La obra de Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, Francia, 1948) ya había circulado en lengua española, publicada en su momento por Espasa y otras editoriales de escasa circulación —Terraza en Roma, Vida secreta, Las tablillas de Boj de Apronenia Avitia y otros libros—, sin embargo, la publicación de Butes (2011) clarificó sin opción a réplica que su forma de la brevedad resulta vigorizante en el tiempo actual, porque nada hay en su escritura semejante al chisporroteo nacido del desparpajo o a la escritura suelta volcada sobre la página con la esperanza de que el lector arme un rompecabezas que no fue pensado como tal.

 

Porque Quignard escribe con un sello distintivo: la inteligencia en el tramo corto cuya síntesis admite desdoblamientos hacia lugares impensados. Aunque más de algún desorientado lo leerá con la idea de que su modo habitual es la brevedad, el autor francés igualmente ha escrito novelas a párrafo corrido, enredadas en sí mismas y que apenas permiten asomarse a lo que sucede en ellas y se recorren como si fuese una película sin subtítulos, en una lengua desconocida. Quignard motiva en el lector el ejercicio de la conjetura en espacio abierto. Nada se resuelve porque nunca hay planteamientos, con lo cual lanza por tierra a todo el aparato metodológico occidental para lograr conocimiento verdadero. Si nadie pregunta, nadie tiene obligación ni curiosidad por responder. La devoción por la curiosidad, que también puede encarnarse en una forma clásica del abandono, no siempre logra sus objetivos y puede quedar como un deambuleo para olvidarse del tiempo.

Lo que distingue su narrativa es el uso meditado de la oración breve, escrita como pistoletazos hechos a quemarropa. Un mecanismo semejante al que ya había utilizado Marguerite Duras (1914-1996) en las décadas de los sesenta y setenta, pero que en Quignard se lee con aire renovado. La publicación de los Pequeños tratados (2017) continúa la estela del pasmo colectivo que generó Butes. Estos “tratados” se encuentran organizados alrededor de diversos rubros, que Quignard nutrió con meditaciones extraídas de diferentes formas de escritura. No se consigna el origen de la misma, pero no es difícil imaginar de qué formó parte o si fue extraída de cuadernos en los que de pronto se vertió una meditación. También hay escritura con vestigios de estudio filológico. Cada uno de los “tratados” se lee como rastros de su paso por el mundo. De manera simultánea, la diversidad de sus intereses y el filo de la mirada, generan un espacio de recreación (real o ficticio) para solaz de quien no se arredra ante los ejercicios intelectuales que conjugan el brillo de la espada con el golpe fatal.

Los “tratados” se leen como calistenia cuando rescatan del olvido alguna línea que la vanidad de Quignard impide que se pierda. O como una carrera de cuatrocientos metros, cuando condensa en el mínimo de caracteres una teoría sobre la antigüedad griega y latina. Nadie podría negar, no obstante, que se padece a ratos su estetización a ultranza de la erudición, incluso cuando se le tiene aprecio. La celebración del dato que resulta inverificable es una modalidad de generar escritura y es posible adivinar que los tratados —en toda su amplitud, casi imposible de reducir (cerca de 1,000 páginas en dos volúmenes)— pudieron haber sido mucho más amplios. El uso de la brevedad acarrea consigo (y esto puede leerse casi a diario) el riesgo de padecer como autor o lector una hemorragia de palabras, en donde se avanza con la certeza de la sentencia “breve y bueno, dos veces bueno”, pero que no siempre es favorable a todas las escrituras.

La narrativa francesa, siempre radical y en busca del borde de lo posible, tiene en Quignard a uno de sus autores menos condescendientes. Esto porque se vuelve necesario un replanteamiento de la brevedad en el tiempo presente, pues las redes sociales han disparado su uso en todas las direcciones imaginables, con el riesgo de una sobrepoblación de escrituras. En estas páginas, el autor francés, recogido sobre sí mismo, permite asomarse a su atelier para vislumbrar cómo el humanista se esmera en la detección de lo improbable y además logra transmitirlo. Es una mirada de la minucia que gana peso y se opone a los intentos de banalizar el detalle por el “amplio espectro”, capaz de llegar al cine para motivar otro thriller ridículo de policías y ladrones. Cierta estética de la ruina habita en sus páginas. Se avanza en la lectura con la sensación de pararnos a quitar la maleza de epitafios de ideas, sensaciones, sueños al aire e intuiciones, en una caminata que se inicia con cada que se abren estos libros.

Quizá el lector pueda reconocerse en sus páginas, eventualmente. Los Pequeños tratados —publicados en 1991 y rechazados por varias editoriales, a decir del propio Quignard— ni son pequeños ni son tratados. Como sucede en el discurso contemporáneo, la fractura entre las palabras y las cosas se agudiza y gana merma hasta quedar como una perfecta línea divisoria entre ambas. Gana la batallar el culto a la relatividad, la incertidumbre, el decir por decir y además decir a medias y esa forma de la náusea (la menos deseable de todas) que se genera sin alimento de por medio, como una arcada seca y sin sustancia. Infertilidad hasta para el detritus.

Para contrarrestar lo anterior o al menos no quedar inmóviles ante su fatal inercia, Quignard ofrece este tónico de fragmentos para el paseante-lector con el fin de aliviarlo de estos pesares y otros más, todos producto del bienestar que surge de entregarse a la facilidad.