Días atrás se dio a conocer que Francia retiró al escritor Charles Maurras (1868-1952) de la lista de conmemoraciones en 2018, ya que este año habría de celebrarse el 150 aniversario de su nacimiento. Esto, luego de que semanas atrás se prohibiera reeditar panfletos considerados antijudíos de Louis Ferdinand Céline (1894-1961), quien igualmente fuera eliminado de esa lista pero en 2011, por el entonces presidente Mitterrand. En este caso, fue el actual primer mandatario, Emmanuel Macron, quien instruyó dicha acción a través del Ministerio de Cultura. Otro disparo a quemarropa para quienes coquetean con la extrema derecha como tercera vía para la política europea.

Debido a la escasa circulación de sus libros en español, la noticia sobre Maurras apenas recibió atención en México. No hay modo de hallarlos más que en las bibliotecas. Puede encontrarse la biografía publicada por la editorial Acantilado, de filiación visiblemente filosemita, en donde la parte más gruesa del catálogo y las figuras estelares son de ascendencia judía: Joseph Roth, Imre Kertész, Stefan Zweig, etc. O que publica diversos libros para subrayar los estragos del nacionalsocialismo en Europa y, especialmente, en la población judía. La biografía de Maurras, entonces, se vuelve totalmente inexplicable. Las Memorias de Albert Speer estarían justificadas porque el exmandatario alemán se arrepintió de lo sucedido y, a decir de él, su función estaba limitaba a la construcción de edificios. A diferencia de Rudolf Hess, que nunca se retractó y moriría en prisión a los 93 años de edad, en circunstancias poco claras, Speer logró pactar veinte años de encierro en Spandau a cambio de reconocer que la política del estado alemán fue la equivocada.

A este punto, el caso de Maurras se vuelve sintomático del escenario actual, en donde se percibe un avivamiento de la extrema derecha en Europa, motivada entre otros aspectos por el exceso de migración de países del tercer mundo y por los recurrentes atentados terroristas cometidos por individuos de ascendencia árabe. En este caso, el gobierno que se abanderó con la consigna de libertad, igualdad y fraternidad, no tiene reparos en tachar la obra de escritores que se apartan de la ideología del régimen, y sin erradicarlos del todo (no habría modo de siquiera intentarlo) buscan enfilarlos hacia un olvido duradero.

El pecado de Maurras: el antisemitismo. De igual modo, se le atribuye haber generado el fermento necesario para orillar a varios franceses a colaborar con Alemania durante la ocupación. Dos de aquellos escritores fueron Robert Brasillach (1909-1945) y Lucien Rebatet (1903-1972). El primero fue ejecutado al termina la guerra por sus opiniones políticas —ese fue todo su colaboracionismo—, luego de un juicio sumario, y el segundo moriría en el ostracismo y el olvido de sus connacionales. Ni de Maurras, ni de Brasillach o Rebatet, vuelvo, es posible hallar libros en las librerías. Es como si una mano de sombra los hubiese retirado de los estantes. Son susurros, dichos aquí con sigilo y entre dientes.

A la distancia se vuelve necesario calibrar en su justa medida que la postura antisemita de Maurras flotaba en el ambiente, y no tiene relación con la puesta en marcha de la “Solución final”. Entonces el antisemitismo era una actitud moral de rechazo a la acumulación de capital del pueblo judío, así como de los controles que ejercían a través de él. Endeudar a las personas y a las naciones tiene un efecto de control directo sobre el destino de los otros. Así pensaban ellos. Pero lo cierto es que Francia aún no se reconcilia con la figura del colaboracionista. Le pesa, lo detesta y aunque está convencida de que debe eliminársele, no lo logra. Y es que no es fácil ver fotografías de Brasillach, por ejemplo, con los nazis en diversos actos públicos. O leer sus notas publicadas en Je suis partout. Maurras, por su parte, eligió la monarquía luego de su incipiente federalismo e hizo de la exaltación de Francia una de sus banderas más altas, luego de su hallazgo del provenzal a través de quien fuera su mentor: Frédéric Mistral. Calificarlo como de “extrema derecha” equivale a lanzarle un insulto que apenas tiene significado.

 

[Charles Maurras con Robert Brasillach]

 

Esta elección de tachar a un escritor de una lista no tiene razón de ser en la vida democrática. Ante todo, debe privilegiarse la libertad de expresión. Conmemorar un nacimiento implica reconocer que hubo una contribución a la cultura nacional. Maurras la hizo a través de Acción francesa, lo mismo que Brasillach y Rebatet, desde sus respectivas trincheras. Es usual que la progresía aplique lo que denomina “Memoria histórica” como instrumento de venganza fuera de tiempo para silenciar adversarios políticos, ideas disonantes, la permanente negativa a ceder. Cualquier artista, de la disciplina que sea, debería alarmarse por estas acciones del estado Francés. El mensaje implica que si la aportación cultural no es grata al régimen, harán lo posible por silenciarla. Y tienen todos los medios al alcance para intentarlo.

La sordera de Maurras fue utilizada por sus adversarios como una forma de subrayar su incapacidad para entender que Francia había cambiado. Él, dirían, nunca escuchaba nada. Era un ácido polemista y un orador de primera línea. Hoy la sordera es la de un Estado que se anuncia democrático, pero que hace todo lo posible para probar que no lo es. Atestiguamos otro golpe a la libertad de expresión, en donde ya no sólo se intenta callar a los vivos sino también a los muertos.