Nunca es legítimo oponerse a la difusión de las ideas, siempre que se logre un equilibrio entre la claridad de la exposición y el respeto por la inteligencia de los lectores. Mucha de la divulgación que se intenta parte de ideas fijas que no permiten apenas movilidad en terrenos inestables. Luego se prenden las alertas. Entonces, de plantearse como una aproximación, el acto de divulgar anda hacia lo panfletario o peor aún: hacia la incapacidad de lograr siquiera transmitir el contexto más general de una problemática social. El feminismo es una de las más actuales, tanto por la urgencia de lo que señala, como por el alcance de lo que debe hacerse al respecto, así que debe abordarse con agudeza.

 

 

Luego de Todos deberíamos ser feministas (2016) de la autora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (Abba, Enugu, 1977), el cual reproduce el discurso que ofreció en la TEDx Talk (2013) sobre lo que para ella significa ser feminista en el siglo XXI, se publica Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo (2017), una reunión de ideas al vuelo (“sugerencias”, les llama la autora) sobre cómo explicar a una menor lo que implica habitar en un mundo, le explican, en el que la figura masculina es hegemónica y, por lo mismo, resulta determinante en la distribución de los bienes sociales.

Ngozi Adichie se opone a la idea de lo que señala como “feminismo light”, al que perfila incluso como colaboracionista porque no corta de raíz la necesaria implantación de contrapesos en la toma de decisiones. Muy alejada (felizmente) del extraviado Manifiesto SCUM (1967) de Valerie Solanas, no obstante, la autora nigeriana arriesga una divulgación improvisada y sensible de la causa feminista y de la lucha de género. Presenta soluciones dulzonas y que parecen dictadas por actores que existen fuera de la sociedad. Esto preocupa porque estos dos libros, debido a su brevedad y bajo costo, se insertan de modo natural en el debate contemporáneo y más de uno podría quedarse con la falsa impresión de que Ngozi Adichie podría dejar sobre la mesa algo más que una dicursividad de las emociones. Cito dos ejemplos de sus “soluciones” (los subrayados son míos):

 

(1)

“Así que, por favor, enséñale a Chizalum que en una sociedad verdaderamente justa no debería esperarse que las mujeres realicen cambios basados en el matrimonio que no esperen de los hombres. Tengo una solución excelente: cada pareja que se case debería adoptar un apellido completamente nuevo, elegido a su gusto, siempre y cuando los dos estén de acuerdo, de tal manera que al día siguiente de la boda, marido y mujer puedan cogerse de la mano y partir alegremente hacia las oficinas municipales para modificar los pasaportes, los permisos de conducir, las firmas, las iniciales, las cuentas bancarias, etcétera”.

 

[No es fácil comentar una idea semejante, que parece una burla, inexplicable en un asunto que exige debate intelectual, pero es claro que se opone al necesario registro histórico para conservar la memoria de una sociedad. Es una idea que actúa a favor de romantizar la emancipación del machismo, como si el peso del apellido resultara opresivo hasta la asfixia y el cambio que sugiere permitiera acceder a esa sociedad “verdaderamente justa”. Esto resultará inaplicable en Nigeria y en cualquier otro lugar en el cual sea necesario registrar a los seres humanos.]

 

(2)

“Querría apuntar algo sobre el dinero. Enséñale que nunca, jamás, diga tonterías del calibre «mi dinero es mío y el suyo de los dos». Es mezquino. Y peligroso: semejante actitud significa que potencialmente tendrás que aceptar otras ideas igual de dañinas. Enséñale que un hombre NO tiene la obligación de proveer. En una relación sana, dicha responsabilidad recae en quien pueda satisfacerla.”

 

[En la consideración moral de Ngozi Adichie, los principios de proporcionalidad o de legitimidad resultan inexistentes. Su solución de manual se resume fácil: si tienes dinero, tienes que pagar. Así que luego de décadas de perfeccionamiento del derecho de familia, ella arriesga un panfleto con sugerencias para redistribuir el ingreso de las personas con una fórmula a rajatabla.]

 

Y así otras ideas en ambos libros, arrojadas sin responsabilidad o consideración por los lectores jóvenes, que necesitan directrices sólidas antes que mera algarabía.

 

 

De manera paradójica, la trivialización que logra Ngozi Adichie actúa a favor de los enemigos del nuevo balance de fuerzas. Su ligereza la lleva a utilizar fórmulas extraídas de manuales improvisados y también de su sentido común, que no siempre es la mejor fuente para hacer frente a problemáticas que hunden sus raíces en costumbres arcaicas. Dudo que en Nigeria, en África o en Europa occidental tengan cabida estas soluciones para un entorno problematizado por la eventual desaparición de la idea de igualdad, en favor de un contrapeso que favorezca al componente femenino. Lo dudo porque a este escenario se suman las reivindicaciones LGBT, que igualmente inciden en la nueva determinación de políticas encaminadas a lograr una convivencia armónica.

Romantizar una problemática en la que se requiere beligerancia, hace perdidizos los objetivos. El escritor no debería detenerse en consideraciones de forma cuando ha decidido saltar a la palestra del activismo. Ahí debe hablarse claro y con énfasis. Debe reservarse la capacidad expresiva para la obra literaria. Ngozi Adichie, que ha probado su temple de narradora, en el ámbito de las ideas se muestra quebradiza y dulzona. Dudo que el feminismo requiera más soluciones de manual, todas impracticables y que sólo generan más confusión y menos adhesiones. Ya no hay tiempo. Han sido siglos de presenciar cómo el género masculino, con los medios a su alcance, copta a su alrededor silencios y respaldos acríticos. Ngozi Adichie, de manera indirecta, parece estar de acuerdo con este modo de estar en el mundo.