allá donde había vivido de niño. Montaba en un caballo y se le acercaba por la izquierda, lentamente, un escuadrón de caballos. Sobre los mismos cabalgaban hombres con túnicas brillantes, cada una de distinto color, y todos ellos llevaban unos capuchones en punta que centelleaban a la luz del sol. Los lentos y solemnes caballeros pasaron junto a él y, mientras pasaban, pudo ver el rostro de uno de ellos: un rostro de mármol viejo, un terrible anciano con fluyentes cascadas de barba blanca. ¡Qué nariz tan distinguida tenía! ¡Qué facciones tan nobles! Tan cansado, tan serio, tan más allá de los hombres vulgares. Era evidente que era un rey.

Félix Buckman los dejó pasar. No le hablaron, y él no les dijo nada. Juntos, todos ellos iban hacia la casa de la que él había salido. Un hombre se había encerrado dentro de aquella casa. Un solo hombre. Jason Taverner, que se hallaba en el silencio y en la oscuridad, sin ventanas, solo consigo mismo desde ahora a toda la eternidad. Sentado, simplemente existiendo, inerte. Félix Buckman siguió su camino, yendo hacia campo abierto. Y entonces oyó tras él un único y aterrador alarido. Iban a matar a Taverner. Y, viéndoles entrar, notándoles en las sombras que lo rodeaban, sabiendo lo que pensaban hacer con él, Taverner había lanzado un alarido. En su interior, Félix Buckman notaba una pena absoluta y horriblemente desoladora. Pero, en el sueño, no regresaba ni miraba hacia atrás. No podía hacer nada. Nadie hubiera podido detener a aquel grupo de hombres de túnicas variopintas que iban a llevar a cabo un linchamiento; hubiera resultado imposible decirles que no. En cualquier caso, todo había terminado. Taverner estaba muerto.

Quizá el fragmento no les diga nada en particular, salvo que existe una ley que juzga sin importar si se es inocente o culpable. No está claro si Taverner ha cometido realmente el crimen, o si sólo se cree que lo cometió. Tengo la impresión de que era culpable, pero de cualquier modo era una tragedia que tuviera que morir asesinado. En la novela, el sueño le produce a Buckman deseos de llorar, por lo cual busca al negro en la estación de gasolina.

Meses después de haber publicado la novela, encontré en la Biblia lo referente al sueño. Está en Daniel 7:9-10:

[9] Estuve mirando hasta que fueron puestas sillas: y un Anciano grande de edad se sentó, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su silla llama de fuego, sus ruedas fuego ardiente. [10] Un río de fuego procedía y salía delante de él: millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él: el Juez se sentó, y los libros se abrieron.

El mismo anciano de pelo blanco aparece de nuevo en Apocalipsis 1:12-15:

[12] Y me volví a ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro; [13] y en medio de los siete candeleros, uno semejante al Hijo del hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por los pechos con una cinta de oro. [14] Y su cabeza y sus cabellos eran blancos como la luna blanca, como la nieve; y sus ojos como llama de fuego; [15] Y sus pies semejantes como al latón fino, ardientes como en un horno; y su voz como agua de muchas aguas.

Y luego en 1:17-19:

[17] Y cuando yo le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas: yo soy el primero y el último; [18] Y el que vivo, y he sido muerto; y he aquí que vivo por los siglos de los siglos, Amén. Y tengo las llaves del infierno y de la muerte. [19] Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de éstas.

Y, tal cual hiciera Juan de Padmos, lo escribí e intercalé en la novela. Era verdadero, aún sin saber a qué hacía referencia la descripción cuando lo escribí:

Los lentos y solemnes caballeros pasaron junto a él y, mientras pasaban, pudo ver el rostro de uno de ellos: un rostro de mármol viejo, un terrible anciano con fluyentes cascadas de barba blanca. ¡Qué nariz tan distinguida tenía! ¡Qué facciones tan nobles! Tan cansado, tan serio, tan más allá de los hombres vulgares. Era evidente que era un rey.

Era un rey, ciertamente. Era Cristo resucitado, listo para impartir justicia. Y esto fue lo que hizo en mi novela: pasar a juicio al hombre que está hundido en la oscuridad. Y ese hombre, no puede ser otro que el Príncipe de la Oscuridad, la Fuerza del Mal. Llámenle como gusten, pero su tiempo ha llegado. Buckman pudo haber llorado de tristeza, pero no podía interpelar la sentencia. Así, vagó sin destino y sin mirar atrás, escuchando tan sólo los gemidos del miedo y la decepción: el llanto destruido del mal.

De tal suerte que mi novela tiene intercalados otros sucesos de la Biblia, además del referido de los Hechos. Una vez descifrada, la novela arroja una realidad más profunda de la que aparece ante los ojos superficiales (lectura que debemos evitar, ciertamente). La historia es sencillamente esta: el regreso de Cristo como rey, más que como sirviente; como juez, más que como víctima de un juicio injusto. Todo está revelado. El mensaje central de la novela, aún sin yo saberlo, tiene una advertencia para los poderosos: en breve serán juzgados y condenados. ¿A quién, en particular, se refiere eso? Bueno, no puedo decirlo o, mejor dicho, no debo decirlo. No tengo un conocimiento cierto, tan sólo intuiciones. Y eso no es suficiente, por lo que habré de guardarlo para mi persona. Pero se preguntarán acerca de los hechos políticos que ocurrieron entre febrero y agosto de 1974. Recuerden quién fue juzgado y condenado, al tiempo que cayó en la desgracia después de ocupar un lugar de privilegio. ¡El hombre más poderoso del mundo! Y siento ahora un gran pesar por él, tal y como cuando tuve el sueño. “Pobre hombre, pobre hombre”, le dije a mi esposa con lágrimas en los ojos. “Silencioso en la oscuridad, tocando para sí el piano en la noche, solo, asustado y previendo lo que habría de sucederle.” ¡Por Dios, debemos perdonarle! Pero lo que habría de sucederle, junto con todos sus hombres, era irrevocable y así sucedió, en efecto. Pero eso terminó y por ahora debe estar disfrutando de nuevo del sol, pues ninguna criatura, ningún ser humano debe ser encerrado de por vida: no es humano.

Justo cuando la Suprema Corte decidía entregar las cintas de Nixon a un fiscal especial, yo comía en un restaurante de comida china en Yorba Linda, el pueblo de California a donde Nixon fue a la escuela, creció, y trabajó en una tienda de abarrotes. Y donde ahora existe un parque con su nombre y donde está, por supuesto, su casa. Mi galleta de la fortuna me dijo aquélla tarde lo siguiente: “Los hechos realizados a escondidas salen a la luz tarde o temprano.”

Envié por correo el mensaje de la galleta a la Casa Blanca, haciendo hincapié en que la encontré en un restaurante de comida china ubicado a menos de una milla de la casa donde Nixon creció, y escribí: “creo que hubo un malentendido. Tengo el mensaje del presidente Nixon, ¿tendrá él acaso el mío?” La Casa Blanca jamás respondió.

Bueno, pues como dije anteriormente, un autor de ficción puede escribir la verdad y no estar consciente de ello. Para citar a Jenófanes, otro filósofo presocrático: “Aún si un hombre tuviera oportunidad de hablar con total veracidad, no lo sabría. Todo está enredado con las apariencias”, (Fragmento 34). Heráclito complementa la idea con lo siguiente: “La naturaleza de las cosas tiende a ocultarlas de sí mismas”, (Fragmento 54). W.S. Gilbert lo puso en los siguientes términos: “Las cosas no son a menudo lo que parecen; la leche descremada se disfraza de crema.” El punto es que no podemos confiar en nuestros sentidos y menos aún en nuestro razonamiento apriorístico. Por lo que respecta a nuestros sentidos, entiendo que las personas que han nacido ciegas y que de repente pueden ver, se asombran de saber que las cosas que observan, conforme se alejan de ellas, se vuelven cada vez más pequeñas. Por supuesto, no hay razón para ello. Nosotros, por supuesto, hemos llegado a aceptarlo, porque lo hemos visto desde siempre. Vemos que los objetos se empequeñecen, pero que en realidad no cambian de tamaño. Así, las personas, en su vivencia cotidiana, aprenden a desconfiar de lo que sus ojos y sus sentidos les dicen de manera permanente.

Poco se ha conservado de lo que Heráclito escribió, y la mayoría de lo que queda resulta oscuro, pero el fragmento 54 es lúcido e interesante: “La estructura subyacente prevalece sobre la evidente.” Lo que significa que Heráclito imaginó que algo cubría la verdadera forma de las cosas. Quizá también sospechó que el tiempo era, en algún sentido, distinto de lo que aparenta ser, pues en el fragmento 52 se lee: “El tiempo, niño es que juega con chinitas sobre ese reino del niño que es el tablero.”[1] Esto de verdad es hermético, pero también explicó en el fragmento 18, que: “Si no se espera, no se da con lo in-esperado; que lo inesperado es inencontrable e inasequible.” Edward Hussey, en su libro sobre los Presocráticos nos dice:

Si Heráclito parece ser tan insistente en la falta de entendimiento de la mayoría de los hombres, acaso sea porque ofrece las instrucciones para hallar la verdad. Su retórica de acertijo sugiere formas de la revelación que, no obstante hallarse fuera del control humano, resultan necesarias… La verdadera sabiduría, como se ha visto, está directamente relacionada con Dios, de lo cual se deduce que un avance en la sabiduría de los hombres, los vuelve, en parte, un fragmento de la divinidad.

La cita no está tomada de un libro religioso o teológico. Es un análisis de un doctor en Filosofía Antigua de la Universidad de Oxford. Hussey deja claro que para los pensadores de la antigüedad no había una distinción clara entre la filosofía y la religión. El primer gran paso de la filosofía antigua lo dio Jenófanes de Colofón, en Grecia, nacido a mediados del siglo vi a. C., el cual, sin guiarse por nadie como no haya sido de su propia intuición, estableció:

Existe un Dios que no comparte la forma humana o la mera articulación de su pensamiento. Todo lo ve, todo lo oye y todo lo piensa. Permanece inmóvil en el mismo lugar y no hay razón para que cambie de parecer o se mueva por un motivo u otro.

Este es un sutil y avanzado pensamiento acerca de Dios, sin precedentes entre los filósofos griegos de la antigüedad. “Los argumentos de Parménides parecen sugerir que toda la realidad está en la mente”, escribe Hussey, “o que es un objeto de pensamiento en la propia mente.” Y con respecto a Heráclito, dice: “resulta difícil saber que tanto los designios de la mente de Dios se distinguen de la ejecución misma del mundo o, de otro modo, qué tanto el pensamiento de Dios se distingue del propio mundo.” Otro paso lo da Anaxágoras, un filósofo que en particular me fascina. Hussey: “Anaxágoras llegó a la teoría de la microestructura que realizó el mundo y que, después, se volvió insondable para la razón humana.” Anaxágoras creyó que todo estaba determinado por la Mente. Y no eran pensadores infantiles, primitivos. Debatieron importantes temas y los compararon entre sí para obtener mejores conclusiones. Así, no fue sino hasta que las aportaciones de Aristóteles los hicieron ver como pensadores minoritarios y erróneamente rústicos. La suma del pensamiento presocrático puede ser enunciada de la siguiente forma: el cosmos no es lo que parece ser, y lo que representa, al menos en un nivel elemental, es lo que el ser humano, en un nivel igualmente primario, encarna frente a esa realidad más profunda (llámenle alma o pensamiento), que vive y piensa de manera independiente y que sólo aparenta ser plural y material. Mucha de esta perspectiva nos llega a través de la doctrina del logos, relativa a la figura de Cristo. El logos era cosa y pensamiento en la mente: pensador y pensamiento juntos. El universo, entonces, es pensador y pensamiento unidos, ya que somos parte de él como humanos que somos y ya en el análisis final, pensadores y pensamientos de otros pensamientos.

Así, si Dios piensa en Roma 50 d.C., entonces es Roma 50 d.C. El universo no es un reloj de viento en donde Dios tiene las manos para moverlo, ni uno de batería en donde figura como la carga. Spinoza creyó que el cuerpo de Dios era extensivo en el espacio. Pero doscientos años antes que Spinoza, Jenófanes escribió: “Fácilmente Dios maneja todas las cosas con los pensamientos de su mente”, (Fragmento 25).

Y si leen mi novela Ubik, saben que la misteriosa entidad de la mente llamada Ubik, comienza a realizar una serie vulgar de comerciales para vender bagatelas:

Yo soy Ubik. Antes de que el universo existiera, yo existía. Yo hice los soles y los mundos. Yo creé las vidas y los espacios en los que habitan. Yo las cambio de lugar a mi antojo. Van donde yo dispongo y hacen lo que yo les ordeno. Yo soy el verbo, y mi nombre no puede ser pronunciado. Es el nombre que nadie conoce. Me llaman Ubik, pero Ubik no es mi nombre. Soy. Seré siempre.

Resulta evidente quién y qué es Ubik, pues abiertamente se confiesa como la palabra, el logos. En la traducción alemana, se dio una de las casualidades más gozosas que jamás haya yo experimentado. Dios nos ayude si el traductor al alemán de Ubik hubiera traducido del koiné griego al alemán del Nuevo Testamento, pues hizo bien su trabajo hasta que llegó a la oración fatal: “Yo soy la palabra.” Eso lo confundió. “¿Qué quiere decir el autor con eso?”, debió haberse preguntado, por supuesto sin tener presente la teoría del logos. Así que realizó su trabajo de traducción lo mejor posible. En la edición alemana, la Entidad Absoluta que fabricó los soles, hizo los mundos, dio vida y lugares para que habitasen, explica de sí misma:

Yo soy la marca.

Y si ese mismo individuo hubiera traducido el evangelio de san Juan, lo habría hecho de la siguiente manera:

Antes de las cosas, ya existía la marca. La marca habitaba en Dios y si Dios era, la marca era.

Parecería que no sólo les traigo saludos desde Disneyland, sino también desde Mortimer Snerd. Tal es el destino de un escritor que ha intercalado la teología en sus escritos. “La marca estaba con Dios desde el principio y a través de Él todas las cosas se crearon. Nada se creó sin Él.” De tal suerte que la frase está fabricada con intenciones nobles. Espero que Dios tenga sentido del humor.

O, mejor dicho, esperemos que la Palabra Originaria tenga sentido del humor.

De este modo y como lo dije anteriormente, las dos preocupaciones básicas de mi escritura son: ¿qué es la realidad? y ¿qué es lo auténticamente humano? Como verán a estas alturas de la charla, no he podido contestar a la primera pregunta. Abrigo la creencia de que el mundo de la Biblia es real pero está cubierto con un manto que nos impide verlo, que no cambia y que sólo puede conocerse mediante la revelación. Es a lo más que pude llegar: una mezcla de experiencia mística, razón y fe. Me gustaría decir algo sobre lo “auténticamente humano”, un tema en el que, en algún sentido, he logrado obtener más respuestas.

Un auténtico ser humano es quien sabe de manera instintiva qué hacer y que no hacer, sin importar que fracase en la determinación que elija. Y tiene la entera posibilidad de rehusar el hacer alguna cosa, aún cuando eso tenga consecuencias para sí y para las personas que quiere. Esto me parece un acto heroico de la gente normal, que le puede decir no al tirano y afrontar las consecuencias del hecho. Sus acciones, por lo regular, son minúsculas y no tienen repercusiones históricas, por lo que sus nombres no serán recordados y esto no les importa en modo alguno. Veo su autenticidad de un modo extraño: no en su disposición para ejecutar grandes actos, sino para rehusarse a realizar algunos. No pueden ser obligados a ser lo que no son.

El poder de las realidades espurias nos incumbe a todos, pues son manufacturadas de manera artificial, no obstante que no puedan penetrar en el corazón de un auténtico ser humano. Cuando observo que los niños ven la televisión, y de primera mano pienso que el hecho tendrá consecuencias repudiables, me consuelo imaginando que no pueden ser corrompidos o destruidos. Ven, escuchan y entienden y, aquello que juzgan innecesario, simplemente lo desechan. Los niños tienen una capacidad para detectar el fraude y desenmascararlo. El niño tiene el ojo más puro y la mano más diestra. Los mercachifles se esfuerzan en vano cuando tratan de envolverlos. Cierto, las empresas de cereales son capaces de reunir cantidades enormes vendiendo desayunos basura, y los fabricantes de hamburguesas pueden volver adictos a muchos niños a su comida irreal, pero su corazón auténtico sigue latiendo, y lo hace con firmeza, con devoción y sin malicia. Un niño de hoy puede detectar una mentira más rápidamente que un niño de hace veinte años. Cuando quiero saber si algo es verdad se lo pregunto a mis hijos. Ellos no me preguntan nada; soy yo quien los consulta.

Un día, mientras mi hijo Christopher, quien tiene cuatro, jugaba frente a su madre y a mí, comenzamos a discutir sobre la figura de Cristo en los Evangelios. Christopher volteó de súbito y nos dijo: “Soy un pescador. Pesco por pescar.” Él estaba jugando con una lámpara de metal que alguien me dio y que jamás había utilizado… ¡cuando caí en la cuenta de que la lámpara tenía la forma de un pez! Y me pregunté qué pensamiento habría sido colocado en el alma de mi hijo en ese instante, el cual, sobra decirlo, no era obra del cereal o los vendedores de dulces. “Soy un pescador. Pesco por pescar.” Christopher, de cuatro, había descubierto lo que yo tardé más de cuarenta y cuatro años en vislumbrar apenas.

El tiempo se termina. ¿Con qué concluir? Tal vez con lo que se dijo hace más de doscientos años. O tal vez no fue hace tanto y sólo es una ilusión la de que el tiempo ha pasado. Tal vez fue hace una semana o sólo hace algunas horas. Acaso, en esta ocasión, el tiempo no se termina, sino que está, realmente, por terminar.

Y si lo hace, las diversiones de Disneyland nunca van a ser las mismas. Porque cuando el tiempo termine, los leones, los hipopótamos y los ciervos, dejarán de ser simulaciones y, acaso por primera vez, un pájaro verdadero cantará.

Gracias.

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[1] La traducción de los fragmentos 18 y 52 de Heráclito, sigue la que realizara Juan David García Bacca en Los presocráticos (Fondo de Cultura Económica: México, 1979).

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Twitter: @Luis_Bugarini