Debe desconfiarse de la lectura como si se tratase de un principio ético. Esto porque la realidad no admite ser reducida a palabras y, por lo mismo, siempre hay parcialidad en lo que se construye como andamiaje verbal. El espacio que existe entre las palabras y las cosas es ancho y lejos de reducirse, anda hacia su ampliación, lo mismo por la falta de claridad en el uso del lenguaje, que por la ingente proliferación de objetos y sujetos que luchan por escapar de las definiciones. El ser humano capta el mundo por fragmentos y uno debe resignarse a que no hay otro modo de hacerlo, o incluso que la naturaleza predispone al entendimiento para hacerlo de esa forma, con el objetivo de que la falta de comprensión admita ser una persecución vital.

 

 

Uno debe sospechar, vuelvo. Más aún cuando lo que nos ofrecen como lectura tiene etiquetas de ser “raro”, “atípico”, “extravagante”, y denominaciones semejantes a las que se acuden para perfilar un objeto que no se ajusta a lo usual, que anda a su paso, lejos de las convenciones, tales como el retrato de la violencia, la mercantilización del escándalo, la producción en masa de ligeratura, ese moderno cáncer que afecta a los lectores poco experimentados. Felipe Polleri (Montevideo, 1953) ha ganado para sí esta denominación porque al construir sus textos se propone dinamitar el acto de la construcción clásica de ellos. Es una escalada con miras a llegar a una cima a la que todos llaman de un modo diferenciado. A menos que existan otras entregas que desconozca, su narrativa aterriza en México con un díptico: La inocencia y Gran ensayo sobre Baudelaire (2015), publicado por Tusquets, al que siguió El pincel y el cuchillo (2016). La fortuna de estos libros ha sido variopinta aunque los lectores de fuste de inmediato reconocieron que a Polleri no le interesa la literatura que se escribe desde la distracción y el abuso de confianza. Él opta por el ejercicio notable de la diferencia, por lo que asume que escasamente será líder de mayorías pues lo suyo es la minoría de espectros que se reconocen con un guiño discreto desde el rabillo del ojo. Sus libros exigen concentración y energía lectora, actitud de amistad y a un tiempo fiereza para no abandonarlo sin confirmar que es el juego el que determina el trazado de una geografía y nunca un fin presuntuoso, aleccionador o de inspiración verbal trascedente. Son destilados de líneas que se entremezclan en las páginas y una lleva a la otra sin una lógica demasiado inclemente, aunque con una actitud lujosa que nos regresa al escenario ideal de que la práctica del arte es una consumación de la feliz inutilidad, accesible sólo a quienes hallan su deleite en las formas más estilizadas del contacto humano o incluso divino.

La editorial Librosampleados amplía la iniciativa de Tusquets y pone a disposición de los lectores La vida familiar (2017), un volumen de relatos en donde cada momento es una ocasión para dejar tras de sí una tierra quemada, jamás en la huida sino en la resignación de que detenerse no es opción. Polleri se habita como ya lo hacen muy pocos y su modo de intervención narrativa se expresa en aporrear la forma de los relatos. Estilista del extremo, el autor uruguayo ensaya en cada una de las piezas modos de diluir los esquemas preconcebidos de la historia, a los que echa por la borda para esbozar modalidades invertebradas de generación de circunstancias que ya no son ni vanguardista ni kafkianas ni cualquier otro epítome presente o porvenir. En sus libros, las palabras se comportan como si se tratasen de acróbatas y en cada lance provocan la admiración y la envidia.

Esta narrativa es una singularidad radicalizada que apenas admite un trato vagamente cordial porque siempre resulta aparatoso. Ante sus obras, la perplejidad. La feliz perplejidad. Si la literatura aún es manejo de la ambigüedad para crear atmósferas, para sugerir antes que para mostrar con rayos X, sus piezas andan a paso de gacela, con una elegancia dancística cuya sutileza deriva en una estética de la emoción por atestiguar una forma renovada (cuya posibilidad ya imaginábamos extinta). La literatura del cono sur continúa su aventura fuera del realismo (¡bendito dios!) y Polleri es el nuevo embajador con acreditación para romper los moldes no sólo por lo que hace al culto a la imaginación, sino igualmente como un artesano diestro para reordenar la ñoña simetría que piden los editores menos aptos para su labor, la obesa circularidad que exige el final aleccionador y la devoción por la anécdota —¡sí!, aún hay quienes piden que se le cuenten algo—, como si no fuera suficiente con abrir el periódico o las redes sociales para hallar suficientes historias y remedos de ellas.

La vida familiar presenta otra posibilidad de encontrarnos con esa literatura que no busca ni requiere aprobaciones de nadie. Esa literatura tan escasa, tan dueña de sí misma, que subsiste por el consejo de los más sabios, en corredores de escasa iluminación, en los que se pasan de mano en mano folios que despiertan la admiración y se resisten a morir pese a las condenas de quienes sólo tienen como horizonte la venta de los libros. De esa literatura, Polleri es otro eslabón y no queda nada más que agradecerlo.