Poco se sabe de Vasili Rózanov (1856-1919), salvo que le bastaron dos años de padecer las medidas de los soviets, para asimilar su experimento al apocalipsis. Si alguien cree que exageró, basta con asomarse al número de víctimas que dejó la implementación de su utopía sólo en la Unión Soviética. En vista de lo que ya venía, prefirió encerrarse en un monasterio para redactar, un año antes de su muerte, El apocalipsis de nuestro tiempo (1918). El autor ruso tenía preocupaciones religiosas y sintió que el cristianismo peligraba con el avance de la política soviética. Imposible prever que el “hilo de sangre” que se entrevía, terminaría por ser un caudaloso río del cual aún se desconocen las cifras sólidas.

 

 

A cien años del asalto al Palacio de Invierno, Rózanov se muestra más vigente y profético que nunca. A esta fecha, el número de cristianos asesinados por el comunismo soviético en cualquiera de sus versiones nacionales, se calcula entre seis y diez millones de personas. Una cifra descomunal de individuos ajusticiados fuera por estancia en el gulag, hambruna generada desde la cúpula como política pública, disidencia y sospecha de disidencia, “desviaciones” de cualquier tipo y un largo etcétera. Las conmemoraciones por el centésimo aniversario dejaron nutrida bibliografía para repensar el costo de esta puesta en marcha de la utopía roja. Fue un tractor a toda velocidad que no se detuvo bajo ninguna consideración, fuera política o religiosa. El atropello fue el sello lacrado de su colectivización.

Ahora que parece que el mercado se impone como el gran triunfador en la contienda, aunado al juego democrático, que se esparce en el mundo como la cúspide del respeto a las libertades individuales, se ciernen otras amenazas de las cuales México no está exento, por lo que conviene hacer un repaso. El libro negro el comunismo (1997), monumental volumen editado por Stéphane Courtois en colaboración con otros historiadores, se volvió libro de referencia para meditar los lastres en la implementación de las ideas marxistas en el mundo. El experimento soviético resalta por encima de otros debido a la magnitud de masa poblacional que pereció para perseguir el experimento socialista. Y es que, de pronto, el sueño se hizo realidad en un territorio gigantesco sobre el cual sembrar un futuro potencial que se desbarrancaría como uno de los errores históricos más gravosos del siglo pasado. Porque ya sería momento de aceptar que la puesta en marcha del socialismo fue uno de los tropiezos más grandes jamás dados por el hombre.

Stéphane Courtois, historiador y exmilitante de la izquierda y uno de sus conocedores más eruditos, propone la cifra de cien millones de muertos, “según estimaciones personales”, caídos en cualquiera de los tres grandes rubros de crímenes a gran escala:

 

1) crímenes contra la paz;

2) crímenes de guerra;

3) crímenes contra la Humanidad.

 

Como resultado de lo anterior, Courtois propone el siguiente cuadro de cifras:

 

China – 65 millones de muertos.

URSS – 20 millones de muertos.

Corea del Norte – 2 millones de muertos.

Camboya – 2 millones de muertos.

África – 1.7 millón de muertos.

Afganistán – 1.5 millón de muertos.

Vietnam – 1 millón de muertos.

Europa oriental – 1 millón de muertos.

América Latina – 150,000 muertos.

Movimiento comunista internacional y partidos comunistas no situados en el poder – una decena de millares de muertos.

 

La izquierda nunca ha sabido qué hacer con estas cifras, que la horrorizan porque parece un complot para asemejar la búsqueda gloriosa del comunismo con el nazismo, o con  cualquier otra modelo político de culto a la brutalidad. Lo que hace: busca trivializarlas para luego, acorralada, sostener que la construcción de una utopía no puede hacerse sin derramamiento de sangre. A resultas, parece mucho daño colateral para lo que resultó. Los hallazgos de André Gide se leen a destiempo luego de la obra de Rózanov, quien a partir de una cristianismo casi fanático y algo místico sospecha de la que sería la política antirreligiosa del comunismo. Pobre hombre, ignorante de lo que vendría. Le preocupaba no sólo el declive del alma rusa, sino igualmente de toda la perspectiva de futuro para su nación.

El libro negro el comunismo debería ser una lectura obligatoria para periodos pre-electorales, en donde la opción que intenta venderse con aparente “rostro humano”, y que promete llegar a la tierra prometida con apenas esfuerzo, no es sino otro escenario de sombras. Es el caso de México y su electorado, que de modo natural se encuentra a sí mismo agotado por las corruptelas y la flaqueza moral de los liberales parlamentarios, que controlan el balance de fuerzas detrás de una barandilla, siempre fuera del riesgo. La población, echada a su suerte, muere todos los días dentro de ese ruedo obligatorio, acosada por la alza de precios, el desempleo, la falta de esperanzas.

Las soluciones de los discursos pretendidamente nacionalistas, de dirigentes con trayectorias a salto de mata entre cualquier opción que parezca posible, dan al traste con la posibilidad de una oferta política a la cual pueda entregarse el voto con un mínimo de confianza. El culto al pragmatismo y su implementación hasta para soluciones elementales, niegan la posibilidad de un programa de partido con principios ideológicos que puedan superponerse a las urgencias de la inmediatez. A esta fecha, es incierto es resultado de la elección (las cifras previas nunca funcionan), pero cabría esperar sentido común para detectar que las promesas huecas han llevado al precipicio a demasiados pueblos. Luego, para salir de sus fauces, se requerirán más que sólo votos. A Rózanov le desagradaría saber que Rusia se repuso después de setenta años (1917-1989).