[La tradición poética mexicana es apasionada y controvertida. Como en la mayoría de las tradiciones, es extremosa y prende los ánimos. Es un organismo vivo en permanente mutación. Pese a lo anterior, no deja de ser un susurro en las librerías, si bien cada año se publican propuestas significativas y hasta temerarias. “Actualidad de la poesía” abrirá una vía de acceso a diversas voces para asomarse a la escritura de ese género, desde la perspectiva de quienes ya lograron cierto dominio en el oficio y, por lo mismo, son las voces que sostienen el presente poético de nuestro país. Marco Ornelas (León, Gto., México, 1978) publicó recientemente el libro de poemas Aquí no es Neverland (2017).

 

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—¿Por qué escribir poesía?

Poetizar: la más inocente

de todas las ocupaciones.

Hölderlin

 

Porque toda ideología es lenguaje, ergo sum, conociendo el funcionamiento de la maquinaria del lenguaje puedes “escapar” de la ideología. Escapar de la inautenticidad. Fugarse. Tratar de huir del azar —si esto acaso es posible—. La autodeterminación es la condición sine quan non de lo humano. Hablar en castellano es sólo un accidente. Quizá ahora que lo pienso, rápidamente viene a mi mente el nombre de Samuel Beckett: el apátrida de su lengua. El poeta es por antonomasia un deconstruktor. Claro, esto hace referencia directa al discurso de Derrida, el maestro de los poetas contemporáneos.

[Foto: José Prado]

Para mí, poesía y filosofía (lingüística, hoy) son sinónimos. Ante la equivocación de Platón de dividir la filosofía y la poesía, María Zambrano vendrá a decirnos: “No se encuentra el hombre entero en la filosofía; no se encuentra la totalidad de lo humano en la poesía” (Cfr. Filosofía y poesía, FCE, segunda reimpresión, 2001). Creo al igual que la filósofa española, que la reconciliación se da en ambas. Wittgenstein fue uno de los primeros en vislumbrarlo: el Tractatus lógico Philosophicus es la gran obra poética del siglo XX. Así como Un coup de dés lo fue para el siglo XIX. “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Un verso extraordinario. ¿Cómo negar que es casi un alejandrino perfecto, que compite con los grandes versos de Quevedo, tanto en belleza lingüística, como en profundidad filosófica?

Un lingüista y poeta peruano muy conocido, expresa mejor que yo este asunto sobre la búsqueda personal de la voz poética, aunque en su caso, sea negándola, es decir, buscar la extinción del “yo”. En un ensayo brillante escribe: “En defensa del poema como aberración significante”. El discípulo de Chomsky, parte de tres autores: Freud, Saussure y Lacan para defender su tesis sobre la creación de poemas en la actualidad. Según el autor de “Llantos Elíseos”, fue Freud quien demolió con su libro: Tres ensayos sobre teoría sexual la teoría platónica de que lo humano, desde el comienzo de las edades, fue dividido en dos mitades que siempre están buscando unirse. Es decir, la pulsión primordial. El objeto de la pulsión en el hombre es la mujer, y en la mujer el hombre; y el fin de dicha pulsión es el coito. Esta es la tesis que Aristófanes expresó tan elocuentemente en el diálogo El Banquete.

Pues no, vendrá Freud a decir en sus reflexiones a las desviaciones sexuales: que no existe ningún dato natural que ligue la pulsión con el objeto. El primer capítulo de los Tres Ensayos sobre teoría sexual trata de las aberraciones sexuales y es también una dura crítica al discurso platónico —aristotélico—. Luego vino el lingüista Saussure con sus Tres cursos de lingüística general a decirnos sobre la pulsión de “langue” que todos los seremos humanos tenemos, es decir, no es el lenguaje hablado el natural al hombre, sino la facultad de construir una lengua. Así Saussure estableció que el objeto de la pulsión de “langue” para un significante era el significado. Y no vio el lingüista otro fin de la pulsión de “langue” que el signo. Siempre estamos buscando un significado para cada cosa, aunque signo y significado no tengan alguna relación inherente. Luego entonces: la lengua es un sistema de signos que buscan significación aunque esta sea arbitraria porque es circunstancial al tiempo y al lugar.

“El lazo que une el significante al significado es arbitrario” (Curso de lingüística general, Losada, 1945, p. 53). Y es aquí donde Lacan hace su entrada para elaborar su tesis saussureana de la arbitrariedad en su dirección más radical, entendiéndola como indeterminación tanto del objeto como del fin de la pulsión del lenguaje. El resultado es la teoría de la metáfora ―tan asidua a los poetas, porque siempre están postergando la significación―. De lo anterior concluye el poeta peruano que la metáfora y la metonimia deben ser vistas como las dos aberraciones de la significación, porque el fin de ambas no es el signo sino el desplazamiento. Por lo tanto, elaborar poemas hoy en día es huir de la significación discursiva platónica y aristotélica ya superadas.

Me gusta ver a la poesía y a la filosofía como oficios para ejercer la autenticidad. El creador en la obra artística patenta su individualidad. El poeta es un buscador de voz propia ―aunque en algunos casos sea negándola―. Por eso me dan una gran ternura los poetas jóvenes que asisten a un taller de poesía, y ahí les enseñan a realizar ejercicios literarios parecidos a los del tutor, y después sólo se dedican a imitar sin reflexión alguna. La poesía es un ejercicio del pensamiento. El oficio del poeta es lo opuesto a la imitación. Todo lo contario de la inautenticidad en el decir.

Para mí, escribir poesía es ejercitarse en el pensamiento y lanzarse a buscar la voz personal. Hoy muchos poetas jóvenes lo que buscan es sentirse parte del grupo, pertenecer a una moda. Eso es la poesía para estos poetas. Bien por ellos. Para mí la escritura es un acto solitario. Parafraseando a Ortega y Gasset, considero que la poesía es intimidad con nosotros mismos. ¿Qué trabajo más marginal existe hoy que el del poeta? Los poetas son los nuevos cínicos del siglo XXI. Si Diógenes hubiera existido en este inicio de siglo, seguramente no se masturbaría en la plaza pública como otrora en la antigua Grecia, sino que leería poesía en ella, es decir, en las plazas públicas (no en los bonitos recitales de poesía, o en los encuentros de poetas auspiciados por el Estado). Un poeta puede morirse literalmente de hambre si se radicaliza y sólo se dedica ejercer de poeta.

Escribo poesía porque leo poesía. Me apasionan las vidas de los grandes poetas. Qué mejor novela que la vida de Edgar Allan Poe o de Verlaine. Escribo poesía porque me gustaría alcanzar un poquitito de la autenticidad que alcanzó San Juan de la Cruz o Paul Celan. He intentado escribir poesía desde los dieciséis años, he sido rechazado de grupos, de editoriales, de revistas y sigo aquí; tengo que reconocer que después de veintitrés años de escribir, si sigo aquí; intentando escribir. Creo en el poder de la poesía, pero no sé en qué consiste eso. Después de tantas lecturas: no sé qué es la poesía. Con los años, me he alejado de las pretensiones. Al final lo que va quedando es la felicidad de leer poesía, como escuchar jazz. Lo tragicómico de saberse dueño de un oficio que no sirve para nada. Un trabajo que no es trabajo. El heroísmo personal de enfrentarse libro con libro al fracaso. El orgullo de no renunciar.

A lo mejor escribo poesía porque al igual que un tipo de rock en extinción, considero que la poesía es un camino para ir contra la perversidad del establishment. Una vía para ser tú mismo, lejos de la imposición. Escribo poesía porque la mejor forma de destruir “el ego” es el fracaso. Del fracaso deviene la humildad. Escribe Derrida: “No hay poema que no se abra como una herida”.

Como decía Auden, “…la poesía es el lenguaje más personal, el más intimo de los diálogos con el otro”, muy probablemente por esto también escribo poesía.

Escribo poesía, quizá, porque no he superado la etapa metafísica de la vida (podría muy bien decir Comte). Porque creo que con la poesía se puede dar algún tipo de reconciliación con el mundo, con el otro, con la vida misma.

Leo poesía y la escribo porque me emociona. ¿Cómo olvidar aquellos versos de Dámaso Alonso que leí por primera vez hace veintitrés años, y hoy siguen retumbando en mi memoria:

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma.

 

—¿Cuándo sabes que el poema está terminado?

Entre poetas podrá sonar a cliché, pero para mí es un contundente aforismo: “El poema no se termina, se abandona” (Valery, dixit). Después de dejarlo reposar, el poema vuelve, despierta. Toca la crítica y la revisión. Aquí muchos poemas en mi caso terminan su existencia. Todavía me avergüenza contar que el editor José María Espinasa, me regañó porque él fue el primero que conoció el borrador de Aquí no es Neverland, y me comentó que estaba bien. Que no le hiciera correcciones. Después de una segunda, tercera o cuarta revisión, le entregué el manuscrito con 50 páginas. Es decir, quité más de 20 poemas. Tiendo a la compulsividad crítica y a veces, me dijo el maestro Espinasa, eso también puede ser un vicio de la escritura. La obra perfecta es la obra en blanco de la novela de Balzac. Hay que abandonar el poema, porque el poema no termina.

 

—¿Se ha modificado el oficio de la poesía con los nuevos medios digitales?

Para contestar esta pregunta citaré a Octavio Paz porque creo que es quien mejor ha explicado estos tópicos:

Apenas si vale la pena detenerse en la utilización de los nuevos medios de comunicación en la trasmisión de la poesía. Esos medios hacen posible, como todos sabemos, la vuelta a la poesía oral, la combinación de palabra escrita y palabra hablada, el regreso de la poesía como fiesta, ceremonia, juego, y acto colectivo… la técnica cambia a la poesía y la cambiará más y más… Pero esos cambios, por más profundos que nos parezcan, no la desnaturalizan. (La casa de la presencia. Poesía e Historia. Obras completas I. FCE, México, 2014).

 

—¿Aún hay lugar para la realidad social y política del país en el discurso poético? ¿Te interesa esa vertiente del acto poético? ¿Aún es posible hablar de una poesía del compromiso social? ¿Eres un poeta comprometido?

Debo confesar que durante algún tiempo me dediqué a estudiar a los filósofos existencialistas. Por ahí del 2008, publiqué el libro titulado El mito de Proteo. Ensayos sobre la autenticidad. En ese libro ensayé sobre la posibilidad de la autenticidad en el mundo contemporáneo; la inestabilidad de la vida actual, las exigencias que se nos hacen desde diferentes voces (digamos de sirenas) y que son una tentadora invitación a enmascararnos. Hago referencia a este asunto porque estos filósofos, sean o no existencialistas, adentraron en el discurso, la palabra de “autor comprometido (artista o poeta)” allá entre los años cincuenta y sesenta.

Las figuras de Sartre y Camus podrían ejemplificar el modelo de “autor comprometido”. Sartre por un lado apoyando el discurso de la URSS y Camus por el otro criticándolo hasta el extremo de llevarlo a una polémica ya célebre hoy. Creo que los dos lo hicieron con valentía y rigor argumentativo. ¿Quién se equivocó de estos dos filósofos? Creo que fue Juan Goytisolo el que dijo que prefería equivocarse por su reflexión personal que hacerlo por consigna. A este respecto, el poeta José Emilio Pacheco escribió: “Lo peor de todo es que la política nacional no ha ganado nada con la participación de los escritores en ella y la literatura ha salido perdiendo” (El ocaso de los poetas intelectuales y la generación del desencanto, Malva Flores, Universidad Veracruzana).

Quizá, la pregunta sea: ¿se puede ser un poeta comprometido en tiempos de mercaderes? Creo que la crítica sigue vigente, que lo que le queda al autor comprometido es la marginalidad. Cuando la crítica se hace desde la voz personal, lejos del coro, para mí es la única válida. Antes de seguir al coro demagogo hay que responder a las siguientes tres preguntas: “¿Quién lo dice? ¿Por qué lo dice? ¿Desde dónde lo dice?”. Muy probablemente el autor comprometido hoy en día sea el marginal. En este sentido, elijo la equivocación personal.

 

—¿Qué has encontrado en la poesía que no tienen otros géneros literarios?

Puedo decir que me acerqué a la poesía (a la lectura, a la escritura y al arte) a través de la música. No fui un niño lector, al contrario, fui un lector bastante tardío (confieso, me hubiera gustado hacerlo como muchos escritores: leer desde la infancia y perderme tardes enteras con Salgari y Verne). Pero no, comencé a leer hasta la preparatoria, cercano a los 16 años, y fue porque disfruto en demasía la música y parafraseando a Nietzsche, concuerdo con él: la vida sin música sería un error. Por lo musical y experimental que puede tener este oficio. El inicio de un poema es una aventura.

 

—En la actualidad, ¿cuáles son los poetas que frecuentas?

Ahora que después de veintitrés años al fin puede organizar mis libros en libreros dignos, y no en cajas (que hacen imposible la lectura), leo poesía de manera dispersa. Casi a diario escojo un libro de poesía de los que he ido acumulando a lo largo de todos estos años. Ahora estoy releyendo a los beats, gracias a la antología de José Vicente Anaya, Los poetas que cayeron del cielo, Aullido de Ginsberg (en una edición de Anagrama, bilingüe), Carroña última forma de Lamborghini, L-A-N-G-U-A-G-E de Charles Bernstein, Erdera de Deniz, Galaxias de Haroldo de Campos, Poemas para combatir la calvicie de Parra, El pequeño libro de la subversión fuera de sospecha de Jabes, En la masmédula de Girondo, Seguimiento de Zaid y siempre vuelvo a Vallejo.

 

—¿Se benefició la poesía con las nuevas opciones para la autoedición, el libro electrónico o la proliferación de editoriales independientes? ¿O le resultó contraproducente?

Por supuesto. He encontrado verdaderas joyas en las editoriales independientes y bodrios en las transnacionales y viceversa. Pero desde mi vocación de vicioso de la lectura considero que si se benefició. Ahora lo difícil es encontrarse con el milagro.

 

—La violencia se instala en la conversación diaria, incluso en su vertiente más radical. ¿Qué puede encontrar el lector preocupado por la situación actual del país en tu poesía? ¿Piensas en los lectores al abordar tu escritura?

Escribió el latino Terencio: Homo sum, humani nihil a me alienum puto (Soy un hombre, nada humano me es ajeno). Escribo sobre mis preocupaciones filosóficas y estéticas como una forma de diálogo interior. Mentiría si te digo que escribo pensando en el lector. Como lector voraz que soy, con el paso de los años he aprendido a exigirle más y más a mi escritura. A no preocuparme por la inmediatez o el momento sino por la reflexión. Al lector lo respeto por supuesto. En el medio literario es muy fácil caer en el oportunismo. ¿Cuántos escritores hoy han caído en el panfleto? Freudianamente hablando, mi escritura consciente o inconscientemente es un resultado de mis circunstancias, del tiempo y del lugar que hábito.

 

—¿Cómo fue el proceso de escritura de Aquí no es Neverland (Voces y grafitis del orfanato)? ¿Por qué elegir la escritura de un asunto como la orfandad, en realidad infrecuente en la tradición mexicana?

Aquí no es Neverland es un libro que tenía guardado. Un manuscrito que de repente me obligué a reescribir cuando me avisaron que había sido seleccionado para el primer Seminario Efraín Huerta en Guanajuato 2016, en donde el tutor sería José María Espinasa. Con este texto tenía una deuda. Desde que empecé a escribir poesía, lo juro, sin sonar a cliché, sabía que tenía que escribirlo. El problema era que no sabía cómo, ni tenía las herramientas para hacerlo. El libro circula sobre el abandono, sobre el Dasein diría Heidegger. La orfandad es un tema filosófico más que sentimental. El hombre es el primer huérfano.

Encontrar el tono fue muy difícil. Respeto mucho a los poetas que ven la poesía como un juego, como un arte libre de metafísica alguna, pero lo confieso, no puedo seguir su discurso. Aunque disfruto mucho ese tipo de poesía, para mí, los mejores libros de poesía son aquellos que me dejan noqueado. Puedo disfrutar mucho la musicalidad de un poema que no dice nada, pero debo de reconocer que mi búsqueda va por otro camino. Estos dos libros para mí representan una iniciación: Hijos de la Ira y El perseguidor, siempre he querido escribir con ese tono, y quizá Aquí no es Neverland es un intento fallido por alcanzar ese tono metafísico existencial en la poesía.

 

—Ya has publicado algunos libros. ¿Cuál ha sido la respuesta de tus lectores?

Bien a bien no sabría decirlo. Es verdad que los pocos libros que dejé en librerías de León, al poco tiempo que regresé para cobrar me los pagaron inmediatamente. Es más, un joven de una librería del centro de León, me dijo que le llevara más. No lo hice puesto que los que llevé son los que me da la editorial como autor. Tengo algunos pocos seguidores en mis redes sociales. Pero bien a bien, te decía, no sabría cuál ha sido la respuesta de los lectores.

¡Gracias!