Cual si se tratase de una gigantesca partitura —equiparable al tamaño de la tragedia—, los mexicanos demuestran su solidaridad con los afectados y cada uno de ellos, según lo permiten sus posibilidades, ejecuta su parte en auxilio de sus compatriotas.

Las imágenes que pueden verse estos días en las redes sociales y los medios masivos de comunicación, incluidas las pifias provocadas por la confusión informativa o el deseo de lograr la mejor cobertura, quedan firmes como un estamento sensible en la historia reciente del país con la cual probar la fuerza de la sociedad civil. Es más claro que nunca que la columna vertebral de esta sociedad es el componente humano, sin el cual no es posible avanzar en la reconstrucción de la nación. Sin ese componente, sin ese apoyo incansable de espontáneos y héroes sin nombre, las instituciones habrían visto mermada su acción para lograr lo que parecía imposible: atender lo sucedido lo más pronto posible para preservar la vida.

Nadie podría negar que el mérito de quienes se arremangaron para levantar el pico y la pala con el objetivo de buscar sobrevivientes. Luego del temblor, despertó un México que no debe olvidarse de lo sucedido y que debe buscar las vías legales para resarcirse de los daños provocados, si fuera el caso. Si es que hubo negligencia en la aplicación de la norma para la construcción de los inmuebles que se dañaron, o en la aplicación de procedimientos periódicos de revisión, debe darse con los responsables. De otro modo, no será posible regenerar la confianza social en caso de que esto vuelva a suceder (y lo probabilidad de que lo haga es alta). Parte del saneamiento del tejido social lesionado exige la aplicación del Estado de derecho.

Por su parte, las redes sociales funcionaron como el mecanismo ideal para poner en línea a la ciudadanía. Se encapsuló a los “desinformantes” (cuentas de individuos chocarreros, que nunca faltan) y la información valiosa se compartió con la ayuda de miles de usuarios que dedicaron sus esfuerzos a organizar la resistencia en contra la destrucción, el olvido de los menos favorecidos y la presión para levantar los estragos lo más pronto posible, incluso si esto representaba generar pérdidas adicionales. Los daños a la ciudad, a este momento, son incuantificables. Cualquier cifra es tentativa. El resultado del temblor parece resumirse en pérdidas millonarias para ciudadanos, constructoras, inmobiliarias, aseguradoras y reaseguradoras. Además, el doloroso e irrecuperable factor humano, que en este caso involucró a menores de edad, con lo cual el sufrimiento deriva hacia lo inexpresable. El 19 de septiembre de 2017 debe ser recordado como un día negro en la historia reciente del país.

Para quienes vivimos la experiencia del temblor de 1985, este nuevo encuentro con el mundo natural funciona para recordar la fragilidad del hombre ante los vaivenes de la tierra que nos hospeda, azarosos e imposibles de predecir. El camino hacia la recuperación será largo. En aquel tiempo, el gobierno de Miguel de la Madrid determinó lo siguiente para enfrentar los estragos del sismo: (i) expropiar los bienes afectados; (ii) crear un Fondo Nacional para la reconstrucción y; (iii) dar crédito a tasas preferenciales para los afectados. Llega el momento en que el gobierno federal anuncie programas de apoyo para mitigar los daños. La infraestructura gubernamental cuenta con los recursos necesarios para generar estrategias transversales que ayuden a resolver el problema de falta de vivienda que enfrentan los afectados. No basta con acudir al lugar de los hechos para hacerse algunas fotografías. La ayuda ciudadana sólo llega hasta cierto punto.

De manera sorpresiva fue necesario mirarnos de nuevo al rostro, salir a la calle en pijama y preguntar al desconocido si necesitaba algo, cruzar unas palabras con el vecino (que sólo conocíamos de reojo), redescubrir el significado de la empatía y la humanidad por correr una suerte compartida. Hemos logrado, con esfuerzo colectivo, generar el respeto de otras naciones, que han visto las graves afectaciones a una nación que decidió no quedarse con los brazos cruzados. Cambió la geografía urbana en segundos, pero el sentido de pertenencia y solidaridad se mantiene intacto. Acaso se encuentre en su punto más alto. Queda definir hacia dónde quiere llevarse y en qué términos. El camino por andar implica mantener el dolor vivo para que funcione como un motor de acciones. Que duela cerca, en el pecho, para que no se olvide y proceda a exigirse lo que corresponda.