2. Punk y skate

 

Habrá sido por su naturaleza urbana o por la actitud de quienes entonces utilizaban una patineta para ejercer su juventud, pero en los primeros años de la década de los noventa el punk se trenzó con la práctica del “skate”. A la distancia, es fácil deducir que juntos lograron una simbiosis en la cual iban y venían símbolos a partir de un código compartido. El punk, en su esencia contestataria y resuelta, lo tenía todo para sentir la frustración por la fábrica y el asfalto, la monotonía y el silbato que inaugura la jornada laboral. Esto debido a que la falta de oportunidades para el desarrollo de los jóvenes, se volvió una de sus críticas más constantes.

Eran los jóvenes y no un cónclave de notables, quienes planteaban la urgencia de atender sus propios problemas. Así, la juventud en México se sofocaba en las grandes ciudades de donde, por lo demás, no podía escapar. Como el resto de las generaciones precedentes, otra más dejaría los mejores años de su vida en trabajos con mala paga para la mera sobrevivencia, para ir atacando la maldad del hambre, que siempre regresa. Luego de una educación universitaria, sostenían las antiguas promesas, se podría acceder a una vida digna con un mínimo de beneficios sociales para proyectar una vejez lejos de preocupaciones. Una promesa que no se cumpliría para todos los que intentaron alcanzarla.

La práctica del “skate” inició en Estados Unidos su camino hacia el éxito a mediados de la década de los setenta. Desde entonces no ha parado como modalidad de entretenimiento juvenil. Se mantiene firme como una poderosa industria que genera millones de dólares al año, lo mismo por eventos en vivo con patinadores profesionales, que por la venta de las propias patinetas, ropa y accesorios diversos. Debe decirse que las condiciones en las que se practica en el país del norte, difieren sustancialmente a las que imperan en México, en donde no ha sido fácil sensibilizar a las autoridades de la necesidad de skateparks: los sitios apropiados para ejercitar (es un deporte) un patinaje con un mínimo de seguridad para quienes lo practican.

Esta falta de atención a una demanda juvenil terminó por hermanarse con una causa de combate social —el punk—, además de que patinar en lugares públicos generaba molestia en las personas, que llamaban a la policía para remover a los rebeldes. Al menos en el entonces Distrito Federal, se patinaba donde se podía: estacionamientos funcionales o abandonados, avenidas transitadas o solitarias, explanadas, jardines, universidades, etc. Cualquier espacio era capaz de servir de placebo con el mínimo de imaginación. En esta búsqueda de lugares, además, consistía parte de su épica. Hallar un lugar que tuviese el mínimo de infraestructura —banquetas, escaleras, piso plano y sin textura— para sesionar con la más absoluta informalidad, a partir de una conexión entre música, aire libre y rebeldía, se volvió una búsqueda compartida para los jóvenes.

En los primeros años de la década de los noventa, la crisis en México golpeó fuerte. El fatal año de 1994 lesionó la economía nacional al igual que la afición por la patineta, pues los insumos se importaban desde Estados Unidos. Se avecinaba una época de carencias, en donde lo que menos importaba era patinar. Muchos tuvieron que insertarse de manera prematura a la arena laboral para ayudar en la economía familiar. Para un muchacho de quince años, aquello se vivió como una hecatombe. Y luego se confirmaría que lo fue. En mi caso, entre los quince y los dieciocho años, ejercí de vago. Salía temprano de la casa familiar con destino a la escuela aunque en realidad me escapaba a patinar con otros vagos. Había todo por hacer y una ciudad por descubrir. Flâneurs sobre ruedas en la ciudad de concreto.

Con el paso de los años, el punk “clásico” mutó en Norteamérica, en donde se logró un sonido veloz y contundente, sintético, californiano y gozoso. Bandas como Bad Religion, Nofx, Rancid o Pennywise, y una larga lista de bandas, aparecían y desaparecían sin que nadie supiera bien a bien qué había sucedido con ellas. Altas dosis de ironía e inteligencia, además de crítica social, delinearon la educación sentimental de miles de jóvenes que despertaban a la realidad de un país arruinado. Para este punto, fuera o no cierto, la clase política se entendía como la responsable de esa ruina. La democracia y sus abanderados se asimilaron a los agentes de la destrucción. Aquello derivó en un odio hueco y adolescente, que de manera eventual se transformó en un modo poco inocente de gansterismo urbano.

Y es que a diferencia de lo que sucedía en otros países, en México el punk se asoció de modo natural con la pobreza y la marginación en la sociedad de los extremos. Pero no se contaba con la capacidad para sentar las bases de un hombre nuevo, hábil para generar un programa político con la solidez necesaria para insertarse en el debate público. Todo se resumía en gritos y empujones dentro del slam. Grupos mexicanos como Síndrome, Massacre 68, Atoxxxico o Rebelde’D Punk, ganaron para sí con absoluta legitimidad una audiencia de fieles que los seguía a todos los foros, en donde se coreaban canciones en contra de la represión policial, la condena de ser pobre o sobre aspectos anecdóticos de la vida punk.

Pese esta falta de sentido crítico, aquella propuesta de música punk fue un oasis para contrarrestar a la naciente ola de “Rock en tu idioma”, que impuso a bandas como Maná, Caifanes o Fobia, que se allanaron al mercado en la búsqueda de una “mexicanidad con sentimientos”. Y es que el punk, entonces, no era sido invitado a los salones del rock “correcto” debido a la audiencia que solía convocar. Todavía para mediados de los noventa, el punk era un astilla en la sociedad mexicana. Un concierto cualquiera atraía a punks cuya apariencia lograba que se presentara la policía, debido a las quejas de vecinos y comerciantes.

La actual domesticación del punk es otra prueba de que todo termina por ser otra ocasión para el comercio. Patinar, por el contrario, se mantuvo durante años como una práctica para iniciados. Requería demasiado tiempo en la calle, al igual que poco aprecio por la escuela. En mi caso, me resistí a modificar mi apariencia, salvo por vestir de negro. Ya entonces sabía que los miembros de Crass —de quienes escribiré capítulos adelante— declinaron hacerlo para protestar contra lo que denominaron la “muerte del punk”. Tan temprano como 1979, ante el espectáculo triste de los Sex Pistols, que abandonaron la posibilidad de intentar un cambio social auténtico, y siendo ellos mismos británicos, cantaron esa muerte y buscaron un camino alternativo a lo que se presumía como el “camino alternativo”.

La patineta generaba afectos y desafectos. Quienes patinaban entonces eran cruzados en busca de Jerusalén. Siempre aparecía alguien con noticias de un sitio mágico para patinar, y hacia allá se desplazaba el contingente. Nunca supe, como ha sucedido en otras disciplinas, que algún mexicano haya sido contratado por alguna marca norteamericana, lo que implicaba ser migrado para vivir la experiencia que podía verse en los videos que circulaban en formato VHS: amanecer en California, patinar a todas horas en entornos del primer mundo, comer a diario hamburguesas, contar con un equipo de profesionales en video a tu disposición, y todas las patinetas y ropa de las mejores marcas… ¡gratis!

Estados Unidos no pierde su capacidad para volver sueños realidad y aquel era uno de los más cotizados. Si esto era o no compatible con la “actitud” punk, en realidad carecía de importancia. No había un sistema teórico con el cual contrastar la realidad. Se contaba con frases que funcionaban como mantras y con una desconfianza natural en contra de los “hombres de poder”, quienesquiera que fuesen. Ahí donde había concentración de dinero o poder, había una mancha moral que debía denunciarse y corregirse, pese a que nadie hiciera nada para siquiera intentarlo.

Nunca hubo líderes porque no podía haberlos, lo que cual anda hacia el caos y el solipsismo. El punk a la mexicana era ejercer una libertad de animal silvestre. Ir de un lado a otro, sembrando asombros en los despistados, con la certeza de que se era el cordero de dios para borrar los pecados del mundo. Había mesianismo y más aún: ingenuidad. Pero el universo nunca se detuvo. Se perdieron años de energía empleada en perseguir burbujas de jabón. El pequeño vandalismo del grafiti y de imaginarse libre, a diferencia de los otros, ayudó poco a generar un proyecto con el cual contrarrestar los vicios que ponían en el suelo a la sociedad, y ahí la mantenían. Ahí nos mantenían, nutridos de ilusiones que se volvieron vejez, pereza y conformidad.

Las enseñanzas de solidaridad por los hechos de 1985, se enfriaron antes de lo pensado. La crisis económica alejó a las personas unas de otras, de manera irreversible. La filantropía quedó como una costumbre olvidada hasta para las clases acomodadas, y se ampliaron los cinturones de pobreza alrededor de la ciudad. Hubo quienes se entregaron con fervor al movimiento zapatista, por ejemplo. Viajaron con más entusiasmo que iniciativas a Chiapas con el objeto de regalarse una anécdota para los nietos. Las reivindicaciones, a ese momento, se mantienen idénticas o incluso se profundizaron.

La pretendida contribución de los nacidos en la década de los setenta, se percibe lenta y a destiempo. De uno de los movimientos señeros para plantar cara a la sociedad y repensarla, quedan algunas voces en el desierto, agotadas por su incapacidad para lograr puntos de contacto con otras iniciativas ciudadanas. Se percibe abulia y desinterés, cinismo y falta de autocrítica. Nadie profundizó en las lecturas sobre anarquismo y cuando se hicieron derivaron en romper los cristales de bancos y empresas “multinacionales” (el enemigo a vencer durante años), vestidos de negro y el rostro cubierto, motivos anarquistas y estampas de la CNT.

 

[Con Raúl Salas]

 

El movimiento contra la globalización, en los inicios de los años noventa, se nutrió en gran parte con los restos del movimiento punk. Los denominados “globalifóbicos”, que se mostraban reacios a la liberalización de la economía y rechazaban la acción de las “multinacionales”, eran viejos punks que andaban a la deriva, a saltos entre movimientos para evitar la condena del olvido. Pero este fue un discurso que se gastó antes de tiempo y que sólo dejó cenizas a su paso. La música punk se volvió un refugio para estas expresiones de rechazo y muchas bandas se autoabanderaron como portavoces de movimientos reivindicadores. En España, grupos como Ska-P o Reincidentes, lograron agrupar parte de las inquietudes por la migración ilegal o el potencial fracaso de la Unión Europea. Años después, con el Brexit, vendría la confirmación de estos temores.

El punk ha mostrado bondad para funcionar como observatorio desde el cual asomarse a la realidad del mundo, pese a todas las fuerzas que actúan para ocultar lo evidente. El cierre desastroso del siglo XX y el inicio del nuevo, puede explicarse desde la relación clásica entre capital y trabajo, heredada del marxismo, en principio, aunque en realidad parta desde teorías clásicas sobre la producción y la economía. Había más, en el punk, que sólo los gestos de Johnny Rotten ante las cámaras de televisión. De no ser haber sido así, le habría esperado la muerte antes de lo pensado.