3. El V Centenario

 

Al menos por lo que hace al entonces Distrito Federal, podrían dividirse dos generaciones claramente diferenciadas en los punks de la primera época: los de la década de los ochenta y los que brotaron en la década de los noventa, por un efecto de polinización a través del tianguis del Chopo. Denominaré a la primera, a falta de términos más precisos, la generación de los “punks-banda” y a la segunda la de los “punks-chopo”. Las diferencias entre ambas generaciones fueron radicales, aunque hubo eventos que lograron hermanarlas hasta fundirlas en una sola.

Los “punks-banda”, que germinaron en zonas de marginación y pobreza, enfrentaron el difícil proceso de introducción de la estética a un entorno hostil, no globalizado, fuera de sincronía con los tiempos del mundo. Fue un periodo en que se asoció el punk con la delincuencia, la drogadicción y la vagancia. Esos “punks-banda” eran arrestados por la policía por motivos de apariencia, por ejemplo. Debían organizar sus conciertos en lugares de difícil acceso y la mayoría de ellos terminaban con la intervención de la policía y muchos detenidos, fuera por posesión de drogas, lesiones o por daño a la propiedad pública o privada. Era una generación muy reactiva y de escasa tolerancia con la diferencia, si es que admisible la paradoja. A mayor marginación, menor capacidad de apertura. Fue un segmento generacional enconchado en sí mismo.

Los méritos de aquellos “punks-banda” son impagables. Allanaron el camino para que llegara la nueva generación, menos retadora con la autoridad, a establecer un sistema organizado de intercambio de material relacionado con el punk, fuera de música, indumentaria, material gráfico de contrainformación y otros insumos para armar un ejército de “punks-chopo”, que aprendió a respetar el entorno en los conciertos, con el objetivo de disfrutar la música y mantener a raya a la policía. La puesta en marcha del ensayo-error, por la generación anterior, dejó un saldo lamentable de vidas perdidas, libertades tras las rejas y, finalmente, una actitud que no focalizaba la rebeldía más que para la autodestrucción.

Los “punks-banda” se preocupaban por cuidar el “barrio”, una agrupación de colonias con distribución casi azarosa. Una forma de gregarismo primitivo encaminado a la protección de una comunidad vulnerable. Su forma natural de congregación era la pandilla, que funcionaba como un elemento de cohesión para luchar contra la dinámica de una sociedad que imponía la marginación/migración por motivos económicos. El cierre de la década de los ochenta fue un peregrinar de fuerzas políticas en el mundo. La caída del muro de Berlín fue promulgada como la victoria del mercado y el fin de un sueño. Los “punks-banda”, escasamente politizados, disfrutaban con quejarse de la policía, drogarse con solventes y suscribir el célebre “No future” de los Sex Pistols.

A la par, se movían casi fuera de la sociedad. La falta de costumbre de la sociedad mexicana de ver individuos con esa indumentaria, los arrojaba al ostracismo y a la marginación. Se asumieron odiados y perseguidos, lo que derivó en su carácter hosco de permanente enfrentamiento con una sociedad que debía trabajar para ganarse el sustento. Era usual leer en la prensa que un enfrentamiento entre “pandillas” había dejado tres, cinco, diez muertos. La policía optaba por no meterse y sólo llegar a levantar los cadáveres. A su modo de entender, aquello era una solución a la falta de oportunidades. Ellos por mano propia terminarían por aniquilarse unos a otros.

El comportamiento de los “punks-banda”, lejos de allanar la aceptación del punk en México, levantaron más aún la bandera roja. No sólo eran peligrosos en lo individual, sino que también podían generar trastornos sociales. No sólo debía vivirse prevenido de la inflación, el precio del dólar y del barril de petróleo, de conservar el trabajo cada seis años. Otra amenaza de música estridente y actitudes antisociales, se cernía sobre el porvenir de la infancia y la juventud mexicana. Pese a lo anterior, el punk había llegado para quedarse.

La década de los noventa inauguró con problemas mayores. Lo primero que destellaba en el horizonte era la celebración por el V Centenario del Descubrimiento de América, a tener verificativo en 1992. El mundo entero se volcó a generar un entorno favorable al descubrimiento. No obstante, en muchos países de América inició el revisionismo histórico sobre la actuación de los españoles. ¿Había realmente motivos para festejar? ¿A cuánto ascendía el número de muertos? ¿Y las cifras de la Inquisición? ¿Fue legítimo imponer una lengua, una religión, otro modo de entender el mundo, a partir de una decisión papal? Las preguntas siempre fueron y siguen siendo más que las respuestas, pero ya es un hecho consumado. El debate encendió los ánimos a todos los niveles. Los medios oficiales se aprestaron a subrayar una versión de la historia, la que hace hincapié en los beneficios por encima de las pérdidas.

Para entonces ya se acariciaban ideas de “mercados comunes”, lo que años después desembocaría en una liberalización de los mercados y la “globalización”. El fervor por un mundo único, en el cual hubiese espacio para todos, se incrementó con los festejos por el V Centenario. Un mundo sin fronteras, en el cual el libre tránsito de personas estuviese garantizado, daba la pauta para lograr un equilibrio universal, que se interrumpía sólo de manera intermitente por algunos conflictos bélicos. Buscó darse a ese “encuentro de dos mundos” una interpretación favorable. Se resaltaron los intercambios comunes, los beneficios de ambos lados, la idea del sincretismo como la fórmula para lograr una convivencia efectiva de todos los pueblos.

Desde el punk, desde su observatorio minoritario —casi un gueto voluntario, en realidad—, se ofreció una versión alternativa. Dado que aquellos fueron hechos de sangre, de intervencionismo en nombre de la cruz, se fortaleció la idea con canciones negativas sobre la perniciosa influencia del poder temporal por encima del eterno. La iglesia católica, a la que ya de antes se le consideraba como un enemigo acérrimo de los punks, que asimilaban la riqueza vaticana a la avaricia, además de las repetidas ocasiones en que la jerarquía apostólica dio respaldo a regímenes autoritarios, se transformó en un monstruo de mil cabezas. El enemigo encarnó en los administradores del reino de los cielos.

A lo anterior, la visita a México de la agrupación española La Polla Records, en 1990, resultó fundamental para encauzar el rencor hacia la jerarquía católica. La Polla, de origen vasco, era una banda que estaba activa desde 1979 y había editado discos con canciones que fueron una referencia obligada lo mismo para los “punks-banda” que para los “punks-chopo”. La Polla aportó canciones fundamentales que fueron coreadas para sorpresa de sus integrantes, tanto en el ex Balneario Olímpico de Pantitlán como en el Teatro Blanquita, ambas sendas representaciones del poderío del punk en lengua española. La agrupación sostenía que los hechos del V Centenario no debían conmemorarse, lo que generó una posición unánime en cascada.

En una época sin internet, las ideas circulaban de boca en boca y la contrainformación se goteaba entre los enterados. Visto a la distancia, parece increíble la influencia que podían tener los integrantes de una banda musical, pero entonces así era. Era un entorno menos crítico, menos accesible de entender. En poco menos de treinta años, la circulación de ideas se alteró de modo sustancial. Ahora muy escasamente alguien incorpora a su vida lo que diga un músico, pero entonces la prensa libre era una aspiración antes que la posibilidad.

Otra de las bandas icónicas de la escena, los también vascuences Eskorbuto, visitaron México en 1991, en donde se presentaron en varios conciertos, las más de las veces arruinados por punks que asimilaban el desorden con la “anarquía” y el portazo con la libertad de tránsito. Esta banda es una de las más célebres de la escena española y sus canciones se mantienen tan vigentes como cuando se coreaban por muy pocas personas. El entusiasmo que le generó a los integrantes de Eskorbuto la visita a México, quedó registrada en Eskorbuto. Historia triste (2004) de Diego Cerdán, en donde se da cuenta de la perplejidad de sus integrantes al saber cómo eran estimados en este país, además del recuento final y trágico de jóvenes consumidos por las drogas. Porque dos de los miembros de Eskorbuto fueron parte de las bajas producidas por el uso de drogas duras, en particular de la heroína.

Las drogas empezaron a ser un problema incontrolable de salud pública desde la década de los ochenta, para abrir la siguiente década como un asunto prioritario de la agenda nacional. Los jóvenes, siempre más vulnerables que el resto de la población por su ansia de experimentar, se olvidaron de la búsqueda espiritual de la generación anterior para adentrarse en la explotación más hedónica del placer. Las drogas debían vivirse como una experiencia al riesgo o no debían utilizarse. Trainspotting (1993), de Irvine Welsh, da cuenta de ello en gran parte de su novelística —sus personajes son individuos en una era postpunk—, aunque lo hace con absoluta claridad en esa novela, llevada al cine y vuelta un filme de culto por su imaginería destructiva con sesgo irónico.

La Polla Records y Eskorbuto tendieron un puente entre los “punks-banda” y los “punks-chopo”. Los primeros, ya con una familia a su cargo, debieron migrar a otras opciones de la participación social, mientras que los segundos, en plena juventud, dedicaron sus energías a la exploración de la música en un diálogo sostenido con el entorno urbano. Las grandes escenas del punk en México se lograron (y acaso nadie las registró) cuando ambas generaciones se dieron la mano para llevar a cabo proyectos en conjunto. Las “tocadas” en el ex Balneario Olímpico de Pantitlán y en el Teatro Blanquita, se organizaron antes de que existiera Ocesa, lo que significa que se luchaba a mano limpia contra los problemas de logística y organización y la falta de recursos. Así, un concierto exitoso era un triunfo colectivo, una victoria de la “escena”, y no sólo billetes para los organizadores.

Esta profesionalización de los conciertos de punk, que llegaría un poco más tarde, cuando los empresarios de la industria eligieron correr algunos riesgos, ha emborronado para bien la imagen del punk como un ser antisocial. Lograron, en parte, domesticar a la bestia. Ya es difícil escuchar que algo malo sucedió en algún concierto, que transcurren ajustados a la dinámica de la industria. La época “cruda” de su consolidación se aleja en el tiempo. Aparecerían otros movimientos musicales, como el grunge o la música electrónica, aunque ninguno con el puño en alto, con el deseo de rediseñar la maquinaria social. Vendría una celebración de la individualidad hasta el punto de enarbolar el suicidio como mecanismo de salida (Kurt Cobain).

Quizá la lección del punk —y no me refiero al punk de vitrina, escandalizante gratuito— fue allanar el camino para que los nuevos movimientos no fuesen recibidos a garrotazos. Se cansaron de hacerlo con el punk y terminó en el suelo, con sangre en el rostro. Todo se puede poner en una jaula para que cante con un tronido de los dedos.