Se ha vuelto lugar común aceptar que la democracia es un modelo imperfecto y a la par que es el más respetuoso con la libertades individuales, por lo que se asume que aún con la imperfección referida es el más óptimo para el individuo como actor de la libertad, en lo personal y lo colectivo. Esto, al menos, es lo que refieren la teoría política y los demócratas, esmerados en ajustar el engranaje para que las piezas del mecanismo no dejen de funcionar.

 

De cara a las elecciones de 2018, José Woldenberg (Monterrey, 1952) aceptó la invitación de un editor para escribir una radiografía de la democracia mexicana actual, y además lo hizo de una manera epistolar. Cartas a una joven desencantada con la democracia (2017) plantea un recorrido sucinto por las certezas e incertidumbres de la vida democrática actual. El diagnóstico se balancea entre el optimismo y el señalamiento puntual de las fallas. Todo es perfectible. Woldenberg eligió hablarle a los jóvenes, a quienes adivina escépticos debido a lo que denomina el “gran malestar” con la democracia, y les invita a la participación, a la actividad franca en beneficio de la colectividad. Esto porque sin la acción plural, la polis pierde sentido y queda al capricho de quienes pueden imponer su voluntad.

Woldenberg es un demócrata y lo será siempre. A su juicio: “no se ha inventado un método superior al electoral para dirimir quién debe gobernar y quiénes deben legislar”. En ocasiones, no obstante, su entusiasmo con el modelo democrático lo lleva a la franca estetización y esto le hace concluir lo siguiente: “lo mejor de las elecciones son las propias elecciones”, idea que parece pasar de largo ante la consideración de que en realidad son un mecanismo para obtener mejores resultados en el uso de los recursos comunes, fiscalización de la cuenta pública, sustento a los valores y principios que rijan la gestión administrativa y otros mecanismos de control. Todo lo anterior y más antes que el placer que pueda proporcionar a los demócratas el espectáculo de una cita en las urnas. Pero esto es entendible por la trayectoria de Woldenberg, debido a su labor en el entonces Instituto Federal Electoral.

Las cartas se leen como un paseo por los años recientes de vida electoral en el país. De manera velada, en diferentes ocasiones, se expresa la necesidad del modelo democrático para subrayar los peligros del autoritarismo y la concentración de poder en una sola persona. Escribe: “ojalá ese malestar en la democracia no se convierta en un malestar con la democracia. Pues entonces estaríamos en problemas mayores.” [El último subrayado es mío]. Para Woldenberg, cualquier otra alternativa involucra problemas mayores, por lo que no será aceptable otra modalidad de organización social pese a que enlista en la carta fechada el 27 de febrero de 2017, algunas de las “fuentes del desencanto” con la democracia mexicana:

Antipluralismo;

Infravaloración del tránsito democrático;

Gobiernos de minoría;

Déficit del orden democrático;

Las complejidades genésicas de la democracia;

Déficit de ciudadanía y de sociedad civil;

Los partidos: su lenguaje, su comportamiento, y;

Los medios y el discurso antipolítico.

 

Ocho rubros que engloban, a grandes rasgos, las deficiencias actuales de la vida democrática. Sin embargo, pese al entusiasmo de Woldenberg, el modelo democrático se muestra cada vez más frágil no sólo en México sino igualmente en el resto de Occidente. Llegan las elecciones y a nadie convencen las opciones de las boletas y se vota más con resignación y desgano que por una defensa entusiasta de valores políticos. Los principales actores de la escena política hacen gala de su pragmatismo, así como de discursos con soluciones fáciles que se escuchan sin convicción y con sobrado hartazgo. Además, siempre hay sospecha en la administración de la democracia. Por su parte, los medios de comunicación, debido a sus agendas particulares, generan confusión y desorientan a la sociedad civil, a la que Woldenberg reconoce en el momento presente como “epidérmica y desigual”.

El libro rescata algunas notas del autor que se insertan a modo de envíos electrónicos para su interlocutora. Es ahí donde aparece el politólogo que más interesa: el que cuestiona y detecta las fisuras, considera los alcances y limitaciones de la sociedad humana, pone en crisis la confianza en el sistema político actual. Quizá sea momento de hibridar la experiencia democrática con mecanismos para lograr un auténtico balanceo de fuerzas políticas. El mero recargarse en la idea de que votar cada seis años consolida la participación ciudadana, perdió sentido cuando el PRI entregó el poder al PAN y no sólo no hubo mejoras (a menos que la rotación de partidos ya lo haya sido en sí misma) sino que las tropelías y abusos continuaron con una impunidad que se ha vuelto humillante para la sociedad mexicana.

Las fuerzas políticas empiezan a estresarse por la inminencia del cambio de poder. México pronto deberá reconfigurarse para avanzar otros seis años, con un vecino en el norte que lo mira con desconfianza y recelo. Como refiere Woldenberg, “la política se ha vuelto más compleja” y a ello contribuyen en gran medida las redes sociales como un influyente actor de la vida democrática. No sabremos a corto plazo si la democracia en verdad fue el mejor modelo a seguir, aunque hay riesgo de que los historiadores del futuro nos incluyan en un segmento de la Historia caracterizada por su escasa participación ciudadana. “Durante ese periodo histórico, las personas acudían a votar cada seis años y nunca más eran tomadas en cuenta”; éste podría ser el dictamen, más triste que laudatorio.

Woldenberg escribió estas cartas para una “joven desencantada”, que no es otra sino la nación misma. Es un mensaje de optimismo para los mexicanos desconfiados con el espectáculo político actual y que por lo mismo terminan ausentes de las urnas.