Así como existen manías para escribir, también las hay para leer. La poesía no se lee fácil, nunca. Es la palabra esencial. El condensado de toda experiencia humana.

Para acercarse a ella, se requiere de una disposición de ánimo particular. Exige condiciones específicas para lograr un roce. Esto, aclaro, con independencia de las cualidades lectoras que pueda desarrollar el individuo que la busque. Habrá quienes sólo puedan hacerlo con provecho con un silencio de claustro; también quienes puedan hacerlo en el transporte público sin menoscabo del entendimiento que requiera el texto.

Maximizar el tiempo de lectura es un pacto implícito que nace al lado de la pasión lectora. La vida tiene una duración limitada y ciertas disciplinas exigen más de quienes las practican. Es el caso de la lectura y, en su versión más extrema, la de poesía es un acto que nunca cede a la ligereza, no importa que se lean versos de Miguel Hernández, Gabriel Celaya o de cualquier otro poeta de forma poco sofisticada.

La lectura de los grandes poemas requiere un esfuerzo físico. La concentración que exige es honda. A nivel de concentración, se requiere focalizar un esfuerzo hacia un punto definido —la elección del poeta— y a partir de sus irradiaciones, ir y venir, con un movimiento de mareas o de tormenta. Leer a Ezra Pound en nada se parece a la lectura de Elizabeth Bishop, la de Du Fu a la de José Lezama Lima.

También interviene la situación individual de cada uno de los escritores. En líneas sueltas es posible vislumbrar la desesperación, el hartazgo, la falta de esperanzas; en otros, la ausencia de preocupaciones, el goce pleno de una vida dedicada al placer, la negativa al cambio. Esto modifica la experiencia de la lectura poética, que siempre es una andadura hacia zonas de luz y de sombra.

El recorrido de cualquier poemario es un reto. No interesa si es poesía medieval o si es el título de un autor de menos de veinte años. El lenguaje tiene fuerza propia. Se impone incluso cuando se utiliza sin pericia, por manos torpes. Respira en los ojos del lector. Por lo demás, un ejercicio de mala poesía ayuda en la identificación de la que amerita conservarse. De ahí que sea imperioso su resguardo y lectura continuada.

No necesito demasiado para leer poesía. Mente limpia y una taza de café, lo mínimo. Es una apertura de ventanas. Esto porque no hay una experiencia poética que resulte inútil. Hugo Mujica y Vasko Popa fueron mis últimas lecturas a fondo. Lejos de lo que se piensa, es falsa la idea de que la poesía carece de utilidad práctica. A partir de esas lecturas, pude llegar a la solución de un problema familiar.

El roce de la poesía empieza desde que se hojea el volumen. La disposición gráfica, utilizada en ocasiones como un adorno manierista, en la poesía más alta se vuelve parte de la propia tentativa estética. Hay una poesía área y otra terrestre, lunar y solar, y también la que mezcla ambas posibilidades, a saltos intermitentes de página, y logra un estremecimiento continuado en el lector.

La apertura que exige la poesía se encuentra en relación directa con la huella que deja en sus lectores. Es una acción de taladro, en la que se perfora la desmemoria, la falta de precisión en las palabras, esa resignación que se derrama en el día a día e impide avanzar hacia un punto cierto. Sin lírica, la lectura de poesía es un remar con destino.

Si se intenta leerla con prevenciones o descreimiento, es mejor no hacerlo. Hay batallas que están perdidas de antemano y esa es una de ellas. Tampoco debe leerse en estado de cansancio o bajo los efectos de cualquier estimulante. El poeta escribió lo que quiso escribir, bueno o malo, y no lo que una conciencia fracturada pueda interpretar. Esto, pese a que pueda utilizarse con funciones oraculares o de mero placer. La poesía es generosa.

Para la lectura de poesía se requiere una disposición de ánimo idéntica a la de quien va a dar a luz o, en contraposición, la de quien va a llegar al mundo. Cualquiera de las dos, según sea la circunstancia, ayuda a crecer la dimensión de la experiencia estética. En esa fisura, apenas perceptible, habitan los practicantes de esta peligrosa lectura.