Los jóvenes nacidos en México durante la década de los setenta descubrieron, de manera dolorosa, la realidad peruana a través de un nombre: Néstor Cerpa Cartolini (1953-1997). Esto incluso si no lo recuerdan. El seguimiento por televisión del asalto a la embajada de Japón en Lima, a manos de efectivos del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), reveló a los jóvenes mexicanos que en América Latina aún no se cerraba —pese al repetido discurso de los medios de comunicación— la etapa de lucha revolucionaria y uso del terrorismo como herramienta de presión, fuera por parte de individuos radicalizados capaces de entregar su vida, o por parte del Estado.

La solución inhumana que entonces instruyó Alberto Fujimori (1938), al parecer en coordinación con fuerzas norteamericanas, crece en brutalidad al conocerse la noticia de que fue indultado por cuestiones “humanitarias” por el presidente Pedro Pablo Kuczynski. Aquella “solución” a la crisis derivó en el rompimiento sorpresivo de negociaciones con el equipo de asalto, y el consecuente aniquilamiento de los catorce miembros del MRTA. El indulto concedido al exmandatario peruano pone al descubierto que la situación política de América Latina exige debate y que los focos rojos siguen prendidos. Nada de que el mundo globalizado cerró todas las heridas.

Pero al lado de los hechos, siempre vejatorios y al parecer irreversibles, existe la literatura, como la de Diego Trelles Paz (Lima, 1977), que elije plantar cara al pasado reciente de su país y en La procesión infinita (2017) hunde los brazos para escarbar pésele a quien le pese.

El tiempo de la novela es la época posterior al “Fujimorato”. Perú se encuentra en llamas en la misma proporción que en ruinas. Vivir es sobrevivir. Es un país con una economía lesionada por el libre mercado y, al igual que la mexicana, se ahoga por la corrupción de sus políticos. Dos jóvenes van en su andadura por la vida, y uno de ellos, en circunstancias poco claras, elige quitarse la vida. Hacia ese punto viaja la trama de esta novela.

Trelles Paz, que no es desconocido en México por algunos de sus libros anteriores, muestra el plumaje en su debut en la editorial de Barcelona, actual carrusel de la producción narrativa en lengua española. Ya otras plumas peruanas han dejado su impronta — Mario Bellatin (1960), Jaime Bayly (1965) o Iván Thays (1968) (el caso de Bryce corre aparte)—, aunque con escasa suerte en los lectores mexicanos. Trelles Paz cuenta con una oportunidad única: insertar su narrativa como una propuesta hospitalaria aunque frontal con el presente, por parte de la generación de los nacidos en los setenta, que parece feliz en su permanente embriaguez con la tecnología, las drogas de diseño y cierta movilidad laboral que les permite construir una vida sin olvidarse del “yo”.

Los hechos narrados en La procesión infinita habitan en el espacio que se genera por la amistad de dos personas. No se necesita más. A ratos, sin embargo, se tiene la impresión de que Trelles Paz sintió la necesidad de ser profuso, y la primera parte de la novela podría omitirse para entrar directo a la amistad entre los amigos. Además, el despliegue técnico de registro popular, salpicado de majaderías, no logra su maridaje con el registro de la segunda parte y la final, en las que un narrador cerebral y casi intelectual hace un registro puntual de sus emociones sobre la amistad y la ausencia. Si bien la narrativa admite cualquier modalidad de registro, esto no implica que deban utilizarse todas por fuerza al mismo tiempo.

Varias piezas que componen la novela, por ejemplo, pueden saltarse sin obstaculizar el viaje de la trama del autor al lector. Y más: en varias páginas se tiene la intuición de que en realidad era escritura suelta, nacida fuera de la novela, hilada en la urgencia de ganar consistencia y extensión. Trelles Paz, fuera por inexperiencia o falta de soltura, salió al ruedo para confirmar que sabe narrar antes que sólo hacerlo, y las consecuencias están a la vista.

El rescate del presente postfujimorista es acertado aunque la perspectiva europea, otrora delicada por su cosmopolitismo, ya no genera la añeja curiosidad que detonaba en los años setenta. ¿Debe por fuerza el escritor alejarse de la realidad latinoamericana para retratarla? Ya cada vez parece menos claro. En el caso de Trelles Paz, que eligió para su vida personal el nomadismo, lo mismo para sus estudios doctorales que para su residencia, esta elección habría tenido el efecto en su escritura que tuvo en varios de los autores del Boom: los problemas de América Latina se escriben mejor desde un café parisino.

El despliegue técnico que puede leerse en La procesión infinita prueba que Trelles Paz se maneja con soltura en la escritura posmoderna, salvo que esta ya se aleja en el tiempo. ¿No era más fácil contar la historia de un suicidio, simple y llanamente? ¿Ir directo a los hechos o indagar en la personalidad de quien elige la muerte? El regodeo de insertar correos electrónicos, saltos temporales para probar apenas nada o variar el registro a placer lo confirman como un autor solvente, pero esta pirotecnia se interpone entre la transmisión de la historia y el lector. Ya estamos lejos de venerar jugadas de pizarrón y todo parece indicar que lo único en lo que puede fiarse el narrador es, resulta irónico decirlo, en contar una historia sin estallidos en la página.

Las relaciones entre política y literatura no se agotan. Por el contrario, se ensanchan hasta el punto de la incredulidad porque los actores políticos son imaginativos y cada generación actúa todas las obras de Shakespeare hasta que terminan por olvidarse, para iniciar de nuevo. Trelles Paz ofrece una aproximación sin miedo al pasado reciente de su país, que coincide con el hecho lamentable del indulto a Fujimori. Un pacto político que manda un mensaje a todos los países latinoamericanos. La realidad política, siempre anda delante de la literaria, que se muestra abúlica para dar un registro puntual de su secuencia de barbaries, pero es mejor eso, lo que sea, al silencio.