1. México ante el punk

 

El México actual es irreconocible a aquel de la década de los noventa. Todo cambia aunque la velocidad de las telecomunicaciones y el uso masivo de tecnología móvil ha acelerado los cambios, además de los mecanismos propios de su generación. No hay un solo ámbito de la actividad humana libre de su influencia. Es fácil deducir que es una de las modificaciones más radicales que ha operado en el ser humano, al menos en los últimos cincuenta años. El sueño de la “aldea global” se hizo efectivo. Ya no hace falta esperar a que nadie lleve nada de un lugar a otro. El comercio electrónico es un prodigio de la voluntad y la entereza. Hoy personas de Helsinki pueden establecer comunicación con aquellas de París y éstas, a su vez, con las de Managua o Boston. El contacto entre los distintos pueblos de la tierra nunca fue tan absoluto y verídico. Todo circula y además lo hace a una velocidad de asombro.

A las nuevas generaciones les cuesta pensar que no siempre fue así. Que, por ejemplo, el acto fotográfico estaba reservado para las vacaciones y el revelado tenía un costo alto (además de que ignorabas cuál sería el resultado); que hubo una época en la que el teléfono móvil era sólo para las películas de James Bond y para mandos militares en una operación en la selva; que debías llegar al cine mucho antes de la función para apartar los lugares correspondientes; que la oferta televisiva era monopolio del Estado y transmitían lo que podían, cuando querían, si es que el Presidente no deseaba comunicar algo (a su juicio, importante) a la población; que las películas llegaban al país con meses de atraso, lo mismo que la mercancía asociada, la cual además era costosa; que el individuo más cotizado de una colonia era el conocido como “fayuquero”, que hacía el viaje épico a Estados Unidos y volvía con objetos mágicos para revender, etc. Y, como parte de eso, la música y la estética punk…

Llegué al mundo en 1978 en el entonces Distrito Federal, esto es, un año después de que The Clash lanzara al mercado The Clash; The Damned, Damned Damned Damned; y Sex Pistols, Never Mind the Bollocks, Here’s the Sex Pistols. Los tres discos salieron a la venta en 1977 y en los tres casos fueron los primeros discos de cada una de las bandas. Una explosión a tres fuegos que aún tiene consecuencias en el mundo de la música, la moda y el diseño. El punk fue un movimiento complejo de abarca no sólo el cuestionamiento a las formas estereotipadas de la música, sino también a todo el andamiaje que logra perpetuar un modelo de construcción social. Por supuesto hubo muchas bandas, pequeñas, mediocres o sobresalientes, aunque esas tres, tal como lo viví y se vivió en México, resultaron significativas para diseminar una estética que transitaba entre el escándalo social gratuito y el compromiso político verdadero, cierta pirotécnica en la vestimenta y las acciones minúsculas de ayuda a los menos favorecidos. Todos los extremos habrían de tocarse en el punk.

Visto a la distancia, aquel punk británico germinal, que se dispersó alrededor del mundo, era una mezcla de profecía con sacerdocio, oratoria muda y testificación de la decadencia social, ética para los tiempos de flaqueza y delirante música improvisada. Aquello crecería hasta volverse un movimiento planetario. Tenían todo a su favor. La Guerra Fría había dejado sin fundamento crítico a la sociedad y la partición del mundo en dos bloques había lobotomizado a la opinión pública. El marxismo había dejado de dar soluciones a las demandas de mejoramiento social. A la par, nunca hubo un proyecto desde la derecha para refundar a la sociedad escasamente democrática. La amenaza nuclear, real en todos los sentidos, generó una paranoia que incluso impactó a un movimiento como el punk, del que se sospechó que podría ser instigado por agentes de la CIA o de la KGB, según fuera el caso. Y sí hubieron quienes llevaron esta mezcla de música y política hasta sus últimas consecuencias: Crass y Conflict, por ejemplo, a los que haré referencia en un apartado específico.

El discurso del punk permeó con facilidad en las clases bajas y medias de la sociedad en el mundo, no sólo en México. El afán reivindicador y revanchista, enemigo de la clase política a la que debía eliminarse para edificar un “mundo nuevo”, se nutría con vagas lecturas del anarquismo más pintoresco, que aportó las frases célebres más oportunas de la historia del pensamiento político desde su vertiente ácrata. Líneas como “Las libertades no se dan, se toman” o “La propiedad es un robo”, ayudaron a la formación intelectual de una capa gruesa de jóvenes para quienes la autoridad a rajatabla encarnaba recortes de libertad y diques al libre albedrío. Así que la juventud, ya de por sí rebelde y cuestionadora, amanece a su realidad con el auxilio de jóvenes músicos que por entonces vivían esas mismas condiciones y no dudaron en evidenciarlas con la ayuda de sus instrumentos musicales.

Las calles de Londres se volvieron un fermento de punks. Aunque esto tardaría en circular debido a que los medios de comunicación daban espacio al movimiento sólo desde su vertiente más escandalosa, con la condena en la mano desde la moral de aquellos días. Pese a lo anterior, los canales no masivos de comunicación que se fundaron por la necesidad de difusión (fanzines, revistas minoritarias y demás estrategias de salvamento), permitieron que los punks no cayeran sofocados bajo el peso de sí mismos y de su condena a la sociedad que los había parido. La estética escandalosa logró su cometido y las imágenes de Johnny Rotten o Sid Vicious se popularizaron a nivel mundial. Esta celebración del derroche de la juventud, fuera a través de las drogas, el alcohol o del suicidio, ganó adeptos porque esta representación extrema de la peligrosidad y la rebeldía hundía sus raíces en el forajido y el romántico contra la sociedad. Los arquetipos son los canales más rápidos hacia la popularización.

Ahora bien, la lucha contra el centralismo en México a principios de la década de los ochenta estaba más perdida que nunca. El centro del país se prodigaba hacia los bordes (excepto en la frontera norte, que siempre anda a su paso por obvias razones), como un padre generoso que extiende los beneficios de su salario a sus hijos menos favorecidos. Esto para sugerir que lo más probable es que el primer contacto del movimiento punk con México habría sido a través del Distrito Federal, el cual cumplió con su tarea de diseminador. Ya en otra ocasión he referido la importancia del Tianguis Cultural del Chopo (Ver Nexos, noviembre de 2013) como centro de oxigenación de la vida social y cultural de la capital del país, en especial para los más jóvenes. Los primeros años de la década de los ochenta, además, coinciden con los de su fundación.

En mi caso, gracias a familiares de más edad y amigos mayores, comencé a acudir de modo regular a ese tianguis poco después de cumplir los diez años. Para entonces (1988), la estética punk ya estaba asentada en México y no era difícil hallar playeras estampadas de manera escandalosa, esto es, por todos lados, con imágenes de la pareja sentimental de Sid Vicious o con rostros anónimos de la escena inglesa, entonces un surtidero de modificaciones corporales para lograr el máximo efecto de shock en los “biempensantes”. El movimiento punk había dado el salto de Inglaterra a los Estados Unidos y no era difícil hallar discos de The Ramones, Blondie o The Dead Boys, entre cientos de otras bandas que se perdieron en el flujo de un mercado que no deja espacio en la mesa de novedades. Para mediados de la década de los ochenta, el género se hibridaba y brotaban nuevas posibilidades hacia cuestiones más crudas, melódicas, sincréticas, veloces, etc. El menú se amplió de manera indiscriminada hasta llegar al denominado “happy punk”, que sería el capítulo final de la travesía.

The Clash, por ejemplo, comenzó a utilizar ritmos de reggae en varias canciones, lo que descolocó a no pocos que asociaban el punk con una música incontrolada, nacida de la rabia y las ansias de destrucción. Estas modificaciones a la estructura original de la propuesta fueron entendidas por un segmento de seguidores, pero otra declinó de las nuevas propuestas y se orientó hacia otras vertientes de la música. La oferta era variada y ese mismo punk se fusionó con el rock gótico y la denuncia social se transformó en invocaciones al demonio y anhelos de muerte. Yo escuché todo aquello. No me privé de nada. Conocí todo lo que debí conocer y hallé a buenos músicos y a otros que no lo eran tanto, si bien tenían otras cualidades. Entendí que triunfar en la música implica una conjunción de aspectos y que no sólo el talento ayuda en la consolidación de un proyecto. Hace falta, además, arrojarse sin temor a la caída y sin miedo a las burlas de los demás.

México no parecía estar listo para el punk, como no parece estar listo nunca para casi nada. Se atragantó y se volvió normal que las fuerzas policiales acosasen a los punks, que asemejaban a delincuentes comunes o drogadictos. Pero las amenazas para el país, en realidad, estaban en las oficinas de los altos funcionarios en horario diurno, pero de ellas no se enteraba nadie. Sólo de pronto se rescataba a la banca, se le quitaban ceros a la moneda o el dólar se volvía inalcanzable. El punk daba algunas satisfacciones, pero no ayudaba al entendimiento de un país que necesitaba más auxilio que influencias musicales del exterior. Esto que ahora parece claro, entonces no lo era. Por aquellos días, cualquiera estrategia era válida para hacerte de una identidad y con ello dejar atrás una situación que se mostraba incompatible con el roce de la plenitud. La hospitalidad que podías encontrar en otros jóvenes era a través de alguna afición compartida, ya que no había redes sociales y ningún tipo de auxilio para lograr una socialización fast track. Las amistades, en verdad, lo eran o no lo eran.

Los jóvenes, para bien o para mal, debían congregarse de manera efectiva. Sin placebos y sin prevenciones. Los estacionamientos de las unidades habitacionales, diseminadas por toda la ciudad, ejercían la función de plaza pública y desde ahí se tramaban las iniciativas que luego dieron lugar a una modificación en las prácticas sociales, no sólo a nivel de los jóvenes sino también por lo que hace a las de los mayores. Las plazas comerciales, que ya existían pero eran centros de consumo, nunca lograron funcionar como centros de esparcimiento. El bajo ingreso de la mayoría de los mexicanos, hacía que fueran visitadas sólo para cuestiones específicas (buscar un regalo, encontrarse con alguien, perder el tiempo con un helado), en tiempos específicos (algún cumpleaños, navidad, día de las madres). El resto del año eran puntos de pocas visitas por parte de la población.

Una generación de jóvenes despertaba a la realidad del país sin herramientas de interpretación y, por lo mismo, de defensa. ¿El movimiento punk aportó algo a esa generación? Así lo creo, así sea en parte. Quienes se vieron tocados por su estética, fuera a nivel musical o también humano, se hicieron de una visión política de la sociedad mexicana que no aparecía retratada en los medios de comunicación, entonces controlados sin recato por la clase política. Aquí haré un relato de esa estación musical de viaje, en primera persona, desde lo que recuerdo y ahora encuentro estimable.