Cuando no se organiza a la manera de un censo y se permite la aparición del gusto de quien elabora una propuesta de historia literaria, ésta se permite mostrar que es la singularidad y no la mera sincronía con los temas de su tiempo —dudoso mérito de quien es capaz de abrir el periódico del día anterior y elegir la redacción de una obra a partir de la nota más leída—, lo que da permanencia a las obras. Aquello que las hace apetecibles no sólo para los lectores del presente, con su paso tumulto y desordenado, sino igualmente para aquellos que descubren una obra cuando sus autores ya sólo existen como otro fragmento en la memoria de los demás.

 

 

Algún distraido habrá arqueado la ceja al enterarse de que la poesía de Julia Santibáñez se hizo acreedora al Premio Internacional de Poesía organizado por la Fundación Mario Benedetti, en su edición 2016, por Eros una vez (2017). Esto porque la suya es una carrera forjada al margen de las dinámicas grupales, el culto irrestricto a una figura tutelar, los circuitos sanitarios de elogio mutuo, así como lejos de cualquier forma de amalgama para protección colectiva que suelen derivar en cofradías acríticas.

Santibáñez se arroja a la escritura de poesía con un mérito mayor: privilegiar la sensibilidad antes que el deseo de agradar a los autores de las generaciones mayores a ella y hasta a los propios lectores. Salto de doble riesgo que asume con una libertad que alarma a los permanentes estresados por el triunfo de los autores no convencionales. La poesía habita en el mundo como un bien público, hija del entendimiento y nunca sólo como un ariete para uso exclusivo de cualquier autodenominado custodio de la sensibilidad. La poesía es el descampado y desde ahí cada escritor es libre de lanzarse al vacío o mantenerse en el borde con el Jesús en la boca por lo que puedan decir los demás.

Esto debe referirse porque si uno revisa un segmento considerable de la lírica escrita por mujeres a fecha reciente, se encuentra con la persecución de la pirueta; el chisporroteo de importaciones de autores aún no traducidos pero que una vez que se traducen o se leen en su lengua original, ponen a la vista los “préstamos” y las apropiaciones deficientes; el agotamiento súbito de los medios técnicos, como si fuesen a terminarse; la tendencia nerviosa de sacudir el teclado en búsqueda de los signos que no haya sido utilizados en la poesía para generar un deslumbramiento momentáneo y febril; además de otras tropelías de principiante posmoderno intentadas con afán experimental, en donde se sofoca toda posibilidad de un acto comunicativo a partir de una poesía que cuente con las cualidades mínimas para ser dicha al oído, a la manera de una experiencia del hombre en el mundo, sin otra intención que alimentar el paso de las horas.

En Eros una vez, Santibáñez amplía lo que ya se había leído en Rabia de vida (2015) y Ser azar (2016), en donde el hallazgo verbal súbito, el anhelo de torcer el lenguaje en una dirección saludable y la capacidad de bromear con inteligencia, ahora se unen con las posibilidades del cuerpo en función del otro, que somos nosotros. El erotismo, uno de los terrenos menos firmes para la escritura de poemas, lucha para no ser asido. Se retuerce, eclipsa lo que existe a su alrededor, muestra los dientes. La capacidad lúdica de Santibáñez deriva discreta y sofisticada. Los hechos del día a los que ya nadie presta atención, se vuelven otro motivo para lograr una coquetería que habla de los nuevos tiempos, en los que ya es posible que la mujer no sólo anhele la experiencia sexual a su modo (aquí la diferencia), sino que la celebra y además la escribe con los aderezos que se aprenden a preparar con el paso de los años. El acto del sexo, como materia poética, ofrece posibilidades sin límite. Adiós a las caras tristes, las muecas y al decir sin decir.

Aquí Santibáñez provoca y detona su juego en direcciones impensadas. Cito la “Fábula para niños”:

 

Los montes que más amaba saltar el pequeño

saltamontes eran los de Venus.

 

La poesía, más aún en su vertiente erótica, que siempre aparece fuera de las pasarelas, de pronto se instala en el centro de la escena con esta entrega de Santibáñez. Eros una vez es el poemario que no desdeñarían ni Paz ni Becerra ni Pacheco. Por el contario, cederían sonrisas de complicidad por la natural fuga del orgasmo en conjunción de la divinidad, como se lee en “Catecismo”:

 

Los dos.

Los dios.

 

No encuentro una mejor manera de olvidarse por momentos del triste escenario de la vida pública, con su secuencia de hechos lamentables, que con la ayuda de este poemario de estimable inteligencia y garbo jocoso, que consagra en cada una de sus líneas las posibilidades poéticas de esta consabida cita de la Biblia: “Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (Génesis 2:18). Porque nunca es bueno que esté solo y la lectura de Eros una vez contribuye a que quien lo lea jamás lo esté. A resultas, uno nunca está solo cuando la poesía es presencia, palabra para endulzar las horas. Leo en “Zozobra”:

 

Eres tan mío como le pertenece al náufrago

el minúsculo faro hacia el que se orienta.

Hacia el que nada la noche.

 

Es la singularidad de Julia Santibáñez. Poesía de los días, para los días, desde la geografía del cuerpo.