No es poco el riesgo que asume Alma Karla Sandoval (Jojutla, 1975) con la escritura y publicación de Cartas a una joven feminista (2018). Y es que el asunto del feminismo, lejos de clarificarse, se densifica. Es un debate vivo al cual concurren las prácticas de los países desarrollados y, a un tiempo, aquellas que se preservan en lugares que han crecido lejos de las costumbres occidentales. No es difícil que esa discusión pueda derivar en un galimatías.

Este debate sobre la construcción de un nuevo diálogo entre los géneros, sin embargo, revela más de las propias sociedades que del asunto de género en sí mismo, que finalmente es sólo otro aspecto de las prácticas generalizadas de injusticia que se han preservado a lo largo de los siglos, y en las que el hombre juega (llegó la hora de aceptarlo) un rol crucial en la preservación de los privilegios. Uno de los méritos del feminismo contemporáneo es que ha subrayado que el capitalismo agrava la injusticia social, y que es más fácil que la mujer sea atropellada en lo que parece el triunfo definitivo del mercado, con todo su salvajismo y falta de principios.

Sandoval acierta en el tono confesional. El debate feminista brota de la anécdota compartida. Es un gigantesco relato colectivo, escrito por millones de manos, en cual las coincidencias de actuación en el hombre revelan patrones, que juzgados en perspectiva son los cimientos de su hegemonía a lo largo de la historia. Es explicable, por otro lado, que ciertas líneas sean discutibles (“el machismo siempre es pedófilo”, por ejemplo), pero no hay otro modo de sentar las bases de un debate que lo admite casi todo dentro de sus límites. Es un asunto que apasiona porque el andamiaje social subraya la predominancia masculina. A este momento, la historia de la humanidad es en gran medida la historia de lo que ha hecho el hombre, lo cual exige modificarse para lograr una necesaria amplitud capaz de integrar toda forma de participación en la acción humana. En pocas palabras: la historia deberá escribirse de nuevo.

Estas Cartas debaten con la actualidad y deben ser leídas cuanto antes. La velocidad del fenómeno arroja hallazgos cada día. Brotan aspectos por aquí y por allá y renovadas escrituras saltan al ruedo para intentar una contribución. Pasado el tiempo, cada mujer de las nuevas generaciones deberá pronunciarse sobre su pertinencia o fracaso. En sus límites imprecisos y transversales —es un debate plural que atraviesa el espectro entero del Humanismo—, el feminismo se instala como uno de los debates más encendidos del tiempo actual. No será “el tema de nuestro tiempo” —es demasiado lo que se discute—, pero sí logrará un espacio de privilegio en el estamento de la evaluación del presente.

Pero al juntar fuerzas con la ideología de género, el feminismo gana adeptos, en sus líneas menos afortunadas, se contagia de radicalidad banquetera que no ayuda al debate, sino que lo pervierte hasta transformarlo en griterío de salón. Las Cartas apelan a esa necesaria racionalidad para instalar una mesa de diálogo en la cual pueda transformarse al sector más reaccionario de la masculinidad que lucha por mantener sus privilegios. Porque esto debe decirse: desde su trinchera, el hombre actúa para preservar lo que ha ganado y además lo hace con todas las armas a su alcance. Esta mayoría silenciosa o abiertamente hostil no sólo desconfía del debate feminista (que asimila a otra forma de la chifladura propia de la mujer), sino que hace lo posible por ridiculizar las pequeñas victorias a nivel calle o incluso a nivel legislativo. El descrédito es una primera herramienta para dinamitar lo que debe modificarse en beneficio de todos.

El escenario político mundial se muestra favorable al equilibrio de fuerzas entre las capacidades del hombre y de la mujer. No hay fractura aunque el proceso que sigue será lento y pasarán décadas antes de que una nueva generación de mujeres pueda disfrutar de la ciudad y de su persona libre de angustias por el acoso, la inseguridad o incluso la muerte. El beneficio más a la mano será lograr una sociedad diversificada, con más posibilidades para el desarrollo individual y colectivo.

De este modo, Sandoval se vincula con la tradición de epistolarios en la cual la visión personal se entrelaza con la imaginería de un fenómeno intrincado y persuasivo.

Son cartas que ameritan una respuesta capaz de llegar a otras mujeres, irritadas al mirarse al espejo para reconocer la necesidad de aceptar malas oportunidades de empleo, el clima de asfixia para intentar cualquier actividad, la noticia permanente de que otra mujer fue asesinada. No es poco lo que se discute: es la supervivencia de más de la mitad de la especie humana, en la actualidad, en peligro real.