En un impensado golpe de reversa, el feminismo radical lanzó al estrellato el volumen titulado El libro negro de la nueva izquierda: ideología de género o subversión cultural (Unión Editorial, S.A., 2016), escrito por Agustín Laje (Córdoba, Argentina, 1989) y Nicolás Márquez (Ramos Mejía, Buenos Aires, 1975). Hago referencia a que fue “impensado” porque nadie habría reparado en él, mayormente, de no ser porque los autores han sido acosados de manera reiterada en eventos públicos por partidarios (hombres y mujeres) del feminismo radical y, en general, porque la vulgata del propio feminismo, polinizado en las redes sociales, ha hecho de ese libro otro enemigo a vencer. Atestiguamos la construcción voluntaria de un muro en donde no hay nada más que un panfleto, al parecer soportado por documentación sólida, en contra de los avances en el reconocimiento al feminismo y a los modos, cada vez más incomprensibles, de la diversidad sexual en el mundo contemporáneo.

El título del volumen, escrito a dos manos aunque con dos segmentos firmados en lo individual, es una apropiación desmedida del imprescindible Libro negro del comunismo (1997) de Stéphane Courtois, uno de los recuentos menos debatibles jamás escritos sobre la estela de muertos que dejó la implementación del comunismo en el mundo. Una escandalosa cifra de 100 millones de muertos, en contraste con los siempre debatidos 6 millones de judíos que habrían sido asesinados durante la Segunda Guerra Mundial por los alemanes, ofrece la posibilidad de calibrar qué tanto daño generó un programa político y otro. Courtois, en colaboración con diversos especialistas, hizo una disección pormenorizada del costo humano de poner en marcha las ideas de Marx. El pensador alemán, en su llamado a la praxis, que gravita en el centro mismo de toda la ideología marxista, habría considerado que en la conquista de la libertad muchas cabezas irían al suelo, pero esas cabezas no fueron de las élites sino de la población menos favorecida, sometida a hambrunas como el Holodomor o la que se padeció en China, los campos de concentración, trabajos forzados y demás barbaridades para sofocar la diferencia, y que ahora se minimizan como si se tratase de apenas nada. El costo de la desmemoria es alto, más aún cuando se trata de vidas humanas.

Es oportuno este subrayado sobre los estragos del comunismo en el mundo, porque tanto Laje como Márquez utilizan ese fracaso del marxismo para trenzar sus excesos con el actual declive de la sociedad occidental. El título del volumen se lee desmedido porque está acotado a visibilizar los excesos de la ideología de género en sus dos vertientes (feminismo y diversidad sexual), y no es un compendio exhaustivo de las tropelías de la izquierda actual, hoy a tumbos, diezmada por el descrédito y huérfana de un proyecto político en marcha en el cual apoyarse para decir: “miren por allá, la utopía es posible”. La izquierda actual, debe decirse, es nostálgica y rencorosa, desmemoriada y criticona por encima. Incapaz de calibrar los estragos que generó en el pasado, se escuda en la condena clásica del capitalismo, lo cual es una comodidad pues no requiere demasiado análisis para verificar sus desbalances. Los países que aún profesan las doctrinas del comunismo, así sea de modo parcial, sobreviven minoritarios y en aislamiento, a escasos centímetros de perder el control debido a las presiones del “mundo libre”.

Paso de largo ante el conspiracionismo que convoca un libro semejante y pensaré que, en efecto, son dos escritores los que manifiestan su opinión y no grupos de interés detrás de ellos con ideologías y objetivos definidos. Laje (feminismo) y Márquez (diversidad sexual), desde sus respectivos ámbitos de interés y sin decirlo del todo, se manifiestan partidarios del libre mercado y el catolicismo, lo cual no debe alarmar a nadie ya que son tendencias hegemónicas y ambas tienen larga andadura en el mundo. Este fenómeno —brotes de la derecha en el mundo— pone de manifiesto la escasez de ideas políticas en los albores del siglo, ante lo que la derecha y más aún la extrema derecha abren las alas para llevar sus posturas al debate público. Lo que antes se asumía de manera acomplejada y siniestra, en silencio, hoy se lee en las redes sociales y se viraliza con fuerza y fiereza. El mérito de este libro es salir del nuevo clóset (la derecha católica y el coqueteo con la tentación autoritaria) para reivindicar postulados clásicos del conservadurismo —la familia tradicional, eliminación del aborto, arrinconar a la diversidad sexual, etc.— y todo lejos de remordimientos.

Laje y Márquez tienen un epicentro argentino, pero en España sucede lo mismo, aunque con problemáticas diferentes. El exceso de migración y las erradas políticas de izquierda, dictadas desde la cúpula, han generado molestia entre la población, que ve diezmada su capacidad para responder a las necesidades de sus nacionales por atender a individuos de países menos favorecidos. El brote de partidos “identitarios” y abiertamente fascistas —España tiene una larga tradición de simpatías por el nacionalsocialismo (allá terminó sus días León Degrelle, por ejemplo, y grupos como Fuerza Nueva o Cedade han formado cuadros de dirigencia)— y los casos recientes en Alemania, Francia o Hungría, podría decir de modo velado que el tiempo de la izquierda para generar un modelo habilidoso para equilibrar poder y libertad se agotó debido al pragmatismo. Ya flota en el ambiente que la vía autoritaria y centralizada es la que podría generar el modelo político para los siguientes años. De ese tamaño la falta de control actual.

No yerran los autores en estimar que la ideología de género es un eco del marxismo, que buscó la disolución de la familia porque equiparó la explotación de la mujer con la de la clase trabajadora. Para el marxismo, en su ingenuidad simplificadora, no había otro culpable de los males del mundo que el capitalismo y con el advenimiento del comunismo se llegaría a un estado idílico que sí ofrecería condiciones de desarrollo para hombres y mujeres. Nunca sucedió y las imágenes de los gulag no se olvidan fácil. Laje y Márquez hacen el ejercicio de contraste de los postulados de Marx contra el experimento soviético y anotan con facilidad. La marginación social de la mujer no terminó con los programas soviéticos, es claro. Tampoco sucedió en los demás países de la órbita soviética o en China o en Cuba. Menos aún en Corea del Norte. La vía fácil es seductora y tanto Laje como Márquez se subieron a la pasarela sobre los cadáveres. Pese a los marxistas que intentan aceptar los errores y construir un nuevo modelo no estrictamente “economicista” de la sociedad, aún deberán pasar décadas para que se reinstale la sed en la ciudadanía por buscar la utopía en la tierra, lo cual no parece factible en el corto plazo.

El volumen es extenso y busca siempre la confrontación y la exhibición de los fracasos. Se detiene de pronto a comentar ideas de Butler, Silvestri o Preciado, pero siempre con intención socarrona o abiertamente hostil. Que sea un panfleto y no un libro de análisis rígido es quizá lo que ha desbalanceado a las feministas radicales. En estas páginas no hay respeto por la diferencia sino un largo discurso de púlpito en el que incluso la derecha tradicional, que en silencio celebrará el desplante, prefiere guardar silencio. Sería imposible que la curia cobijara un título con estas características. Salta de la ridiculización al escarnio, de la patada baja a la fricción más evidente. Esto, en parte, ha calentado los ánimos alrededor del libro, pero también que meten el dedo en la llaga en asuntos como la adopción por parte de parejas homosexuales y la relativización que persiguen en busca de normalizar cualquier forma de actividad sexualidad, incluida, sostienen, la que involucra menores de edad. Al final, la minoría de edad es un asunto de ley y ésta puede modificarse.

Pero leído con ganas de hallar méritos que aporten al debate, Laje y Márquez hacen dos notas que parecen valiosas. La primera es sobre la intervención del Estado en asuntos que atañen a la sexualidad. La toma del poder por parte de la progresía implica que haya más reconocimientos legales a la diversidad sexual, porque genera clientelismo y sectores satisfechos ante demandas específicas que son atendidas de modo favorable a sus intereses. En el modelo liberal, el Estado es un regulador con escasa intervención, mientras que en regímenes centralizados con sesgos de izquierda, la acción legislativa se resuelve con enviar al Congreso tal o cual iniciativa. Es claro porqué los sectores conservadores se sienten amenazados. El reconocimiento de derechos a la diversidad sexual no parece tener una base firme de consenso social. En realidad, es una minoría activa y militante la que empuja estos cambios en la legislación.

El segundo aspecto que es relevante en el libro es señalar que el asunto del feminismo y la diversidad sexual es de orden lingüístico. Las palabras, al ser la fundación misma de la realidad, confieren materialidad a las acciones. Las trampas verbales no ayudan al debate y a la construcción de la diferencia. El aniquilamiento de la “heteridad” (utilizo el término en la emergencia) o su “culturización” (relativización), implica minimizar la cultura que ha generado la capilla Sixtina, a Beethoven, a Rembrandt, y al corpus entero de creadores que lo han hecho desde la sociedad heteropatriarcal. Hay preocupación con el avance de las conquistas del feminismo radical y la diversidad sexual porque no son incluyentes y, en ocasiones, el discurso que enarbola incita a la discriminación. Los heterosexuales, según avancen estas reformas, terminarán por disculparse por su elección, la más natural, por lo demás, ya que la disolvencia de la actualidad implica generar intercambios de sexualidad acorde al ánimo de los sujetos.

Aun con sus fallas y uso de información con fines específicos, el libro de Laje y Márquez funciona para dar voz a miles de personas que de pronto ya no reconocían el mundo en el que se encontraban. O que se hallaron por error en medio del desfile anual por la diversidad sexual e intuyeron que las prácticas amatorias saltaron a la arena política en perjuicio suyo. Es un ejercicio de análisis rabioso, enérgico, polarizado. No hay medias tintas en estas páginas y tampoco un programa de salida. Ratifican entusiasmados y sin decirlo del todo lo que ya se sabe: la derecha carece de ideas y se le salen los anillos cuando se levanta del asiento. Así que prefiere la comodidad de su asiento hasta en tanto nadie haga cambios que, en verdad, la afecten. De tal suerte que la extrema derecha, afiebrada por la incapacidad de acción de los conservadores sin acción política, decide saltar al ruedo y comienza su actuación abierta o veladamente.

El libro es un diagnóstico ultraideologizado que viene bien para hacer una lectura de este tiempo, pero la solución que ofrecen sus autores es mantenerse bajo los postulados del mercado libre y la iglesia católica. Por momento llegué a pensar que se arrojarían sin temores hacia una solución radical, pero se inmovilizan a medio camino. No hay nada en esas páginas por lo que deba perderse el aliento. Ya pueden dejarlos en paz.