[La tradición poética mexicana es apasionada y controvertida. Como en la mayoría de las tradiciones, es extremosa y prende los ánimos. Es un organismo vivo en permanente mutación. Pese a lo anterior, no deja de ser un susurro en las librerías, si bien cada año se publican propuestas significativas y hasta temerarias. “Actualidad de la poesía” abrirá una vía de acceso a diversas voces para asomarse a la escritura de ese género, desde la perspectiva de quienes ya lograron cierto dominio en el oficio y, por lo mismo, son las voces que sostienen el presente poético de nuestro país. Javier Moro (Colombia, 1976) ha publicado dos libros de poesía: Mareas (Casa Editorial Abismos (2013) y Los Hipopótamos de Pablo Escobar (Deléatur, 2016).]

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—¿Por qué escribir poesía?

Porque la poesía es un espacio imaginario en donde las preguntas y las lecturas se compaginan, se encuentran, se disuelven; porque la poesía es un espacio en constante transformación, un espacio de diálogo, pero también porque la poesía es el encantamiento de la palabra, la dulzura del sonido; la poesía significa las posibilidades infinitas de la palabra y porque en la poesía siempre prevalecerán las dudas más que las certezas y en ese sentido yo me entiendo más a partir de las dudas, de las preguntas, de la necesidad de entender mi lugar en el mundo, de cuestionarme lo que soy, lo que fui.

Creo que la poesía es reflexión mesurada, y al mismo tiempo, apasionada.

[Foto: Sonia Gadez]

—¿Se ha modificado el oficio de la poesía con los nuevos medios digitales?

El oficio de la poesía, como todos los oficios artísticos y literarios, es diverso y complejo, pues involucra a personas que provienen de diferentes tradiciones y generaciones. En México el campo literario es, además, conservador en muchos sentidos. Por lo que muchos poetas han visto en los nuevos medios digitales a un enemigo más que un aliado. Hay poetas que consideran que su obra debe permanecer en el nicho de los pocos lectores, exquisitos, cultos, como ellos. Por lo que no echan mano de estos medios ni para publicar, ni para experimentar nuevas derivas o posibilidades creativas.

Hay otra generación, que ha crecido con las computadoras y los videojuegos y que conoce el Internet como si fuera su campo de juegos, que no le tiene miedo a estos medios, que creció escribiendo en blogs, que sus medios de comunicación son las revistas digitales, que escribe directamente en el IPhone y que pueden mezclar su poesía escrita con fondos musicales y videos de YouTube. Para ese grupo de poetas el oficio sí se ha transformado, porque su lenguaje tiene que ser deconstruido y ampliado a otros formatos, a otras plataformas.

Pero ese grupo de poetas, aunque diverso y muy activo, aún no logra colarse en el canon poético mexicano (salvo algunas, contadas, excepciones), pues los guardianes de la tradición aún siguen siendo fuertes y no dejan que la experimentación sea considerada poesía verdadera.

 

—¿Cuándo sabes que el poema está terminado?

El proceso de escritura de un poema puede tomar años. Corregir, borrar, corregir y volver a escribir. Uno puede sentir que nunca está terminado el poema. Entiendo la obsesión de José Emilio Pacheco por corregir sus poemas.

Creo que un poema siempre será susceptible de ser corregido y es uno el que debe parar y decir “basta”, para dejar que el poema encuentre su propio camino, dejarlo libre antes de que termines por borrarlo todo y alcanzar la inmensidad del silencio.

 

—¿Aún hay lugar para la realidad social y política del país en el discurso poético?

El arte debe prevalecer en momentos de crisis, debe superarse a sí mismo. No se puede ser complaciente, no se puede callar, no creo que se deba desviar la mirada. Al final el arte, la literatura, forma parte de un determinado contexto. No somos Montaigne para aislarnos en nuestra torre, aunque hasta Montaigne fue alcalde de su ciudad y Enrique IV quería que formará parte de su corte como consejero y sus ensayos tienen una carga social.

Claro, la realidad social puede aparecer de muchas maneras en el discurso poético: puede aparecer desde la rabia, como en Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, o en la locura de Panero, o en la sinceridad de Wyslawa Szymborska, o en la nostalgia de López Velarde. La realidad está ahí, solo que transformada, metaforizada. Nuestra realidad social y política global está en crisis, los valores que se crearon después de la Segunda Guerra parecen estar desapareciendo y a la poesía le queda hablar, cantar, dudar, cuestionar, este mundo que se desmorona. Por supuesto que de esa realidad también se puede hablar sin siquiera mencionarla. Está en la poesía de la cotidianidad, está en la poesía que se hace desde el punto de vista más subjetivo.

Sólo que cada quién la nombra como puede, como quiere.

 

—¿Se benefició la poesía con las nuevas opciones para la autoedición, el libro electrónico o la proliferación de editoriales independientes? ¿O le resultó contraproducente?

Creo que de todas estas transformaciones, el campo literario que más se benefició fue justamente el de la poesía. Hay un ímpetu explorador, innovador en todas estas plataformas que mencionas, y en los poetas jóvenes hay una ansiedad por jugar y experimentar con ellas. Digamos que se dio un encuentro feliz. La poesía en México es un mercado minoritario, por lo que hacer tirajes cortos, artesanales, hacer libros digitales de descarga gratuita, no fue un mal negocio para los poetas. Al contrario, les permitió experimentar con formatos, con libros artesanales, cartoneros, editoriales efímeras, libros en PDF, fanzines, revisas, imprentas caseras. Hay una influencia del punk, del “hazlo tú mismo” que impulso a varios de estos proyectos, que despertó el interés de los poetas para ser publicados, para autopublicarse, para participar en eventos con otros artistas.

Pero claro, todo con matices, pues el centro del campo literario mexicano, como decía líneas arriba, sigue siendo conservador y sigue buscando el “reconocimiento” de sus pares, y eso lo lleva a publicar a los poetas que todo el mundo ya conoce en formatos que todo el mundo ya conoce y que al final sólo circula en pequeños círculos. Es decir, hay un momento vibrante poético que no tiene nada que ver con el mundo editorial-tradicional. Y eso me parece muy sano, porque esa expansión a la que me refería al principio de la respuesta no depende y no pasa por las cadenas y los circuitos tradicionales.

 

—Tu poema “Los hipopótamos de Pablo Escobar” ha ganado notoriedad por su retrato de la violencia en el país. ¿Cómo fue el proceso de su escritura?

Fue un proceso inédito, distinto al de muchos poemas que he escrito. La historia de los hipopótamos que Pablo Escobar llevó a Colombia y que formaron parte de su zoológico privado la leí una noche en la página de la BBC. No la conocía, aunque había estado cerca de la hacienda del capo. La historia me pareció inverosímil, exagerada, terrible, pero creo que pude entrever en ella la culpabilización de las víctimas, algo muy común en estos días que corren. En este caso los animales que el narcotraficante hizo llevar a la hacienda, estaban siendo perseguidos y atacados, solo porque hacían lo que naturalmente hacen: viajar bajo el agua, ser territoriales, ser agresivos con el ser humano. Solo que ahora lo hacían en una región que no los conocía, de donde no eran oriundos.

El poema salió esa misma noche. Con ese mismo tono, con cierto humor negro, con cierta ironía, pero que buscaba retratar la violencia que se está viviendo en México, y que se vive en Colombia desde hace años. Lo revisé varias veces, pero le hice correcciones muy pequeñas. La idea era incluirlo en un libro sobre la memoria y la infancia que estaba escribiendo, pero el poema no encajaba ahí, así que pensé que la mejor manera de darlo a conocer era publicándolo de manera independiente, en un pequeño libro de poesía.

Encontré un socio, un cómplice en el editor, Miguel Ángel Leal, quien entendió la idea, la asumió como suya y me ayudó a llevarla a cabo. En todo sentido es un poema atípico. Años después leí la novela del escritor colombiano Juan Gabriel Vázquez, El ruido de las cosas al caer que también tiene a los hipopótamos como símbolo central de la historia, pero diferimos en nuestro tratamiento, en nuestra visión sobre estos animales y su significado en la historia reciente de la violencia que aqueja tanto a Colombia como a México.

 

—¿Qué has encontrado en la poesía que no tienen otros géneros literarios?

La libertad de experimentar con temas, ideas, la libertad de plantear posibilidades sobre cómo analizar, acércame y contar la realidad que me rodea, la posibilidad de interrelacionar lo que pienso, siento, con lo que vivo y veo en el mundo exterior. Sé que vivimos en la era de la novela, de la narrativa, pero la poesía puede acercarse a la vida desde otra perspectiva, desde otra dimensión, desde una óptica cortada, sesgada si se quiere, por la subjetividad más pura. Lo que la poesía me deja es justo eso, la libertad de contrastar mis ideas y mis fundamentos con el mundo, de confundirlas con las opiniones de los otros, con los sentimientos de los otros.

 

—En la actualidad, ¿cuáles son los poetas que frecuentas?

Siempre estoy regresando a ciertos poetas que me marcaron, que considero esenciales: Pacheco, Gamoneda, Derek Walcott, Szymborska, Paz, Villaurrutia, López Velarde, José Carlos Becerra, Kenneth Rexroth, Seamus Heaney, Juan Gelman, Panero, Pessoa. Su relectura siempre me genera gozo, es regresar a casa, pero también siempre estoy tratando de leer a poetas de mi propia generación, o más jóvenes, me gusta mucho José Eugenio Sánchez, Rocío Cerón, Alejandro Tarrab y entre los poetas más jóvenes, hay muchos que leo, como Karloz Atl, Javier Raya, Jorge Posada, Rojo Córdova, Maricela Guerrero, Víktor Ibarra (mejor conocido como “Genki”).

Es una lista enorme de poetas que me han marcado y que disfruto e intento leer regularmente, porque no entiendo la vida sin poesía, sin la belleza de las palabras, del lenguaje.

 

—¿Por qué elegir la escritura de asuntos violentos y dolorosos para la población?

En realidad, creo que no escogí el tema, al contrario, el tema me escogió a mí. Hace unos años formé parte de un colectivo de poesía multimedia que se llamaba “Los Salvajes de Ciudad Aka”, junto a Carlos Ramírez. Los dos somos de dos partes muy alejadas de la Ciudad de México: Peralvillo y Tlatelolco en mi caso, Nezáhualcoyotl y Chimalhuacán en el suyo. Cuando iniciamos el proyecto pensamos en un tema sobre el cual los dos pudiéramos escribir y éste fue el de la Ciudad de México, sus calles, sus recovecos, sus largas distancias, lo doloroso y difícil que es vivir en ella.

Este colectivo inició sus trabajos también durante el gobierno de Felipe Calderón, por lo que el tema de la violencia, los muertos del narco, las masacres, los desaparecidos fue ocupando mayor espacio en los medios y en la discusión pública. Lo cual me alarmó. Vengo de un país, Colombia, que fue víctima de la violencia de distintos colores ideológicos, mi familia es de una zona de Colombia que vivió la violencia de manera cercana, yo viví en Colombia hace doce años y lo que veía en las noticias, en los libros, era un análisis profundo sobre una violencia que había desgarrado al país durante cincuenta años.

Pero se hablaba de la violencia, se analizaban quienes eran los actores, qué los había llevado a actuar de determinada manera. Se hablaba de derechos humanos, se hablaba de las víctimas. En México no pasaba eso. En México, desde la década de los noventas ves y escuchas a los políticos, a los funcionarios públicos, a los medios de comunicación, culpar a las víctimas de su suerte. México es un país que no le gusta hablar de sus tragedias. Que las esconde. Y tenemos una clase intelectual que históricamente estuvo arropada por el poder, que creció a su sombra, que vivió de los presupuestos, una clase intelectual que históricamente trabajo como funcionarios públicos. No digo que este mal, sólo creo que esta cercanía los hizo adoptar los discursos y las maneras del poder. Ser condescendientes con el discurso y la narrativa histórica del poder. Y es una clase intelectual que ha hecho oídos sordos y que ha cerrado los ojos ante la tragedia que vive el país. Con sus excepciones, por supuesto, que las hay y son muy valiosas.

Pero me parece que la historia va a juzgar a este país, por los más de treinta mil desaparecidos, por los más cien mil muertos que cargamos en nuestras espaldas. Esas son cifras de una guerra civil. Y sí la gente no quiere verlo, no quiere hablar de eso, a mí me parece que estamos cometiendo un error histórico. No me puedo quedar callado ante eso. Pero debo decir que el tema de la violencia es solo uno de los temas que me interesan, que me duelen. No todos mis temas poéticos tienen que ver con el dolor y la tragedia, pero por supuesto es uno de los temas con los que la gente, los lectores, me identifican.

 

—¿Aún es posible hablar de una poesía del compromiso social? ¿Eres una poeta comprometido?

Soy un poeta comprometido con mis temas, como todos, pero me interesa preguntarme quién soy, cómo llegue a ser lo que soy, de dónde venga, de dónde viene mi familia, qué nos hace ser. Me interesa la memoria, y por lo tanto me interesa la historia particular de mi país (tengo mi alma en Colombia y mi corazón en México, por lo tanto, puedo decir que me interesa la historia que cruza mi continente, sus similitudes, sus diferencias). Me interesan las palabras, las ideas, los enfoques culturales.

Con eso estoy comprometido.

Pero no me interesa hacer apología de algún pensamiento político, de algún partido político, de algún candidato. Tengo una posición política, porque la política nos cruza todo el tiempo. Pero no me interesa comprometerme con una causa o posición política. Mi compromiso es con los temas humanos, con los sentimientos humanos, nada más.

 

—La violencia se instala en la conversación diaria, incluso en su vertiente más radical. ¿Qué puede encontrar el lector preocupado por la situación actual del país en tu poesía? ¿Piensas en los lectores al abordar tu escritura?

Reflexiones, dudas, acercamientos a las posiciones y las historias de las víctimas. La violencia es un tema muy amplio con causas muy profundas y muy arraigadas. No es el narco el que genera la violencia. Es la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidad, la falta de educación. Esas historias son las que me interesan, las que quiero conocer, las que quiero contar de alguna manera a través de mi obra.

No me interesa “contar” la violencia, me interesan las historias de los seres humanos, de las personas, que viven, que sobreviven, que sufren la violencia.

 

—Has publicado dos libros de poesía. ¿Cuál ha sido la respuesta de tus lectores?

La respuesta de los lectores ha sido siempre muy positiva, las personas quieren escuchar poesía, están ávidas, ansiosas por aprender, por conocer más. México es un país muy rico culturalmente, y esa cultura viene de sus personas, de sus ciudadanos, entonces cuando uno les habla honestamente, sin falsas pretensiones intelectuales, la respuesta siempre es positiva.

En una ocasión, hace un par de años, leí el poema de “Los Hipopótamos de Pablo Escobar” en la feria del libro del Zócalo, y al finalizar un señor se me acercó y me dijo que no le había gustado el poema porque “contaba cosas” y la poesía debería hablar desde el interior. Me llamó la atención esa idea. Tal vez mi poesía si “cuenta cosas”. No lo sé, pero lo cierto es que me interesa el diálogo con los lectores, me interesa conocer sus opiniones, y eso siempre puede abrir puertas para platicar, discutir, intercambiar opiniones. Al final, creo que la poesía, la literatura es eso, un diálogo, un acto comunitario.