[La tradición literaria mexicana tiene en el cuento a uno de sus géneros insignia. Por más que la novela sea el género príncipe en ventas, según las cifras de mercado, la ficción breve se impone como el gusto más sostenido de los lectores, sean ocasionales o continuados. “Actualidad del cuento” exploró, a lo largo de diez entregas, a diferentes voces para asomarse a la escritura de ese género, desde la perspectiva de quienes ya lograron cierto dominio en el oficio y, por lo mismo, son las voces que libro a libro abren la brecha del futuro cuentístico inmediato. Para el cierre, al igual que con “Actualidad de la novela”, se invita a un escritor extranjero de lengua española. Pablo Brescia (Buenos Aires, 1968) ha publicado tres libros de cuento: La apariencia de la cosas (1997), Fuera de lugar (2013) y, recientemente, La derrota de lo real (2017), además de la antología electrónica ESC (2013) y la antología cartonera Gente ordinaria (2014). Ha sido incluido en diversas antologías del género y dedicado sendos ensayos a su conformación y desarrollo.]

 

[Fotografía de Alejandro Meter.]

 

—¿Por qué escribir cuento?

Puedo responder con otra pregunta: ¿Por qué no? Pero también puedo decir que es el género que más leo, estudio y disfruto, e intento plasmar esa afición escribiendo cuentos. Un buen número de escritores coincide: es un género exigente, difícil de ejecutar. Muchos pueden escribir una novela pasable, pero pocos plasman un cuento que se quede viviendo en el lector.

 

—¿Escribes otro género literario?

Soy profesor y crítico literario. Me gusta la forma del ensayo como indagatoria de problemas sobre el decir de la literatura. En el 2011 salió a la luz un librito, No hay tiempo para la poesía, que trabaja con textos híbridos, tal vez intentando huir de las clasificaciones.

 

—¿Ha variado la escritura del cuento con la aparición de las redes sociales?

No sé si pueda contestar esa pregunta con conocimiento de causa. Sé que hay algo que se llama “tuitliteratura”, que no practico. Me parece que el constante uso del texto en el teléfono, sumado al impacto de los blogs y de Facebook, etc, ha coincidido con el alza del microrrelato, por ejemplo. Tal vez haya más experimentación también; el cuento como género favorece ese aspecto.

 

—¿Cómo ha cambiado el género desde los escritores del Boom?

Son casi cincuenta años. Hay para todos los gustos, clásicos, modernos y posmodernos. Lo que sí puedo afirmar es que a partir del siglo XXI, la fuerza de las cuentistas se ha hecho sentir. Manejan el género y tienen propuestas sugerentes, tanto temáticas como formales. Entre muchas que me gustan: Cecilia Eudave, Guadalupe Nettel, Giovanna Rivero, Liliana Colanzi, Mariana Enríquez, Samantha Schweblin, Andrea Jeftanovic.

 

—¿Es cierto que no hay editores que se interesen en los libros de cuento?

Está el lugar común donde el editor dice: Qué buen libro de cuentos, pero si quieres publicarlo tráeme una novela. El cuento como género tiene un gran prestigio entre los escritores —recordemos a Faulkner y su famoso escribo novela porque como poeta era malo y el cuento era muy difícil—, pero me parece que hay una confabulación maléfica y algo inconsciente entre algunos lectores, que creen que extensión equivale a calidad, y los editores, que tal vez reconozcan la potencialidad del cuento pero se aferran a las posibilidades comerciales de la novela.

 

—¿Escribes minificción o alguna modalidad de escritura breve?

Siempre me atrajo lo breve, por algunos de mis escritores de cabecera, Arreola, Monterroso, Piñera, Borges. Me gusta la estructura paradójica de los buenos microrrelatos. Hay minificción en cada uno de mis libros, pero aun no publico un volumen de micros.

 

—¿Qué has encontrado en el cuento que no tienen otros géneros literarios?

Me parece que los mejores cuentos son los que trabajan la ficción de manera filosófica, es decir, hay un planteamiento de un problema que hay que resolver. A pesar que la novela y el cuento son primos porque pertenecen a la prosa, como se ha dicho ya el cuento tiene afinidades profundas con la poesía —por la precisión del lenguaje— y con el ensayo —por la búsqueda de la Verdad de la que hablaba Poe. Lo que más destaca del género es, no obstante, su raíz de transmisión oral. Nadie te pide: “cuéntame una novela”. Más bien, “cuéntame un cuento”. El cuento es el gran Proteo de la literatura.

 

—¿Cuáles son los cuentistas que más frecuentas? ¿Por qué?

Ya nombré algunos latinoamericanos; agrego a Silvina Ocampo, Ana Lydia Vega, Cristina Peri Rossi, Horacio Quiroga, Felisberto Hernández, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Antonio Di Benedetto, Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia, Luis Britto García, Robero Bolaño. De la literatura mundial me gustan Las mil y una noches, Franzk Kafka, Guy de Maupassant, Anton Chéjov, Flannery O Connor, Eudora Welty, Katherine Ann Porter, Alice Munro, Ernest Hemingway, Ray Bradbury, Philip K. Dick, Raymond Carver. Las razones son muchas y diversas, y perdón por lo trillado. Pero lo que le admiro a cada uno de ellos es haber encontrado una voz inconfundible.

 

—Los cuentos que integran La derrota de lo real se leen con un gesto irónico y descreído. ¿Debemos olvidarnos de confiar en la realidad? ¿O volver a ella?

Hay que desconfiar de las apariencias (mi primer libro se tituló La apariencia de las cosas). La idea, y en esto la cultura puede ayudar, es no aceptar las cosas como aparecen ante nosotros. En La derrota de lo real planteo engrosar las dimensiones de la realidad, que, aunque hermosa, se transforma tantas veces en intolerable. Leer buena literatura tiene el mismo efecto sobre la realidad que un acto amoroso, como decía Cortázar: vuelves a ella agotado, feliz y con una mirada de lento reconocimiento.

 

—En el cuento, ¿qué opinas de la obra de Roberto Bolaño? ¿Te ha influido en algún aspecto? ¿Cómo se está leyendo en Estados Unidos?

Opino que hay que leerlo, hasta para estar en desacuerdo con su sacralización. Muchos hablan sin saber. Su potencia narrativa es innegable y, como cuentista, ha sido poco estudiado. Relatos como “El Ojo Silva” y “El gaucho insufrible” están a la altura de los grandes.

 

—Ya entrados en el nuevo siglo, ¿qué lugar tiene la literatura en el mundo? ¿Conserva alguno? ¿Aún se dialoga con la realidad o el escritor se encuentra disociado de ella?

Es una pregunta que me sobrepasa. He dicho en otro lados que la literatura tiene una relación oblicua con la realidad. Es decir, la necesita, pero debe apartarse de ella al mismo tiempo. Es la paradoja del arte. Sobre el lugar de la literatura en el mundo, lo único que puedo arriesgar es que me parece claro que las letras han sido desplazadas por los medios audiovisuales y el culto a la imagen. Estamos, a la vez, más globalizados y más atomizados. Los interesados en la literatura somos como feligreses miembros de una cofradía secreta. No me parece tan mal, tampoco.

 

—Has publicado tres libros de cuentos. ¿Cuál ha sido la respuesta de los lectores?

Un diario en México me definió como un nómada geográfico y editorial, y me complace esa idea. No sentirme afincado en ningún otro lado más que en la lectura. Para los lectores de los que he sabido o se han comunicado, no tengo más que palabras de agradecimiento; muchas veces me hacen ver cosas insospechadas para mí. Y a los que no conozco y estén a punto de leer algo mío (que luego será suyo), les digo: la invitación al diálogo está siempre abierta. Mi libro es su libro.