Debido a su formación multidimensional, Rafael Argullol (Barcelona, 1949) apuesta por lo que ha denominado una “escritura transversal”, en la cual se cruzan hebras de pensamiento filosófico, una narrativa intimista y preciosa, al igual que cierta forma intelectual de la lírica que se canta bajo la sombra de las ideas.

 

 

La obra del pensador barcelonés se ha instalado como una constante en lengua española, debido a que la editorial Acantilado publica sus obras de manera regular. Obra nueva y anterior, publicada en editoriales casi inaccesibles. Esto se agradece mayormente. A partir de cada una de ellas, a través de sus fisuras y recovecos, en ese modo personal de construir un templete para observar el flujo de la Historia, es posible leer que el hombre necesita de nuevo clarificarse las preguntas más que nunca. A la manera de un orfebre, Argullol avanza en línea recta para subrayar sus entusiasmos y condenas.

Poema (2017) sobresale de su producción por su aspiración monumental. Es la entrega puntual de uno de los proyectos más pasmosos de la actualidad. Escribió, a lo largo de tres años, un poema. Esto da un total de más de mil piezas desde las cuales no es difícil rastrear la totalidad de sus intereses: el viaje como experiencia del espíritu, la divinidad como experiencia de lo humano, el arte como experiencia de lo terrestre. Argullol —no podría ser de otro modo— se aleja del coloquialismo y las salidas fáciles, de los remates que buscan una sorpresa acaramelada y, en lugar de eso, se interna en los senderos que llevan a la construcción de un “yo” que se permite serlo, voluntarioso y altivo, aunque también atiende la vocación comunitaria que es una gesta espiritual antes que sólo un hecho heroico aislado y sin testigos.

Esta lírica de la inteligencia, que se permite retar al lector y no sólo dejarle la sensación del acto poético (tan fugaz como necesaria), encuentra sus lectores a paso lento, ya que deben poseer ese perfil de quien no abandona un libro sólo porque no ve reflejada su vida en la del escritor. Poema, en su persecución de amplitud, se abre de modo indefinido para dar cabida a la cosmovisión entera de su autor. Es un paseo por sus preocupaciones estéticas, resueltas nunca por respuestas definitivas sino a través de preguntas que evitan esa síntesis que impide continuar el trayecto iniciado. Es un avance en firme con la convicción de la necesidad de la búsqueda.

A la par, Poema ofrece esa cualidad de los libros oraculares, que implica abrirlo en cualquier página, en cualquier momento, con cualquier pregunta imaginable, para hacer un hallazgo, sea de forma o pensamiento. Argullol se maneja con soltura en el verso libre, intuyendo que no hay un más allá de las cimas alcanzadas en el siglo de Oro español, y que intentar cadencias de aire clásico implica medirte con las de Góngora o Quevedo, maestros versificadores imposibles de imitar (ya no se diga igualar).

Se dice fácil un ejercicio de escritura diario, a lo largo de tres años. Quien escribe por oficio y lo hace de manera regular, intuye que bien puede escribirse un artículo de opinión, una nota periodística, un obituario o un horóscopo. Difícilmente, un poema. Y más: durante tres años nunca interrumpir el ejercicio. Escribirlo implica hallarse en contacto permanente con el entramado del lenguaje, además de que luego debe hacerse la necesaria corrección del ritmo, la eufonía, la elección de la palabra más acertada para los remates. Poema es una escalada que no se permite el respiro, lo mismo para Argullol, que se entrega libre a las espirales del lenguaje, que para el lector ocasional o reiterado que hojea el volumen a saltos entre la maravilla y el desconcierto. No es usual un ejercicio semejante de precisión y de grandeza.

En estas páginas, el autor barcelonés se prueba como un escritor a prueba de cualquier forma de cansancio. Enemigo superlativo de la procrastinación, dicta una conferencia magistral sobre la monumentalidad en una era anémica de empresas minúsculas que se olvidan antes de siquiera hojearse. Sería miope no atribuirle esta victoria a su condición de autor híbrido, que no se detiene en la convención fácil de los “géneros” literarios, como si fuesen fronteras inviolables para asustar a los novatos y los advenedizos. Un Argullol que ya se había mostrado en entregas anteriores de poemas, sube al punto más alto de la colina y desde ahí nos muestra orgulloso sus renovadas tablas de la ley. Respeto y atención.