Morir con cuarenta y dos años es una tragedia, pero lo es más aún si respondías al nombre de Harris Glenn Milstead y además adoptaste el sobrenombre de “Divine” (1945-1988). Imposible olvidar que él/ella saltó a la “fama” con su intervención en Pink Flamingos (1972), dirigida por John Waters, y en específico por la escena brutal —no hay otro modo de calificarla— en la que “Divine” se agacha para devorar sin gesto de asco la mierda de un perro que recién había defecado en la calle. Se requieren agallas o el tipo de locura que ya no es atendible para hacer algo semejante. “Divine” lo hizo y además para la pantalla grande. Aquello lo marcaría para siempre. Después se sabría que no hubo trucos para filmar la escena. Al menos es lo que él/ella explicó para I am Divine (2013), documental dirigido por Jeffrey Schwarz en el que se da cuenta de sus momentos de gloria y, al final, de su solitario declive.

[“Divine” en una escena de Pink Flamingos]

Quien la conoce está enterado de que “Divine” eligió el sendero de los anormales al igual que Johnnie Baima, alias “Sandy Crisp” (entre otros alias), para quien la tragedia de padecer polio lo acercó y lo alejó de sus sueños. Una marea de vida en la que apenas es posible hallar algún punto fijo en el inmenso espacio de la vida americana. La vida nocturna, con todo su develo y crueldad, magnificencia y falso decoro, nutrió a “Divine” con las experiencias al lado de los personajes más excéntricos, entre ellos, decenas de drag queens y otras modalidades de maximizar la vivencia al margen de la sociedad. Es pasmoso reconocer que el periodo cinematográfico de Milstead se extiende por más de veinte años en el tiempo. Es un recorrido que va desde la marginalidad más absoluta de Mondo Trasho (1969), a otras entregas con más aceptación por el público como Polyester (1981) o Harispray (1988).

La vida de Milstead sucedió en un ir y venir entre estaciones que iban del cine a la música, a la actuación y a la celebración del mal gusto como herramienta de confrontación con los valores establecidos. A su modo, siempre hilarante, “Divine” se burló de todas las instituciones. Ejerció una estética de lo inacabado o mal hecho que ganó miles de adeptos en la década de los ochenta y tuvo en los filmes de Lloyd Kaufman a unos de sus representantes más extremosos. Pero los modos de vida alternativos siempre exigen una cuota a cambio. “Divine” se vio forzada a cantar pop y música disco, a participar en ese mundo bizarro de entretenimiento que atrae a individuos muy enfermos de la cabeza, y si bien se empeñó en ser una drag queen contra todos y contra todo, nunca dejó de dar tumbos para sobrevivir a las exigencias de su propio sueño americano.

Es otro caso en los que el abuso de las drogas y los excesos de vivir sin límites, dinamitaron su salud. El suyo es un ejemplo de cómo puede llevarse a fondo la experiencia marginal, pero ejercida con una sonrisa en la boca. Debe reconocerse que apenas perdió el humor y ese modo chispeante de asumir su pobreza y la dolorosa lejanía de la industria de Hollywood, que se olvidó de él/ella por completo. Por lo que hace a su música, ésta casi se ha olvidado casi por completo. Su imposibilidad virtual de desasociarse de Waters la encasilló en su papel y posibilidades. Imposible pensar en “Divine” para actuar en cualquier otro personaje que el que puede verse en Pink Flamingos, de ese tamaño es la fuerza de su performance. Esto lo/la orilló a actuar en producciones de bajo nivel, de las cuales ya no pudo distanciarse.

Luego de treinta años de su desaparición, vuelvo a sus películas con Waters para comprobar que el binomio que alcanzaron juntos jamás se repitió. Pink Flamingos aún es lo más visitable de este director, que tampoco logró salvarse de terminar como un gurú del mal gusto. Quizá ese fue su deseo y en realidad lo consiguió. Ahora, celebrar a “Divine” implica confesarse atraído por el micromundo de prostitutas y drogadictos, padrotes y mujeres que no sólo aceptan la violencia contra ellas, sino que además la buscan y fomentan. El mundo es más diverso que los retratos hegemónicos de una Norteamérica feliz consigo misma, dentro de un vientre de riqueza y celebridad instantánea. El modelo de “Divine” existe y no deja de reproducirse.