[Los efectos del totalitarismo en la vida humana es uno de los ejes más visibles en la obra narrativa de Monika Zgustova (Praga, 1957), quien además es una de las traductoras del checo al español más importantes de la actualidad. Sobre su última novela, Vestidas para un baile en la nieve, sostuvimos esta conversación en torno al gulag, la libertad humana y el papel de la mujer en el mundo actual.]

 

—Monika, en Vestidas para un baile en la nieve (2017), regresas a la experiencia del gulag soviético. En tu opinión, ¿no ha terminado de calibrarse la dimensión humana del horror totalitario?

Creo que sabemos mucho más sobre el nazismo y la Shoa que sobre el gulag. Es natural, el nazismo nos parece como el mal supremo porque condujo a una guerra mundial de la que sufrimos todos. Puesto que la Unión Soviética ayudó a ganar esa guerra, parece que no era capaz de un mal tan grande como la Alemania nazi. En cambio Stalin llegó a matar a muchísima más gente que Hitler. Y tienes razón que vuelvo al gulag: sí, en el presente libro lo revisito porque la primera vez que escribí un libro sobre este tema fue en mi novela La noche de Valia (2013), donde analicé la situación de una mujer antes, durante y después del gulag.

 

 

[Foto cedida por MZ.]

 

—Eliges a nueve mujeres para elaborar este testimonio múltiple. ¿Es posible suponer que las condiciones para las mujeres eran más precarias que aquellas para los hombres en los campos de trabajos forzados? Si lo es, ¿por qué fue así?

Las condiciones eran iguales para las mujeres que para los hombres, cosa que significa que eran muy muy duras sobre todo para las mujeres que son físicamente más frágiles que los hombres. Además, los guardas del gulag utilizaban a las mujeres como esclavas sexuales; de eso ninguna presa se libraba. Mis entrevistadas no me lo contaron —son personas de otra generación y hablar de esto es tabú para ellas— pero se sabe que fue así.

 

—En México es muy conocida tu faceta de traductora. Vestidas para un baile en la nieve es una suerte de traducción de emociones y vivencias femeninas que no habían sido registradas. ¿Admite el libro esta lectura como ejercicio de traducción de lo humano?

Yo no he pensado en ello desde este punto de vista pero tal vez sí, se puede. Aunque más que traducir las emociones y vivencias se trataba de hacer lo posible para que mis entrevistadas se sinceraran conmigo —eso sucedía después de mucho esfuerzo y tras pasar horas y horas con ellas tomando el té. Fue una experiencia muy enriquecedora, casi diría que para mí hubo un antes y un después de haber conocido a esas señoras y comprender cómo pudieron sobrevivir y cómo el gulag cambió su forma de ser: hoy todas esas mujeres tienen una muy bien establecida escala de valores. Los valores más verdaderos: el trabajo como misión vital, la cultura, la familia y la amistad son los valores que se hallan en los más altos peldaños de esa escala.

 

 

Archipiélago Gulag es un libro clave en la historia del siglo XX, con el cual Occidente vislumbró los horrores del totalitarismo soviético. ¿Te parece que es un registro fidedigno de los hechos? ¿Aún es vigente el testimonio de Solzhenitsyn?

Sí, es absolutamente fidedigno y vigente. Todo el mundo debería leerlo, de otro modo, no podrá entender el mundo.

 

—¿Qué tanto ayudó el arte a estas mujeres a la superación del encierro, las asfixia vital y el abandono?

Lo que más ayudó a las mujeres a sobrevivir era la amistad y el cariño, la comprensión, saber que no estaban solas. También saber que no eran culpables de nada; la convicción de su inocencia les daba fuerza. Y la literatura, el arte, la belleza. En el gulag no había libros, sólo muy excepcionalmente. Los presos políticos los devoraban. Una de mis protagonistas, Valentina, leyó Guerra y paz tres veces en una semana mientras se recuperaba de una operación. Lo habitual era “escribir” poemas, quiero decir, componerlos mentalmente, porque los presos no tenían papel ni lápiz. Por la noche, las prisioneras se recitaban los poemas y eso les ayudaba a crear un mundo distinto, más elevado.

 

—¿Podríamos hablar de feminismo en las nuevas protagonistas elegidas para tu libro? ¿Te asumes como una mujer feminista?

Mis protagonistas no son feministas. Yo sí lo soy, pero a mi manera. Escribir sobre las mujeres es mi modo de hacer feminismo. Pero no es algo programático; más bien me sale así.

 

—¿Cómo se ve desde Europa Occidental la nueva Rusia, liberal, cosmopolita, de puertas abiertas? ¿Es posible dejar atrás el pasado dictatorial de corte bolchevique?

Es que la nueva Rusia no es tan cosmopolita ni libre como quisiéramos y como quisieran los urbanitas rusos. En Europa se admira su gran cultura pero no lo que ahora sucede en el país. Rusia no es cosmopolita porque muchos están mal vistos allí, por ejemplo los africanos e incluso los árabes, además de los homosexuales. Puede resultar hasta peligroso para la gente de esos grupos caminar por la calle. Además, Rusia es un país autócrata donde se asesina a los que piensan de modo distinto a lo que prescribe la ideología estatal. Pensemos en los periodistas Nemtsov, asesinado al lado del Kremlin; o en Anna Politkóvskaya, asesinada el día del cumpleaños de Putin. Rusia es liberal económicamente, pero no a nivel social. Putin es un antiguo alto cargo del KGB, por eso la Rusia contemporánea no puede ser del todo distinta de la anterior, por más que superficialmente lo parezca. Rusia no ha hecho un examen de su pasado, más bien intenta teñirlo artificialmente de rosa: por eso muchos rusos creen que Stalin fue uno de los grandes hombres de su historia.

 

—¿Cómo ayuda la literatura al ordenamiento del pasado más reciente? ¿Aún tiene un sitio para entender los hechos?

La literatura es básica para entender la historia. Sin la novela no sabríamos cómo vivía la gente en una época dada. Tendríamos los hechos y las cifras históricas pero se nos escaparían los problemas del individuo.

 

—¿Podría leerse Vestidas para un baile en la nieve como una extensión simbólica de Las rosas de Stalin (2016)? Esto es: no en un sentido literal sino metafórico. Svetlana Alilúyeva huyendo de su destino trágico, de su gulag familiar?

Yo escribo muchas veces sobre el individuo enfrentado al Estado y amenazado por éste. Svetlana huye, sí. Mis heroínas de Vestidas no pudieron huir a ninguna parte. Por eso, tras volver a casa, se entregaron a su trabajo. Tenían la necesidad de construir algo grande sin perder el tiempo; ya habían perdido mucho tiempo en el gulag.

 

—Europa no permanece quieta. ¿Qué opinas de los nuevos brotes de ultranacionalismo? ¿Hay oportunidades para nuevos totalitarismos? ¿Occidente no aprende de su pasado reciente?

El mundo entero está en movimiento y muchas veces no nos gusta lo que ocurre. Sin embargo, creo que Europa ha aprendido su lección del siglo XX: desde la Segunda Guerra Mundial no ha tenido más guerras (si no tenemos en cuenta las locales como la que lanzó Serbia contra Bosnia y Kosovo). Todo lo contrario: se ha formado la Unión Europea. Europa se va democratizando y refinando, aunque a veces da pasos atrás. En la Europa de hoy hay dos tendencias: la populista, que se reduce básicamente al campo, y la que busca cada vez más democracia, igualdad, cosmopolitismo: esta última es esencialmente la Europa de las ciudades. El establecimiento de la Unión Europea es una de las mejores cosas que sucedieron en las últimas décadas a nivel mundial y hoy representa una de las pocas islas donde prevalece el pensamiento humanista basado en la Ilustración.