Norteamérica motiva y celebra el brote de mitos. Una vez que aparecen, cual si se tratasen de una parte de la riqueza nacional, evita que se desplomen a menos que contravengan las leyes del libre mercado. Es el único “deal breaker”. Todo lo demás es salvable, incluso violentar el código de la moral pública. A los mitos se les procura, se les ofrecen facilidades a su transmisión y supervivencia. Las figuras de Elvis Presley, Mickey Mouse, Rita Hayworth o cualquier otra modalidad específica de aporte al mundo libre, se acogen como una expresión de reforzamiento de la solidez de esa América en la cual aún es posible triunfar con un mínimo de trabajo, noción de futuro y disciplina financiera.

[Foto: reprint de la primera edición]

 

Finado en días pasados, Hugh Hefner (Chicago, 1926-Los Ángeles, 2017) tenía apenas 27 años cuando pidió un préstamo de $600 dólares a la empresa Local Loan, Co. —utilizando sus muebles como colateral del préstamo—, además de otros $8,000 que reunió con la ayuda de familiares y amigos para poner a circular el primer número de la revista Playboy, la cual tendría un primer tiraje de 700,000 ejemplares. Como se sabe, ese primer número, vuelto hoy un ícono para los coleccionistas, cobijó en sus páginas imágenes a color de Marilyn Monroe, así como  textos de Arthur Conan Doyle y Boccaccio. La portada anunciaba con absoluta claridad el objetivo de la revista: “Entertainment for men”.

Ya han pasado 64 años desde su fundación y aunque Playboy ha enfrentado drásticos altibajos financieros (la competencia de Penthhouse, Hustler y otras revistas ha mermado su influencia, además de los nuevos sitios para descargar pornografía gratuita), se mantiene como una espacio periodístico para celebrar el hedonismo y la felicidad individual como mecanismo de autodefensa ante la crudeza del mundo moderno. Playboy la logrado cierta presencia en todo el mundo con ediciones locales, si bien la edición norteamericana mantiene su liderazgo por lo que hace a la aparición de nuevas tendencias.

A la muerte de Hefner, no pocas feministas externaron críticas a su modelo periodístico, pues los estudios de género han subrayado que fomenta una “deshumanización” de las mujeres que aparecen en sus revistas, además de que su modelo de interpretar el erotismo ha quedado casi estático. El feminismo contemporáneo, devoto del descontexto, subraya la misoginia de Catulo, el Marqués de Sade o Schopenhauer, aunque olvida que la actitud de los hombres frente a las mujeres es un producto histórico y como tal debe ser evaluado. No olvidar que Hefner inicia su labor en medio del macartismo y la falta de libertades sexuales, en una América en la que aún no aparecían las drogas o la psicodelia y el rock apenas despertaba como una forma anémica de rebeldía social.

Una edición facsímil de los primeros diez años de la revista, 50s. Under de covers (Bondi Digital Publishing, 2007) permite comprobar cierto empobrecimiento actual de los contenidos por una veneración ciega del lujo y el “buen estilo” del hombre contemporáneo. En sus inicios, Playboy era una revista que publicaba relatos de Ray Bradbury (uno de ellos ilustrado por Picasso, incluso), Jack Kerouac, Roald Dahl, Nelson Algren y otros escritores, además de entrevistas con actores políticos de primer orden. Tal era su camino meteórico hacia el estrellato, que para 1956 ya se imprimía un millón de ejemplares. Esto significa que en un tiempo récord se volvió una referencia ineludible para tomarle la temperatura al mundo occidental. Un mérito que hoy parece una nadería, pero que cuando se hace una revista es una cifra que se vislumbra en la lejanía como si fuese la cumbre del Himalaya.

Playboy, en perspectiva, ofrece una forma de lectura de la vida norteamericana que incluye casi todos los ámbitos de la sociedad. Los años de la Guerra fría generaron historias y laberintos de pasión que hallaron espacio en sus páginas. Hoy, minimizar su alcance implica diluir un segmento estimable de la historia del siglo XX. Eso por lo que hace a la revista. Por otra, Hefner el hombre, ávido de transformarse en un mito, resbaló en casi todas las oportunidades para lograrlo. Pienso en su anuencia para filmar el reality show, Girls of the Playboy Mansion (2005-2010), serial televisivo en donde el modelo Playboy se lleva hasta un paroxismo enteramente inhóspito. O en su obstinación por atender cualquier evento en bata o dar las entrevistas en la cama. Excentricidades pobrísimas de imaginación que no pueden repetirse más de tres veces sin parecer ridículo, y que Hefner nunca se cansó de representar.

El legado de Hefner es la creación de un emporio periodístico, nutrido en sus inicios por escritores de fuste, ilustradores, fotógrafos y modelos de gran clase. Han cambiado los tiempos, sí, aunque el mérito del periodismo es lograr una mezcla armoniosa de elementos y Hefner lo logró. A la América profunda le repele la cultura y prefiere la risa fácil y el pastelazo por ningún motivo. Después de sesenta años, Playboy necesita una urgente refundación que recoja los elementos que le han dado identidad y, a un tiempo, un salto de riesgo capaz de proyectarla hacia un futuro de otros sesenta años o más.