Dejemos de lado el debate sobre la conveniencia de publicar, de manera incansable, la totalidad de los textos que deja un autor al morir. Y sugiero que lo hagamos porque la mayoría de los herederos deciden que así sea. Las razones oscilan entre las financieras y aquellas más nobles, como las académicas. Cuando un autor adquiere cierto nivel de relevancia para una tradición literaria, los investigadores requieren ampliar la perspectiva que se tiene de ellos y de su obra, aunque a ratos el lector se sienta inclinado a practicar la nostalgia, o al olvido temporal de tal o cual escritor. No por estar omnipresente, un autor es más autor que otros. Hasta la vitamina más útil, en cantidades abundantes, no se aprovecha y es expulsada del organismo.

La novena entrega póstuma de Roberto Bolaño, Sepulcros de vaqueros (2017) que ya se lee con desgano, es un volumen integrado por tres novelas cortas que se recorren con la satisfacción de su brevedad. En un ejercicio de asimilación con la plástica, este libro haría las veces de una reunión de bocetos y dibujos de línea suelta de un pintor. Todo parece indicar que la idea de la editorial es que los lectores suspiren cuando se detecta un guiño a personajes de Bolaño (Belano, por ejemplo), o cuando brota la posibilidad de asomarnos a su condición de lector excepcional —nadie discute este mérito. Una acción, sin embargo, que ya sucedió con sus libros más necesarios y no exige más reiteraciones.

«Patria», «Sepulcros de vaqueros» y «Comedia del horror de Francia», son las tres piezas que integran el volumen. En cada una de ellas, de las que se ignora cómo las habría publicado Bolaño, se leen como piezas azarosas de una narrativa suelta, que si bien lleva el sello de su autor —la ironía, el juego de la erudición, el uso de acentos chilenos para ciertos personajes, las variaciones en la estructura de cada pieza, etc.—, sólo revelan que las obras mayores del escritor chileno no están en la obra póstuma. Ya lo tenemos a la vista de cuerpo entero. Es una lectura que hace pensar que los herederos están forzado la voluntad de Bolaño al poner a la luz material que, en el mejor de los casos, forma parte de los cuadernos que le permitieron construir Los detectives salvajes o 2666.

Lo anterior, lleva al perpetuo debate bizantino: ¿qué tanto el editor debe modificar, en aras de la mera intención comercial, la obra de un autor? ¿Leemos al autor o al editor? Un prólogo desmedido en elogios, firmado por Juan Antonio Masoliver Ródenas, anticipa que las piezas destacan por su medianía. Anteponer una lupa a la obra que se está por descubrir sólo genera sospechas. Por su parte, en el cierre, se muestran algunas fotografías de los cuadernos de Bolaño y de su proceso creativo. ¿Hacía falta abrir las puertas del atelier? Quizá no, pero cuando se lee una obra póstuma debe desconfiarse. En la desesperación o la necesidad de extender la vida de un autor fallecido, podrían realizarse actos en contra de la ética. No hay estilo que no pueda imitarse y volumen que no pueda manufacturarse a partir de una reunión de elementos dispersos. Salvo prueba en contrario, pensemos que leemos al autor chileno.

Para quienes hemos leído la obra de Bolaño, incluso luego de El espíritu de la ciencia ficción, novela de culto para los amantes del género, esta entrega no arroja nada más que otro episodio de un libro que, en realidad, debió titularse, junto a los demás que se proyecten, Cuadernos o Ejercicios narrativos. El libro es de interés para biógrafos, especialistas y lectores reiterados de un autor, pero un lector ocasional debe dirigirse a otros volúmenes antes de siquiera abrir Sepulcros de vaqueros. Antes deben visitarse los cuentos, las novelas mayores, algunos ensayos. La inteligencia de Bolaño —la “inteligencia narrativa”, quiero decir— apenas se asoma en estas páginas, que ponen al descubierto sus tanteos, aproximaciones, viajes de ida y vuelta, en fragmentos de piezas olvidables.

La obra de Bolaño sigue a paso firme su proceso de consolidación, incluso pese a la aparición constante de obra póstuma. Quizá la siguiente entrega —¡la décima!— despierte más interés.