I.

 

Lo que opines sobre una obra literaria nunca será menos que lo que pueda opinar cualquier otra persona, sin importar quién sea. La lectura es un acto personalísimo y también lo serán las valoraciones que brotan de ella. El peso de una opinión ajena será el que cada quien le otorgue. Deja de lado las supersticiones para quienes se someten a su influencia por falta de confianza en sí mismos.

 

 

II.

 

Ejerce el acto de la lectura sin discriminar. Libros, revistas viejas, panfletos y fanzines, propaganda de los partidos políticos, trípticos de cualquier iglesia, publicidad inmobiliaria, instrucciones para uso de medicamentos, etc. No hay un solo producto escrito que sea incapaz de aportar materia a tu empeño de afilar el juicio para la valoración de objetos creados con intención estética.

 

 

III.

 

Cuida, por encima incluso de la claridad o el despliegue de talento, tu independencia. Es una elección, que si bien parece una delicadeza, es tan parte de tu obra crítica como el corpus de volúmenes que la conformen.

 

 

IV.

 

Persigue la transparencia en la expresión y afronta las posturas discrepantes con firmeza pero sin majadería. Tampoco sientas miedo de usarla, si es necesario. Cuida la higiene de tus juicios y en un debate con quienes juzgues interlocutores válidos, nunca te arredres. La razón no admite allanarse al cayado de una sola persona, de un grupo con influencia o de una turba con antorchas encendidas.

 

 

V.

 

La crítica es un diálogo con el mundo, no sólo con las obras escritas por otras personas en cualquier época y lugar. Asegúrate de que no suceda a gritos porque terminarás afónico. A la par, los demás a tu alrededor terminarán sordos y luego se alejarán de tus palabras.

 

 

VI.

 

Si sólo te interesa la crítica, está bien. Pero si tienes inclinación por la escritura de otros géneros y te arrojas a practicarlos, está mejor. El crítico evalúa objetos escritos de enorme complejidad y no puede permitirse —en beneficio propio y de los demás— la conformidad de resignarse a ser un individuo plano, de pocas aspiraciones.

 

 

VII.

 

Nunca sientas temor a manifestar tu opinión, ni aún en esta época de linchamientos y piras instantáneas. Si hay argumentos de peso que actúan en contra tuya, sea por desconocimiento o por falta de información, muéstrate franco. Dios mismo se arrepintió de crear al hombre. Pero si defiendes una convicción íntima, producto de una decantación del juicio, no te muevas pese a que se agite todo a tu alrededor.

 

 

VIII.

 

El lector se entusiasma con facilidad, pero el crítico debe mantener su temperatura a cero. A él toca apagar los flashes de la presentación de un libro recién publicado. Esto hace que apenas sea bienvenido en los salones de la literatura, ya que se le asociará con un aguafiestas aunque no se proponga serlo.

 

 

IX.

 

La crítica no es un asunto que interese a la mayoría, ni aún incluso a los lectores. Es frecuente que el crítico termine como una voz en el desierto y dedique sus energías, si no se menguan antes de lo previsto, a compartir sus opiniones con las dunas. Si detectas que necesitas el afecto de los otros, sea en forma de aplausos o de libros vendidos, elige con oportunidad la escritura de narrativa, en especial de temáticas actuales.

 

 

X.

 

Deja de lado este decálogo y elabora el tuyo a partir de las experiencias que debas enfrentar, según tu circunstancia. No hace falta que caigas en la tentación de hacerlo público, como yo lo hice, sólo para ejemplificar una elección crítica.