[De los “Ensayos imaginados”, un apunte.]

*

Justo después de que el vagón se pone en marcha, al menos en la estación cercana al hotel, recuerdo que una larga curva define lo que será el recorrido. El ángulo no es alarmante pero tiene esa particularidad de los eventos inolvidables, en especial porque se integra de modo paralelo al flujo de una de las avenidas más largas y delirantes de la capital francesa. Además, su itinerario avanza por encima de la calle y es posible ver dentro de algunos departamentos: impunes ultrajes a la intimidad parisina.

Pareciera necesario que el usuario del metro determine con oportunidad su asiento para el trayecto, en particular si va lejos o si está lloviendo, pues hay tramos a la intemperie, como el de la curva, y el agua provoca un avance lento que podría enloquecer al más discreto. Imagino, a la par, que los cambios de voltaje en la iluminación pueden hacer de la travesía una pesadilla—si se quiere dormir—, o un acto frustrado—si es que se quiere leer y ya no hay luz suficiente, o si la luz directa del sol es demasiado intensa. Por supuesto estas elecciones minúsculas, que sólo se aprenden con el tiempo y la repetición, pasan de largo frente a los ojos de quien sólo visita París de manera fugaz, sea por turismo o por asuntos de negocio, o inclusive para aquellas personas que vienen de otro país, esperando hallar un futuro mejor en algún Arrondisement. Pero no hay error que dure cien años ni inmigrante que lo resista. Ya estando en París, cierto, aprender estas destrezas apenas lleva algo de tiempo, sea que se viaje por la mañana o por la tarde.

En la mañana no hay urgencia de hacer la elección referida pues el sol aún no ha salido, pero en la tarde se convierte en un asunto delicado. Por supuesto la imperiosidad de esta toma de postura en nada importa si amanece nublado o si el cielo amenaza con lluvia. Pero el cansancio provocado por las horas de labor, aunado a los tumultos que hay siempre para regresar a casa, hacen de esa decisión—cualquiera diría: elemental—, un abanico de posibilidades que pueden derivar en un desplazamiento reposado y placentero, o en uno fluctuante y pesaroso. Con los años se descubre la importancia de inclinarse por la primera opción, a pesar de lo que se pudiera tardar de más el viajero potencial en andar de acuerdo a ciertos gustos personales.

[Foto: LB]

En las ocasiones en las que se logra algo de comodidad, o el vagón no va saturado, es curioso admirarse, por ejemplo, de cómo el color azul de los asientos se refleja de manera indirecta en la tonalidad de las personas y el entorno. Y es que, desde aquella teoría clásica de Göethe, ya no es usual preguntarse por el origen de los colores que adornan una estancia pero, al mismo tiempo, sería demasiada apatía ignorar este despliegue de sensibilidad siendo que París gobernó durante tantos años la estética urbana. Justicia para el Barón Haussmann y compañía. Los primeros psicólogos que estudiaron este fenómeno con interés—pienso en Georg Elias Müller o en Hermann Ebbinghaus, teóricos anteriores a Sigmund Freud—, concluyeron, tras analizar aquellos primeros recorridos, que esa percepción inusual respecto a la intertonalidad (como se le denominó), se podría explicar como un acto de magia, consecuencia de un capricho de la providencia. Una prestidigitación para la cual sólo un párroco podía dar la respuesta determinante.

Mismo caso del cine, el fonógrafo e incluso la tentación de llegar al polo norte. Pero esta percepción concienzuda, lejos de la que posee un viajero regular, sólo se logra cuando no se tiene nada qué leer, o cuando nada hay para distraer la atención. Es un estado insólito, que las religiones definen como previo al momento de la aparición del numen. Entonces se inicia este éxodo “involuntario”, en el que se logran unir algunas intuiciones personalísimas con ciertas manifestaciones de la realidad palpable. ¿Cuántos individuos viajan a diario en el metro de París, para quienes el recuerdo y la imaginación nada tiene que ver con una madalena remojada? Poco importa, aún con el afluente de una fantasía agitada, ya que pasado el tiempo se descubre que lo que incumbe, más que el hallazgo, es la búsqueda. Una mirada concentrada sobre el fluir de los eventos.

También es siniestro observar, para utilizar otro ejemplo, cómo se filtran los rayos de un sol despiadado, provocando dentro del vagón rostros anegados de cansancio. Si se realizan con devoción las tareas de observador minucioso dentro de los vagones del metro parisino, durante varios meses, a pesar de no buscar una epifanía predeterminada, la memoria lúcida de esa curva del metro—o de cualquier otra, a elección—, terminará por evocar la llegada al destino prometido, al alivio final después de la batalla. Jerusalén de fierro, conquista del territorio ignoto. Y después, a unos metros de la curva, otra estación con sus torniquetes ruidosos, cuyo mecanismo anuncia el cierre de la aventura y la promesa de un inicio. Expectativa cumplida que no tardará en darse de nuevo.

[Foto: LB]

*

Twitter: @LBugarini