[Desde su independencia, el escritor de origen español nacionalizado mexicano, Pablo Paniagua, ejerce una forma insobornable de escritura. Es una figura recurrente en las ferias del libro del país, en las que ofrece mano a mano los títulos que escribe y publica, con una vocación de apóstol tan apasionada como instintiva, tan necesaria como redentora. La publicación de las novelas Nadine (2016) y 18 centímetros (2017), lo confirman como un escritor que preferiría un ostracismo polar a ceder una pizca de libertad. Ambos son relatos de contenido sexual explícito, en las cuales la genitalidad termina por dinamitar la vida de los individuos que las padecen sea como herramientas de tortura o placer, según sea el —des/afortunado— caso. Paniagua, que hace de la incorrección política un modo de relacionarse con el mundo, sin complejos o aprehensiones, planta cara a las sangrías habituales del linchamiento mediático, que aturden a propios y extraños, pero que en su confusión lesionan a quienes enarbolan posturas ideológicas lejos del pensamiento único. A resultas, Paniagua quizá sea el último disidente. Sobre el actual entorno de violencia en las redes sociales, y la publicación de la trasgresora novela 18 centímetros, el “monólogo de un depredador sexual”, sostuvimos esta conversación.]

 

 

—¿Por qué escribir la novela 18 centímetros?

Tenía ganas de redactar un monólogo sobre sexo, ésa fue la idea inicial, y me inscribí, para obligarme, en una tutoría de novela con Eusebio Ruvalcaba, además siempre trato de ir a contracorriente de lo que marcan las modas del mundo editorial, y por ello hago, en el mismo sentido, una suerte de parodias como crítica a la banalización de la literatura (La novela perdida de Borges como respuesta a las novelas de intriga o temas en la línea de El código da Vinci; Nadine como réplica ante las Cincuenta sombras de Grey e historias semejantes).

Aunque con 18 centímetros voy más allá y elaboro un monólogo sobre sexo cuando la libertad de expresión y creación se ven amenazadas por la intransigencia del feminismo radical. 18 centímetros, por tanto, es una respuesta o reacción ante la nueva ola de mojigatería feminista. Hay que estar al día…

 

—¿Has recibido comentarios sobre 18 centímetros?

Es una obra reciente y tengo apenas unos cuantos comentarios. Eusebio Ruvalcaba me estrechó con fuerza la mano y dijo al despedirse: “Encantado de conocer a un escritor con huevos”; y un buen lector comentó que es una novela arriesgada para los tiempos actuales. Eso ya es una referencia…

La portada del libro, con ese chorizo rojo, echa un poco para atrás a ciertas personas, aunque la prefiero así para que no caiga en manos equivocadas. No quiero engañar ni ofrecer una lectura sobre sexo a quien no lo desea.

 

—¿Por qué te parece necesaria la incorrección política?

Al inicio de la novela, en un epígrafe, ya señalo que hacer lo contrario sería “propaganda”, pues de ser así anularía cualquier pretensión de adjudicarle fondo y sustancia a una obra que asume sus riesgos para trascender dentro del género erótico y más allá, ampliando los horizontes o fronteras de dicho género por medio de la crítica, el humor negro y el sarcasmo. Es una manera de hacer literatura comprometida, que no vuele a ras de suelo, pues el intelectual genuino cuestiona la realidad, discrepa del poder y genera corrientes de opinión. No escribo para entretener sino para expandir conciencias.

Prefiero novelas con un buen fondo, como Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline, o los Trópicos de Henry Miller, a la superficialidad de Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. Así de simple.

 

—Tu novela anterior, Nadine, igualmente es muy incorrecta. ¿Por qué escribir sobre asuntos a los que nadie quiere acercarse?

No es cierto que el sexo sea un asunto al que nadie quiere acercarse, sino todo lo contrario, porque es algo inherente a la especie humana: todos existimos gracias al impulso de un deseo sexual. El sexo interesa y mucho (de ahí se desprenden socialmente las actuales modas del feminismo y la homosexualidad que atañen a los géneros y preferencias: tener un pene o una vagina entre las piernas te condiciona de por vida), y lo vengo a ratificar con Nadine, pues a pesar de su crudeza es una novela muy admirada por los lectores, ya sea por el tratamiento del humor negro o por la forma original de su escritura.

Nadine, por ahora, supone mi mayor éxito a pesar de que esté prohibida en Amazon (me suspendieron la cuenta por tres días y amenazaron con suprimirla si intentaba publicar material de ese tipo), hecho que confirma la ignorancia literaria de los burócratas al mando de Jeff Bezos cuando ejercen la censura en contra de la libertad de creación, además de banalizar el negocio editorial.

 

—¿Cuál es tu visión del feminismo actual?

Me sorprende y entristece comprobar que la lucha por la igualdad de géneros cayó en el absurdo de quienes ensalzan el feminismo radical, así como una corriente obscurantista a la que cada vez se suman más personas. Es lógico y de justicia que las mujeres, como cualquier persona, deben gozar de los mismos derechos frente a los hombres porque todos debemos ser iguales ante la Ley. De ahí la contradicción de un feminismo que establece barreras entre los sexos, más aún cuando se lucha por borrar esas mismas diferencias.

Y este absurdo, que roza el fanatismo, se implanta socavando la libertad más elemental, como cuando en el Reino Unido y en Alemania censuran la obra plástica de Egon Schiele tachándola como pornográfica; cuando las bellezas de la Fórmula Uno se quedan sin trabajo por ostentar sus atributos; cuando se corrompen las reglas gramaticales de un idioma para delimitar esa propia diferencia (como el caso de la ignorante Irene Montero con la invención del término “portavozas”); cuando conquistar sentimentalmente a una mujer, dependiendo si le gusta el candidato, podría ser considerado o no como acoso sexual; y así, paulatinamente, se instaura e institucionaliza ese nuevo oscurantismo que propicia o viene de la mano de una tendencia puritana y mojigata que vicia la normal relación entre el hombre y la mujer.

 

—¿…y del feminismo radical?

El feminismo radical no es otra cosa que la versión, en el polo opuesto, del machismo más intransigente, ese feminismo que sentencia de antemano a los hombres como cerdos, y así lo piensan y sienten eliminando toda presunción de inocencia. Ahora se condena lo masculino y los hombres son culpables a priori, invirtiéndose, de tal modo, los métodos discriminatorios que se pretenden derribar.

No cuestiono la lucha en contra del abuso sexual que sufren muchas mujeres, de la cual excluyo a aquellas actrices que se rebajaron para figurar en el reparto de una película y que ahora, con el paso del tiempo, denuncian una transacción económica que bien les sirvió para posicionarse en su carrera; y no cuestiono, asimismo, la violencia familiar y psicológica que pueden sufrir tanto los hombres como las mujeres. La diferencia no estriba entre ser hombre o mujer, sino en la calidad de cada individuo.

En los países europeos, y en otros tantos de Occidente, la igualdad de género está garantizada por ley porque así es para todas las personas, e incluso las mujeres se ven favorecidas cuando se dirime la custodia de los hijos, de ahí que la actual campaña, promovida por un feminismo neurótico y enfermo, no posea la legitimidad que sí merecería en aquellas sociedades, islámicas y de otra índole, donde prevalece la opresión sistemática en contra de la mujer, opresión que las feministas occidentales desprecian con hipocresía mientras se miran al ombligo en su “lucha feminista de clases”.

Ahora cualquier hombre puede ser acusado por venganza de violador o acosador, y ser condenado sin pruebas, sea culpable o no, por el conjunto de la sociedad. No resulta lícito intercambiar la violencia machista por la violencia feminista, pues sitúa a las mujeres en el lado del mal que quieren combatir. Se deben perseguir los delitos de género sin caer en la satanización de lo masculino, sin caer en el odio hacia la parte contraria, sin hacer gala de un puritanismo mojigato que condena la exhibición del cuerpo de la mujer o su simple belleza.

 

—Todo parece indicar que el enemigo a vencer es el machismo. ¿Aún tiene la misma fuerza de antaño?

No pongo en duda la existencia del machismo y sus abusos, pero tampoco se puede obviar la importancia de los matriarcados. En muchas familias mandan las madres, y los padres e hijos están a sus órdenes. Eso también es feminismo, el de hechos, no el de odio y palabrería, de venganza, pues defiendo el raciocinio de aquellas mujeres que lucharon por el voto y la igualdad. No todo es blanco y negro, la gama de grises es muy amplia. Hay hombres malos y mujeres de la misma condición. Que se persiga a los delincuentes y se los condene. No caigamos en fanatismos, los extremos no son buenos.

Como autor de un par de novelas con acento de sexo explícito, me rebelo en contra de ese feminismo paranoico que coarta y censura la libertad de creación, ese feminismo que arrebató la intransigencia a los moralistas. ¿Cuándo comenzará la quema de libros? Por lo visto, la Santa Inquisición ya regresó…

Lo políticamente incorrecto, ahora más que nunca, asume una posición crítica y estética, más cuando las feministas radicales hablan de “empoderamiento”, o sea, de hacerse con el poder en sus diferentes áreas de influencia; y para lograr ese “poder” (palabra odiosa) siempre es preciso utilizar algún tipo de violencia (ya sea verbal o física) para someter a la parte contraria o al conjunto de una comunidad o sociedad, y así el feminismo logra emparentarse con el machismo. Las personas deben ser iguales, en derechos y obligaciones, por encima de cualquier género. Ésa es mi conclusión.

 

—Actualmente, las personas sienten temor de manifestar su opinión sobre el feminismo. ¿A qué se debe esta situación?

Al linchamiento social, en las redes y medios de Internet, por parte de una masa gris de personas mediocres que toman dicha posición por ausencia de personalidad, así como borregos alienados por las modas y la banalidad rampante de la Civilización Supermoderna, que elimina la libertad más elemental y toda presunción de inocencia ante esta nueva Santa Inquisición, y así aparece la autocensura ante el miedo que provoca el totalitarismo feminista: es un signo más del Final de los Tiempos.

 

—Lo cual nos lleva al delicado asunto de los linchamientos mediáticos. ¿Qué opinas de ellos?

En ellos se muestra la barbarie y superficialidad de la Civilización Supermoderna, la mediocridad de las masas enajenadas, el supeditar tu opinión a la generalidad, más cuando son linchamientos de orden moral. Los ignorantes son manipulables y así nos quieren. En todo humano hay un asesino potencial… La solución es evolucionar en conciencia, ser posthumano…

 

[Imagen cedida por PP]

 

—¿Cuáles son los retos que enfrenta un autor independiente?

En lo principal, dar salida y promocionar tu trabajo frente al mainstream del mercado editorial, de las modas impuestas por los grandes monopolios y editoriales al caso… El medio es adverso pero queda la periferia, lo alternativo, lo contracultural como respuesta, tomar esa línea discursiva que marca distancias frente a la “cultura oficial”. Escribir, entonces, se convierte en un acto de resistencia, pero incluso así merece la pena continuar con esa recompensa de tener lectores.

 

—Finalmente, ¿eres un escritor español o mexicano? ¿Cómo se asume Pablo Paniagua?

Nací en Madrid pero estoy naturalizado mexicano desde hace años. No creo en fronteras ni en nacionalismos porque soy ciudadano del Planeta Tierra, mi visión trasciende más allá de cualquier horizonte. Soy un escritor rockero, eso sí.