V. Punk norteamericano: Bad Brains, Dead Kennedys y Bad Religion

Debido al multiculturalismo de los Estados Unidos, así como a los problemas inherentes a ser una nación poderosa y extensa, el punk se arraigó con facilidad entre los jóvenes. Las dificultosas condiciones en las que se vivió el cierre de la década de los setenta, aunado al panorama desalentador del inicio de la década de los ochenta, ayudaron a la multiplicación de bandas con propuestas novedosas tanto en temática como en la búsqueda de ritmos.

El ska se mezcló con el punk, al igual con que el rock progresivo. Las apropiaciones locales nutrieron al punk hasta volverlo una forma plástica capaz de admitir casi cualquier intervención imaginable. En la línea de su desarrollo, pronto brotó el “hardcore punk” con un estilo veloz y sintético, con letras muy politizadas y una idea del mundo incompatible con el capitalismo y con el socialismo. El nacimiento del slam requería de una música que sirviera como un estímulo eficaz para mover el cuerpo. A mayor velocidad y provocación en la música, mayor poder de congregación y libertad a través del cuerpo. El punk, al ser un culto de aliento minoritario y urbano, detonó a su alrededor múltiples ceremonias privadas en las cuales rastrear a individuos con intereses semejantes.

De modo paulatino, la relación del punk con el anarquismo menguó hasta queda sólo como una idea inspiradora. Se conservó como un discurso al frente, con la imaginería y simbolización, pero ya fueron pocas las bandas que se mantuvieron en el activismo de inspiración social fuera de los escenarios. La consigna de ser punk, ya en sí misma una carga, se mostró incompatible con además salir a las calles a buscar mejores condiciones para los mineros o los perros sin hogar. Así que los problemas sociales del país más desarrollado del mundo transitaron de modo natural hacia la música punk. El racismo, la falta de igualdad, el desempleo, la guerra, las imágenes del entonces denominado tercer mundo, y sobrados problemas adicionales, se transformaron en pasto para alimentar la maquinaria centrífuga del mundo occidental.

El punk se mostró a la altura de los retos y creó temas, luego coreados por miles de jóvenes alrededor del mundo, siempre con poca esperanza aunque ávidos de lograr cambios sociales. Es claro que dichos cambios no llegarían a materializarse sólo porque se cantaban a ritmo de punk, pero el discurso de la música proveía la cohesión necesaria para la rabia que experimentaba una generación ante un espectáculo de injusticia y falta de oportunidades. El punk, ya desde los primeros años de la década de los ochenta, se ejerció como una resistencia mínima o incluso individual a la decadencia del entorno. Y no mutó hacia un solipsismo a secas, aunque pronto se asumió que las formas con las que combate el poder a la disidencia nunca son el diálogo o el consenso. Una vez que detecta una amenaza real a su hegemonía, inicia una guerra de baja intensidad que puede adoptar la forma de la censura, el aislamiento, el bloqueo mediático y otras formas de invisibilización antes de proceder a la acción directa, a plena luz.

Bad Brains inició su andadura en la escena punk de Nueva York a finales de la década de los setenta, pero no sería sino hasta que grabaron su primer álbum —Bad Brains (1982)— en que llegarían a seguidores del punk incluso fuera de los Estados Unidos. Y es que contrario a la creencia generalizada de que el punk era una “música de blancos” (el origen inglés, los problemas de la sociedad racial, el mundo occidental en el centro del desarrollo, etc.) ésta banda se formó con músicos afroamericanos, lo cual le dio un sello particular no sólo en lo musical sino también en lo político. A su modo, la participación de los Bad Brains —la exitosa participación, debe decirse— en la escena punk amplió los alcances del género para darle cabida a problemas sociales que no habían sido abordados en las canciones de bandas de componente blanco, en exclusiva.

Las quejas contra la reina de Inglaterra, la guerra nuclear y el capitalismo, se ensancharon para dar cabida a temáticas como el hambre en los países menos favorecidos y, en general, a la crítica de las condiciones de bajo desarrollo en la periferia de los países occidentales. Bad Brains, a su modo, hizo visible que no sólo el hombre blanco padecía las injusticias del capitalismo. En lo musical, tocó más rápido que nadie para entonces, en fusiones de ritmos que aún hoy resultan sorprendentes. Hizo función de bisagra en un género que parecía corto de miras, con lo que se puso a la vista que su aportación era funcionar como andamiaje fácilmente adaptable, antes que sólo una fórmula a la que debe darse cumplimiento a rajatabla. La inquietud de los miembros de Bad Brains, pasados los años, los llevaría hacia otros terrenos, como el reggae y otros ritmos similares. Sin embargo, la aportación al punk y en específico al hard core punk ya estaba hecha. Los primeros discos de la banda son una lección invaluable sobre cómo ser pionero pese a que se recibe una forma creativa existente.

Casi contemporáneos de Bad Brains, aunque surgidos del otro lado de los Estados Unidos (San Francisco), Dead Kennedys, con apenas cinco discos y una trayectoria inicial de escasos ocho años, logró arroparse bajo una forma sarcástica del punk, llena de humor y delirio consciente, que aún logra la admiración de quienes tienen contacto con ella. Desde disco debut Fresh Fruit for Rotting Vegetables (1980), Dead Kennedys mostró que una forma eficaz de contrarrestar la miseria es reírse, así que lo hicieron e invitaron a los demás a hacer lo mismo. Con el nombre de la banda, se vistieron de inicio con el apellido de una de las familias más célebres de Norteamérica, con el objetivo de explorar los mitos e inconsistencias de una nación que lo tiene todo y, pese a todo, aún dispersa la posibilidad del sueño americano. La crítica a los excesos del capitalismo es implacable aunque se materializa desde una vertiente irónica y desencajada, lo cual es plausible por partida doble.

Eric Reed Boucher, alias “Jello Biafra”, cantante original de la banda, dotó a sus presentaciones con un modo reconocible de actuación en donde la carnavalización es una constante. Tres canciones del primer disco se volvieron icónicas y a este momento son parte de los más celebrado de su producción: “California Über Alles”, “Holiday in Cambodia”, y “Kill the Poor”. Si bien el uso del sarcasmo y la ridiculización es inherente al punk, Dead Kennedys lo estilizó hasta volverlo un sello personal. Si no es posible lograr el cambio social desde la música, al menos la vida puede ser más tolerable con la presencia de la música. Propuestas como la suya hacen pensar en que los punks no tardaron (salvo por el caso de Crass y algunos pocos más) en darse cuenta de que no habría posibilidad de mezclar con eficacia música y política, así que la única salida para mantener el equilibrio mental era entregarse a la caricatura y al culto a la persistencia.

Dead Kennedys, según editaba sus discos, ganaba notoriedad y hasta hicieron una gira por el Reino Unido, en donde protagonizaría varios altercados con otras bandas, aunque esto los confirmaría como una de las apuestas más propositivas de la escena punk. Los álbumes que siguieron a Fresh Fruit for Rotting Vegetables fueron aplaudidos por sus seguidores, pero se escuchan lejos de los méritos de aquél. Como ha sucedido con otras bandas, se reunieron de manera posterior para revivir su primera etapa. Nada memorable surgió de su reunión.

El cambio de estafeta sería para otra banda californiana: Bad Religion, una de las más fecundas y longevas de cualquier género musical. Inició a finales de los años setenta y no ha parado de editar discos que son visitas imperdibles para tomarle el pulso a la vivencia contemporánea, siempre desde una mirada crítica y falta de condescendencia. El debut con How Could Hell Be Any Worse? (1981) los anunció como herederos de la velocidad y crudeza punk. A la par, gustosamente, barnizados por una pátina de inteligencia y sátira de la modernidad de raigambre intelectual. A diferencia de Dead Kennedys, hay poco humor en sus canciones. Lo que puede hallarse a borbotones en su música es un modo de pensar la realidad desde una lógica global, no centralizada en los Estados Unidos o en países occidentales. A ese disco siguieron otros indispensables como Suffer (1983) y Generator (1992), que no han dejado de escucharse por los punks que crecieron en la década de los noventa y aún les parece que son de lo mejor de aquella producción.

Bad Religion ha variado su alineación en varias ocasiones, aunque la tutela y voz de Gregory Graffin se ha mantenido a lo largo de los años. Graffin, quien además de liderar la banda es profesor de ciencias en la Universidad de California, escribe las canciones con la idea de subrayar los vicios de una sociedad hipermediatizada, olvidada de sí misma y demasiado rigurosa para juzgar a quienes no pertenecen a ella. Además, el país de la guerra se mantiene como la más belicosa del mundo. Con sus altas y bajas, Bad Religion es la consumación de la inteligencia a través de la música. Esto sin dejar de lado el aspecto musical, en el cual lograron un sonido veloz y frontal, que no han variado alienados a sus raíces del punk setentero.

Esta generación de músicos, por lo común nacidos en la década de los sesenta, ya cumplieron o están por cumplir cincuenta años. Quienes señalaron que la pasión por el punk era un defecto de juventud, ya pueden retractarse. Según pasa el tiempo, por el contrario, se vuelve más evidente que la actitud crítica se ensancha, ya que se cuenta con más información sobre el mundo y su permanente mutación. Bad Religion se mantiene vivo aunque parte de sus integrantes tienen proyectos por separado. El propio Graffin, por ejemplo, editó dos discos en solitario.

El punk norteamericano sigue su andar y no cesa de mezclar con ritmos y formas de ajustarse o criticar a la realidad. Extiende los brazos para evitar ser lanzado al olvido. En su viaje deja claro que no fue una moda juvenil. Se esfuerza para probarlo y, según lo acredita el propio tiempo, queda como irrebatible. Estas tres bandas, a su modo, ofrecen una puerta de entrada a un microcosmos que dejó huellas vivas de sonidos a su paso.