Luis Goytisolo explicó en 1988 su forma de entender el resistencialismo: “La palabra resistencialismo fue acuñada, allá por los años sesenta y comiendo de los setenta, entre Madrid y París, sin olvidar Barcelona, Bilbao, San Sebastián y Ginebra. Recibía en principio el nombre de resistencialista todo aquel que dedicaba su existencia al antifranquismo”. Esto es, como una forma de minar los poderes fácticos, en aquel tiempo el régimen de Franco.

Continúa: “Fuese parcial o casi total esa dedicación, el resistencia lista, más que un hombre de partido era hombre de contactos. Vamos, un conspirador”. Y más adelante, concluye: “Así que, más que en la oposición, [los resistencialistas] están en la resistencia” (El País, 24 de agosto de 1988). Todas las cursivas son de Goytisolo.

Hasta aquí, una modalidad histórica del término, utilizada de esa forma durante los últimos años del franquismo.

De un modo extendido, traído al presente, el resistencialismo encarna una posibilidad de vertebrar un modo frontal de oposición a la ruina del mundo, a través de actos de resistencia individual o colectiva. Anoto otro perfilamiento:

1.

La prioridad del resistencialismo es la preservación del “yo”, pese a que esto pueda actuar incluso en contra de la sobrevivencia material del individuo. El estado actual del mundo lucha por disolver ese “yo” hasta dejarlo irreconocible, día a día, a través de un incesante deslizamiento de imágenes superpuestas y hasta contradictorias, actuando para que cada momento se experimente como un reinicio. Es el culto a la disolvencia.

2.

El estado del mundo es un paisaje de ruinas. Esta idea de “ruina” es el código fuente que da la pauta del resistencialismo. Pese a lo anterior, lo que es una ruina para unos, podría ser una idea en construcción para otros, una tarea permanente de dar forma al mundo.

3.

La autopreservación es una prioridad del resistencialismo, sin embargo, no es posible invocarlo sin una actitud crítica del entorno. Nadie que ya no exista o lo haga en malas condiciones, puede intentar un viraje parcial o total de las condiciones de facto de la vida social.

4.

El resistencialismo se vuelve necesario cuando el canibalismo triunfa, de modo irreversible, por encima cualquier teoría de cambio social. Es la última posibilidad de reafirmar ese “yo”, acaso quimérico, que si bien anda a empujones entre los vaivenes del mundo, a medio camino entre los discursos infinitos de una realidad que sin ser onírica tampoco se rehusa a serlo, admite y hasta persigue una imagen nítida como estrategia de sobrevivencia. El resistencialista se dispone a recobrar la capacidad de ver.

5.

Siempre vendrán imágenes del exterior. Ecos de alguna lucha por evitar que un segmento poblacional imponga su voluntad a la mayoría. La democracia ha profesionalizado a una capa de administradores del hecho político, encargada de contener que no se desajuste la ingeniería social que organiza al mundo en la actualidad. El resistencialista es una herramienta de salvamento social, sea a partir de mecanismos democráticos o contra ellos.

6.

El resistencialismo obliga a plantar los pies en el suelo y a no cerrar los ojos incluso en el centro de la polvareda. Sin complejos, sin temores, sin palabras a medias y también sin afectar a terceros siempre que ellos no busquen afectarnos. La defensa proporcional siempre es legítima. Una herramienta puede ser internet o igualmente desconectarse, negándose a participar en cualquier iniciativa colectiva, eligiendo permanecer en una silla, lejos del tumulto que emborrona los rostros y, por lo mismo, fomenta el culto a la personalidad.

7.

Es posible ejercer cierta dosis de individualidad a partir de una postura resistencialista. Todo a nuestro alrededor busca infiltrarse para ejercer una influencia decadente. Si antes el enemigo fue el uso excesivo de la publicidad, en el tiempo presente son los propios individuos quienes actúan como agentes polinizadores del entorno. Nunca como ahora es tan fácil sembrar una tendencia en la sociedad, ya que sus componentes tienden a adoptarlas sin actitud crítica. Es la disolvencia del “yo”.

8.

Cualquier forma de radicalismo debe llamar para sí una dosis idéntica de resistencialismo. El resistencialista está obligado a desarrollar el instinto para detectar en qué momento una idea puede transformarse en imposición por decreto de una minoría activa y militante. Entonces inicia su labor de análisis y focalización de energías. En principio, debe protegerse a sí mismo, pero si surge la necesidad de ampliarse una base de apoyo, esta contingencia nunca deberá ir en contra de su propia preservación. Se aleja en el tiempo la época del sacrificio en nombre de postulados ideológicos. Lo que no ayuda a preservar el “yo”, incluso en medio de la turba, debe encapsularse antes de que su proliferación genere más estragos.

9.

Asumir el resistencialismo como una tarea de construcción personal equivale a liberarse de la responsabilidad compartida por el desastre cotidiano, ya sea que se actúe a través de pequeños actos, ya sea que se emprendan acciones de repercusiones planetarias. El principal adversario del resistencialista es el que él mismo se determine, de acuerdo al contexto. De lo primero que debe desconfiarse es de las hogueras colectivas, a donde acuden los monos aulladores por morbo y con ánimo de liberar la agresividad que les inocula la sociedad y su falta de resistencia a sus dictados.

10.

Las formas de resistencialismo no se pueden enlistar, ya que van desde prepararse un té de manzanilla y apagar la televisión, a bloquear una avenida o desnudarse en el metro. A cualquier forma de resistencialismo puede oponerse otra semejante y proporcional, y en eso radica la necesidad de un balance de fuerzas cuando algunos disponen de los medios necesarios para imponer una voluntad a otros, incluso si se hace en nombre de la justicia social o de cualquier otro principio. Más que nunca, la forma enfermiza del mundo requiere de una resistencia activa y, por lo mismo, de resistencialistas.